martes, 23 de mayo de 2017

Ellos o nosotros (parte 1)




En general no salgo los jueves, estoy demasiado cansado, el viernes trabajo, tengo cansacio acumulado, sueño acumulado, ganas de no salir acumuladas, ganas de que me despidan acumuladas. Pero además ese jueves trabajé como hasta las ocho de la noche, y después me quedé dormido con las manos arriba de la mesa, para no apoyar la cara ahí mismo. Me desperté con la espalda toda dolorida, las piernas semidormidas, los pies incomódísimos; sentía como si me dijeran "qué nos hiciste, hijo de puta, te olvidás de nosotros, no te costaba un carajo sacarnos los zapatos, y ahora tenemos que caminar, no nos mires, ¡atrás! no nos querés".

Aparte las luces estaban apagadas; o sea, se fueron, apagaron las luces y me dejaron ahí. Yo me desperté con la sensación de que habían pensado que estaba muerto, y que no valía la pena hacer nada al respecto: como que yo tenía que hacerme cargo de mi propio cadáver, encontrarle un lugar, sacarlo de ahí antes de que empezara la primer clase del viernes. Y eso hice, obligué a mi cadáver a levantarse y caminar, este cadáver que por algún motivo no huele tan mal. Y ese motivo es porque lavo bien la ropa y me baño, porque de eso sí no me pueden decir nada, aunque sea un muerto.

Caminé entonces por la calle y estaba desierta; o sea, no es que no había nadie, pero te cruzabas a una persona cada dos cuadras, y esa persona parecía estar loca, parecía mirarte cuando vos no la mirabas, pero a la vez sin maldad, solo con miedo, o ni siquiera miedo: paranoia. Una paranoia tranquila. El cielo estaba rosado, ese color que hace como que parezca que no es de noche del todo, es como una noche para estar despierto, pero no por decisión propia sino por imposición.

Me sentía como perseguido. ¿Alguna vez les pasó? No es como uno se lo podría imaginar. No era una sensación, era como una certeza. Y no sabía quién ni para qué me perseguían, y eso solo te hace sentir peor, peor que ante cualquier otro escenario. Podría ser incluso para darme algo que se me cayó, pero todo parecía aterrador.

Me di cuenta de que no había cenado, y no tenía hambre en realidad, pero a veces me pasa que pasaron muchas horas desde que comí, y después de comer me siento mejor, incluso es como si me sacara algo de arriba, algo que tenía que hacer. Así que entré en un bar-pizzería de esos del centro, pedí algo y fui al baño. Sentía como un escalofrío, estaba como transpirando y me quería lavar la cara. Cuando entré al baño me sorprendió el silencio, era como si hubiera entrado prácticamente en otra dimensión, no se escuchaba nada, solo ruido como de cañerías a lo lejos, que adquiría un efecto raro con los azulejos viejos. Mientras sacaba un par de hojas de papel para secarme las manos, se abrió la puerta, y lo vi frente a mí. Así que era cierto: me estaban persiguiendo desde que salí del trabajo. El alivio de la confirmación. Era real, medía cerca de un metro ochenta y tenía una respiración pesada, como si hubiera estado esperando por mucho tiempo este momento.

Se trataba de una pija gigante, o al menos gigante teniendo en cuenta el tamaño que tienen habitualmente. Esta tenía el tamaño de una persona, se desplazaba por su cuenta y, de hecho, parecía ser una entidad independiente y libre. Nos miramos en silencio, como estudiándonos de alguna manera. Yo terminé de secarme las manos y tiré el papel al piso, sin mirarlo. Después de algunos segundos o quizás varios, de alguna forma me di cuenta de que tenía intenciones hostiles, y por eso decidí darle yo el primer golpe. Me adelanté con el pie izquierdo y lo tiré con el puño derecho. Fallé. Nunca me había agarrado las piñas en mi vida, era lógico que no supiera muy bien cómo hacerlo. Me lo esquivó y mi mano siguió de largo, y me sentí empujado no sé cómo hacia la pileta. Desde ahí le di una patada tratando de que se corriera de la puerta, pero no lo logré y por algún motivo terminamos los dos en el piso, forcejeando. Se activó el secador de manos. El piso estaba helado y un poco mojado, me dolía muchísimo el hombro por la caída y tenía la cabeza de mi contrincante rozándome; intentaba alejarme pero no podía, del otro lado solo estaba el piso. Empecé a sentirme ahogado y pensé que me iba a desmayar, pero junté fuerzas pensando en que todavía no había comido, y creo que llegué a pensar en voz alta "¡esta pija no me va a ganar!" y pude hacerla a un lado y escapar por la puerta. Entrando había otra pija, pero se vio sorprendida por lo rápido que yo estaba saliendo y no pudo esquivar el codazo con el que la hice a un lado. La vi caer al piso y rodar mientras me iba corriendo del bar sin mirar atrás, pero llegué a escuchar la puerta del baño abrirse nuevamente mientras ya cruzaba la primera calle.

Corrí como hacía años que no corría. Corrí como diez o quince minutos, con miedo, espanto, una sensación fea en todo el cuerpo, las ganas de cambiarme de ropa y bañarme, o por lo menos lavarme rápido la cara; pero sobretodo recuerdo el miedo. Tanto era el miedo que ni siquiera sabía para dónde corría. Es difícil de entender si nunca te pasó. Por alguna razón corrí hacia el Parque Rodó, y no solo eso, me metí dentro del parque mismo, que debo decir, estaba bastante oscuro. Fui a una parte que se llama Pabellón de la música, casi en el centro del parque. Ahí no me quedó más remedio que sentarme a descansar, pero con resignación. Sabía que me habían seguido hasta ahí. Mientras me secaba el sudor vi llegar a unas seis o siete pijas en moto, que se habían metido por el pasto sin que les importara nada. Vi a un tipo que caminaba como a media cuadra, alguien que vivía en la calle, me pareció, y me miró como si yo hubiera hecho algo, con esa cara de "algo habrá hecho", al mismo tiempo que seguía su camino, sin querer hacer contacto visual con las pijas, como para que no se metieran con él. Bien de uruguayo.

La pija líder se bajó de la moto y fue la primera en acercarse a mí. Tenía una remera de Boca y un gorro de la NBA. La segunda venía con una campera adidas. Atrás se bajaron las otras y se fueron acercando en grupo. Pensé que me iba a morir, pero, es raro: al mismo tiempo, sabía que tenía que vender cara mi vida. Me vino como un coraje de algún lado. Me paré firme y hablé tratando de sonar convincente.

- Probablemente me ganen y me dejen hecho pelota o me maten, pero quiero avisarles que por lo menos a la primera, a la primera que me toque, le voy a meter una piña que no se la va a olvidar nunca.

Por un momento pensé que mi advertencia había surtido efecto, pero no fue así. Todas se hicieron a un lado y dejaron espacio para que pudiera pasar la que venía más atrás, que no era otra que la que me había atacado en primera instancia en el baño.

- Así que esto es personal -le dije.

En ese momento pensé en mi familia, pensé en mis amigos, tenía que pelear por ellos. Pensé también que si me mataban no iba a tener que ir a trabajar de nuevo, y una parte de mi quiso perder, aunque lo que primaba era sobretodo el orgullo. Pero me sorprendió una voz en mi espalda, y no me asusté porque hasta donde yo sabía las pijas no hablaban.

- Siempre es personal con estas pijas.

Era obvio que yo no lo iba a encontrar a él sino que él me tenía que encontrar a mí. Walternativo no es de esos a los que podés pedirle un favor cuando los necesitás, pero sí es de los que te hace un favor que no sabías que necesitabas y que era mucho más importante que todos los otros.

- Todavía no estás preparado para esto. Corré que yo me encargo.
- Pero te ayudo.
- Corré, carajo. Yo me encargo de estas chotas.

Capaz que les parece que soy un cagón o algo así, pero les juro que me pareció que para sobrevivir los dos lo más importante era actuar, como sea, haciendo lo que sea, y no pararse a discutir. Con ese espíritu decidí obedecer a Walternativo y salir corriendo, pero lo último que vi al girar la cabeza, antes de perderlos de vista, fue a mi maestro sacar un fierro, como un caño de metal del grosor de un palo de cortina, más o menos de medio metro de largo, y con la otra mano buscar otra cosa que tenía en el bolsillo. Ojalá pudiera saber qué era, pero también ojalá pudiera saber qué pasó, por qué me atacaron de esa manera, y dónde está otra vez Waltarnativo, si es que realmente pudo salir de la pelea. Esa noche me bañé y me dormí tarde pero tuve pesadillas, me desperté varias veces con una risa macabra, una risa torcida que venía de algún lado traída por el viento. Soñé con un incendio en un campo de trigo, y de entre las llamas salía la pija líder, salía y tenía en sus manos un libro prendido fuego, y lo terminaba alzando hacia el cielo como un triunfo. No había notado las manos antes, y realmente no sabría decir si las tenían o no.


No pude volver al parque a buscar rastros de Walternativo, pero sé que en algún momento vamos a encontrarnos de nuevo. Cada vez tengo más preguntas para hacerle, pero en el fondo sé que las importantes son las que va a hacerme él a mí.  

miércoles, 12 de abril de 2017

Campeón mundial de la siesta



Del 2004 al 2006 ostenté el título de campeón mundial invicto de la siesta, y me había olvidado hasta que el otro día traté de recuperarlo. En ese entonces dormía siestas a cualquier hora, que oscilaban entre las dos y las cinco horas. A veces me acostaba a dormir una siesta a las siete de la tarde, y me despertaba quince minutos antes de las doce, me iba a alquilar un video y volvía a hacerme la cena. Vivía con mi hermana y mis sobrinos, y mi gato Gunter que era un capo.

Cuando me despertaba de esas siestas me encontraba en un estado que podríamos calificar de retardo mental avanzado. Babeaba, y a veces ni me limpiaba la baba para salir. Cuando llegaba al videoclub me ponía a mirar las cajas de películas y siempre le estorbaba el paso a alguien, no entendía dónde me tenía que parar, desde dónde mirar las tapas. Siempre me pedían permiso, a veces hasta me tocaban el hombro. No sabía dónde estar parado, y los demás también parecían tener dificultades para comunicármelo.

En el 2006 ya tenía mi primer celular. Me acuerdo de a veces despertarme y tener un mensaje en el celular, jamás dos o tres, creo que nunca. Y a veces los leía dormido y los respondía mal, porque era el campeón mundial de la siesta y eso era lo que hacía, priorizar la siesta. Contestaba cualquier cosa, absolutamente impresentable. Le mandé cosas raras a mi jefe, a mi primer jefe, pensando que era mi amigo que se llamaba de la misma manera. No se es campeón mundial de la siesta ¨quedando bien¨.

El otro día, como decía, traté de recuperar mi título, pero no pude. Las cosas cambian. Ahora soy el campeón mundial de querer irme a la mierda, irme de todos lados. Y de tener cosas pendientes que no me dejan dormir bien.

Otra cosa que me pasó esta semana fue que mandé emails sin querer. Siempre tuve una lista de "cosas para hacer sin falta esta semana" -así se llama- como borrador en mi casilla de correo. Ahí agrego cualquier pavada de la que no me quiero olvidar en la semana, a pesar de que termino haciendo más o menos el quince por ciento de lo que dice. Hay cosas que las tengo escritas ahí hace años, ya ni las puedo ver aunque las mire. Están ahí, son parte del decorado. "Abrir mails atrasados". "Reconocer a mi hijo".

Por algún motivo se la mandé a una profesora de sociolingüistica que tuve. El texto era básicamente esto:


- Averiguar por un psicólogo.
- Terminar de una puta vez de colgar la puta cortina del cuarto que se me cayó en la puta cara.
- Respaldar cosas importantes.
- Escribirle al tarado de *******.
- Buscar a Walternativo.
- Terminar del escribir el puto post.

Todavía no me contestó, pero mientras saboreo el momento de la respuesta trato de terminar el último punto de la lista. Es el que no me está permitiendo reconquistar mi título nuevamente. 

***

Este envío sin querer me hizo acordar a otra cosa: hace varios años mi madre me regaló un celular con el que podía mandar imágenes. Fue mi segundo celular. Ya era algo que casi todo el mundo podía hacer, pero yo casi siempre entro tarde en la tecnología; suelo pensar que si me hago el boludo las novedades tecnológicas se van a ir de la misma manera en que llegaron, o mejor aún, sin que nadie lo note, con la cola entre las patas, como si fueran los nuevos caprichitos que a nadie le pueden interesar. O sea, probablemente mi respuesta a la invención de internet haya sido "no va a durar, nadie va a querer mantener ocupada la línea telefónica por tanto tiempo". Google me parecía una mala imitación de Informes 20. 

En fin, mi madre me regaló el celular porque yo le había dicho que no la atendía cuando me llamaba porque el teléfono estaba roto. "A ver si ahora me atendés", me dijo, y yo le dije "no estaba roto". Le vendí el otro a un pibe de 10 años del barrio, hasta le dejé el número. Y me olvidé de borrar unas fotos que una ex me había mandando en pelotas.

Las fotos en esa época se mandaban por mensaje de texto. Me acuerdo de cargar el celular todo el día en mi cuarto, el primer día, hasta que finalmente pasaron las horas que tenían que pasar, o la mitad, y lo desenchufé y lo prendí para probar la cámara. Estaba en mi cuarto y era de noche y no tenía nada a lo que sacarle fotos, mi gato no estaba, así que le saqué fotos al cuarto, que lo había ordenado ese día. Fotos al cuarto vacío, fotos en las que no pasaba nada. Había dos ángulos: uno de la cama con la mesita de luz, y el otro del escritorio con la computadora, y la pared con sus manchitas de humedad. No había nada más en mi cuarto, un ropero, que salió en la primera. Igual me gustan así las fotos, no entiendo las de personas unas paradas al lado de las otras, a veces abrazadas, como posando. O sea, en la vida nunca estás en esa posición, solo cuando se presenta una cámara de fotos. Imaginen a la gente abrazada regularmente así sin cámara, es medio aterrador. Abrazada en público, en reuniones. Abrazada sin sonreír. Abrazada en la oscuridad, mirando hacia el mismo punto en silencio.

Terminé de sacarlas, se me cayó al piso y se quebró la pantalla. He hecho cosas peores, pensé; siempre lo pienso cuando hago cosas así y solo me hace calentar más.

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Me impresionó tanto como cuando me enteré que en la India hay travestis que le echan maldiciones a la gente en los ómnibus, se suben a gritar y terminan haciendo como un conjuro si no les das plata. No sé qué resultado tienen exactamente estas maldiciones, pero el que me lo contó me dijo que nunca pudo realmente reírse después de eso, su risa nunca le resultó auténtica, y mientras me lo decía trataba de esconder una mueca como de dolor. También escuché que algunos de los que reciben la maldición ven travestis en el espejo del baño cuando prenden la luz, pero no están cuando se dan vuelta. Excepto en el caso de un amigo mio. En su caso sí están cuando se da vuelta, pero no por ninguna maldición, nunca estuvo en India.

Todo esto me lo contó un taxista con el que terminé yendo al Clash. Me tomé un taxi, le dije a dónde iba y me pidió si podía entrar conmigo porque a veces no lo dejaban entrar. Le dije que sí.

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A la mañana siguiente me desperté y tenía dos llamadas perdidas de la abuela de mi ex. En un mensaje de voz me decía que por qué la había llamado dos veces de madrugada. Revisé mi celular y era cierto. El celular agarró al primer contacto de mi lista ("abuela v") y la llamó dos veces. Dijo que me escuchó roncando. Le dije que imposible porque había estado toda la noche en el Clash con el taxista, y creo que la convencí, pero después descubrí que era cierto. Me quedé dormido en el Clash, sudando y roncando con el celular al lado. Nunca se lo aclaré a ella ni a nadie, a quién le importa.

Lo que sí hice fue borrar el contacto de la abuela para que no pasara de nuevo, además de decirle a mi madre que el celular estaba roto y hacía llamadas solo (para que supiera que su regalo vino fallado), y que tampoco sonaba cuando me llegaban las llamadas de algunos números, entre ellos el de ella.


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Después me llegó un mensaje del Alex, diciendo que no entendía. Yo no entendí qué era lo que no entendía, así que me fijé en el historial de mensajes enviados y vi que le había mandado dos mensajes a las tres de la mañana. Él me contestó también a esa hora.

El Alex es buena gente, estudiaba filosofía conmigo, era de las personas con las que se podía hablar, que tenía una vida afuera de la facultad, que le gustaba el fútbol, que parecía una persona. Y su nombre empezaba con A, tuvo esa mala suerte. Le mandé dos fotos de mi cuarto vacío. Sin texto. Solo las fotos y el silencio. De madrugada.

Todo bien, pero no le respondí. Ya había gastado dos mensajes involuntariamente porque el celular andaba mal, no iba a gastar otro para explicarle. Me puse a pensar en la maldición travesti y me pregunté si alguna vez algún imbécil me había maldecido, porque a mí se me aparecen imbéciles.

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Un día en el trabajo me estaba quedando dormido, así que fui al baño a llorar y mojarme la cara y la nuca con agua fría para despertarme, y aproveché para mirar unas fotos de los gatos que viven conmigo, que había sacado en esos días. En ese momento me llegó un mensaje de mi ex, diciendo que quería tener mellizos conmigo, y un enano. En total tres. Hacía tiempo que no me escribía, en general lo hago yo. Le dije que sí.

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Los mensajes al Alex se siguieron mandando varias noches consecutivas. En un momento saqué más fotos al cuarto vacío, para que por lo menos le mandara fotos nuevas. El celular encaró y así lo hizo. Fotos con pequeños detalles diferentes. En una había puesto un bizcocho arriba de la cama. No me lo quería comer.

Otro día me quedé toda la noche despierto mirando el celular, a ver cómo era el momento exacto en el que se mandaba solo el mensaje. Me quedé a solas con el gato, mirando el celular. El gato me miraba a mí, el gran Gunter. No me dejaba moverme, me controlaba con la mirada. En un momento pude levantarme para salir al baño, pero el gato miró de reojo la puerta y la cerró telepáticamente, o eso me pareció. Seguí ahí clavado mirando el celular por un buen rato. Nunca llegué a ver nada, pero descubrí que los mensajes igual se mandaron. La puta madre.

Por momentos fantaseo con dejar de tener celular, pero no puedo, es demasiado importante. Una vez pensé que me estaba muriendo (me acababa de despertar de una siesta) y escribí a un grupo whatsapp que tengo con unos amigos explicándoles qué quería hacer con mis cosas. Tipo testamento, pero les hablé solo de la panceta que tenía en la heladera. A quién se la dejaba y eso.

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Le expliqué a mi madre que los números cuyas llamadas no entraban eran los de contactos que empezaban con la letra "m", y me preguntó por qué no cambiaba su nombre de contacto. Le dije que no se podía.

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En los últimos meses agregué mucha gente a facebook, o capaz que en el último año. Antes no agregaba a nadie pero ahora lo hago, tenía ganas de difundir un poco lo que hacemos con mi banda por una vez en la vida, hacer algo con ganas y no con la cara de orto que tuve y tendré toda la vida de todos modos. De viejo no voy a hablar con nadie, me voy a manosear la barba canosa en mi habitación llena de libros o de lo que mierda sea que se lea o escuche o haga en ese momento, y me voy a peinar el pelo largo hasta la cintura tipo Gandalf. Tengo que aprovechar ahora. Y agrego a la gente con mi cara seria y nunca sonrío.

La gente que me agrega a mí me confunde. Se supone que lo tendría que estar haciendo yo. Entonces no los acepto.

Este nuevo hábito incluyó la implementación de una nueva técnica que todavía no sé si se puede calificar de exitosa, que es mandarle una foto mía (tipo foto carné) a todos mis nuevos contactos, como carta de presentación. Un simple mensajito con mi foto, para que vean quién soy. Hasta ahora no me han respondido pero ojalá entiendan el mensaje. Yo no lo entiendo pero bueno, ahí va la foto.

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El otro día me desperté con más mensajes del Alex preguntando qué había pasado. Le contesté esto.

Loco, me acabo de despertar y no entiendo una mierda de qué mierda me hablás. Aparte soñé que miraba porno. ¿Entendés? Ni siquiera tengo sueños eróticos, sueño que miro porno, y vos todavía me rompés las bolas.

Lo del sueño era cierto.

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Al final nunca conté por qué recordaba ser el campeón mundial de la siesta. Me gusta soñar por la tarde, tener sueños reveladores. La última vez soñé con Walternativo, creo que ya sé dónde puede estar.