martes, 30 de diciembre de 2014

Un gremlin en Berlín (Parte II)

Igual que ocurre con los libros, que son iguales en todo el mundo, pero acá están en alemán, ocurre más o menos con las mujeres, que son iguales acá pero están en alemán. (…) en un momento de esta especie de cita en la que me fui dando cuenta que estaba, ella se sintió tan cómoda que empezó a hablar sin sutilezas en alemán, dejando de lado la parte de hablar despacio en entendible. Era como un pacto que al parecer tuvimos de un momento a otro: ella quería hablar. Entonces yo fingía escuchar, porque si no entiendo nada por veinte segundos no puedo seguir prestando atención: es como pescar de noche, en un lago, y solo con la mano. Así que entonces construí una secuencia de reacciones, o más bien gestos, con la que responder a su incesante alocución o lo que mierda fuera. La secuencia iba en este orden: risa, atención, gesto de incredulidad, otra vez atención (esta vez con un leve gesto también de comprensión empática), y risa otra vez o sonrisa, y así en loop unas cuantas veces.

En un momento me empezó a hablar de un cuento que le encantaba, y que era muy famoso, pero yo no entendía el nombre del autor, así que le pedí que me lo repitiera. En general no le pedí que me repitiera nada, pero justo ese asunto, el de los libros, era uno en el que no quería que me pasara por alto, quería tener el control en esa parte, empezar a inclinar la cancha, a dominar la conversación de alguna manera, yendo a un terreno más seguro… entonces me repetía el nombre y yo no lo entendía, y no lo entendía, y las últimas veces que me lo repetía empecé a notar que ya no le hacía gracia que no lo entendiera, que ponía una cara como de “ay, pero qué idiota, no entiende”, y empecé a sentirme mal, a encogerme, por no entender la puta palabra que me estaba diciendo, hasta que en un momento le dije “los hermanos Grimm”, y me dijo “sí”.

Ah, los hermanos Grimm… sí, la concha de tu madre.

Hermanos Grimm, Hermanos Grimm… empecé a repetir Hermanos Grimm como un loro. Le respondía “Hermanos Grimm” cuando me hablaba de otras cosas y ella no entendía, pero bueno, ya se había acabado el tiempo de las explicaciones. Igual, me di cuenta de que le gustaba no entender. O no le importaba. Pero a mí sí.

Me distraje pensando en esto y la escuché, de repente, hablando no sé de qué. ¿Podés dejar de hablar como un monstruo, por favor?

***

Un momento más tarde, me muestra en su celular fotos de la familia.

- Esta es mi hermana.
- Patada ninja.
- ¿Qué?
- Nada, si es más chica que vos.
- Sí. Y esta es mi madre.
- Triple patada con mortal para atrás y haduken.
- ¿Qué?
- Ninja.
- No entiendo.
- Nada, estaba pensando en otra cosa.

***

Este es un fragmento de email que le envié a mi amigo X. Uno de los dos emails que mandé ayer.

Ahora estoy en pedo, nos compramos unas cervezas hace un rato y me tomé tres o cuatro. Estuve mandando curriculums para todos lados (de Alemania) y ahora de tarde fuimos a hacer las compras y, esta es la parte sobre la que no se emite comentarios, nos olvidamos de las llaves adentro del apartamento y estuvimos seis horas afuera hasta que pudo venir un cerrajero y nos salió 130 euros.  

Ayer vi “El beso de la mujer araña” en Alemán, y “Cuentos de amor, locura y muerte” de Quiroga, también en alemán, y otro de Onetti que no le di bola, todos entre 2.5 euros  y 4, re barato (en general el precio de libros está casi igual que en Uruguay), pero no me compré nada. Estuve viendo pila de cómics de berlineses, el tema es que están en alemán todos, y algunos en inglés pero son medio “qué plato”, uno por ejemplo era una especie de chistes de gallegos pero chistes de jóvenes que viven en Berlín y tienen problemas de convivencia con sus compañeros de piso, medio patético, pero ta, era uno, justo el que vi. Igual me llama la atención lo de la problemática local como si no fuera universal.

Va un poco en la línea de lo que me dijo la mina que nos alquilaba la habitación las primeras tres semanas que llegamos, cuando le pregunté si andaban descalzos en la casa. “Sí, andamos sin zapatos porque Berlín es una ciudad muy sucia”. A ver, ¿de dónde te pensás que vengo yo, de un club de golf? Fue de lo más retardado que escuché acá, y fue en la primera media hora que llegué.

He visto mucha representación de “problemas típicos berlineses” que no son más que un repaso a los “problemas” típicos de cualquier persona en cualquier país occidental del primer mundo. Realmente creen que están en el centro del universo, o que no existe nada más, y es raro, siendo que es gente ha viajado y boludeado internacionalmente.

Espero que todo bien por ahí, voy a ver si le reenvío este mensaje a F; mentira, voy a “equivocarme” y mandárselo a la madre; mentira, se lo voy a mandar a la alemana con la que hago el intercambio; mentira, al perro que me traté de coger pero no quiso.

El otro email que mandé fue:

por favor tengan piedad y sáquenme de esta lista, ya se los pedí como tres veces, me quedan pocas horas de vida en las que espero no recibir una puta notificación más de esta página de mierda, por favor hagan de cuenta que son humanos, o hagan de cuenta que son robots programados para respetar la voluntad humana y bórrenme de esta puta lista, de verdad me estoy muriendo, no aceleren mi deseo de desaparecer. REMOVER. 


***

Todos los días paso frente a una casa en la que, en la puerta, tienen una mesita de luz con un plato lleno de galletitas, de cookies con chocolate, caseras, muy ricas. Hay un cartel que dice “0.25 euros”, entonces solamente tenés que dejar la moneda y agarrar una, y listo. Si no tenés cambio, incluso vos mismo hacés el cambio, pero no te quedás sin la galletita. Realmente es tan rica que no sé cómo alguien podría no comprarla. Pero soy uruguayo y lamentablemente pensé en que nadie me impediría “olvidarme” de dejar la moneda. Por suerte tampoco soy tan uruguayo, no soy una plaga, soy un hijo de puta pero no soy parte de una corporación de hijos de puta. Eso es lo importante.

Pero hoy pasé por enfrente al puesto de las galletitas y por algún motivo me dio rabia esa confianza, y agarré sin importarme si me veían o no una galletita y la trituré con mis manos, que quedaron llenas de chocolate; entonces sentí ganas de limpiarme las manos en la cara de alguien, pero no había nadie, así que seguí caminando, una, dos cuadras, hasta que me aburrí y seguía sin saber qué hacer con mi mano y comencé a lamerla, al principio con un poco de asco porque no me acordaba bien de dónde venía y qué había hecho con la mano, pero después me olvidé de ese detalle y lo hice con un poco más de tranqulidad, ya lo estoy haciendo, pensé, estoy en el baile, vamos a hacerlo bien, estas galletitas se te rompen en la mano, murmuraba, ¿a quién se le puede ocurrir pagar por esto que se te rompe en la mano? Igual, qué hijos de puta los que no pagan por la galletita y se la comen, o los que se roban la plata del platito de las monedas, esos son la peor escoria de la ciudad. Me voy a quejar por esta galletita que se te rompe en la mano. 



***

La siguiente cita con mi tándem de Alemán fue en una cafetería de Prenzlauer Berg, barrio cheto pero no tan hipster como Kreuzberg.

-    Estoy muy triste, creo que mi perro se está muriendo.
-     Sí, sí…

Mi respuesta no tuvo mucho sentido, yo no sabía que el perro se estaba muriendo. La reacción tenía que ser otra, pero por momentos me olvidaba de qué reacción había que tener, era como que, si me distraía, hacía mal las cosas, pero a niveles alarmantes.

-    ¿Si?
- Sí, tiene... – Es imposible que me acuerde de qué me dijo que tenía su perro. Era algo así como jaquecas o algo similar.
- Es verdad. – De nuevo me equivoqué, pero en ese momento dije “basta, tengo que tratar de concentrarme porque ya estoy empezando a pasar vergüenza”.
-  No entiendo cómo mi perro está tan mal con trece años, y hay perros que están mucho mejor y viven en la calle, sin nadie que los cuide.
-   Bueno… porque esos perros no son unos maricas, lo que pasa. 
- ¿No son qué? 
-  Yo tengo un amigo que tiene un gato de veintiséis años.
-    ¿Veintiseis?
-    Sí…
-   ¿Cómo puede ser?
-  No sé… el gato se mea arriba, se acuesta arriba de su meo, mea su comida, mea la comida de mi amigo… se acuesta arriba de la comida, también…
-    Pero, esperá… ¿veintiséis años?
-     Creo que te dije veintiséis ¿no?
-    ¿Veintiseis?
-   Ese fue el número que dije. ¿Lo estoy diciendo mal? No, si estamos hablando en Español. ¿Sechs und zwanzig?
-    Bueno, pero no puedo creerte.
-   
-    Es demasiado.
-    ¿Demasiado para quién? ¿Vos decidís cuántos años puede tener el gato de mi amigo?
-    No pero…
-   Un gato al que no conocés, de un amigo al que no conocés, que vive en un país que no conocés… ¿Cómo te permitís ponerlo en duda? ¿Con qué fundamento?
-          Es demasiado para un gato.


Me molestó terriblemente esta actitud, porque tuve que hacer un esfuerzo, por más que fuera un esfuerzo casi atómico, por inventar algo, y se me ocurrió lo del gato. Que ella lo pusiera en duda sin saber nada era indignante, pero lo dejé pasar para no generar más tensión. También me pregunté si yo era el único al que le importaba medir el nivel de tensión, y creo que sí, porque si no ella no podría haber dudado de la edad de Evaristo, el gato de mi amigo. Nunca le diría a mi anfitrión que no me gusta la comida, y esto del gato era mucho más insultante. Igual lo importante eran las palabras, practicar el idioma, todo lo que dijéramos podía ser mentira. De hecho, miento en un noventa por ciento de mis conversaciones, y estoy necesariamente practicando el idioma.

Me acuerdo que cuando era adolescente, en la clase de gimnasia de segundo de liceo, había que hacer una prueba de resistencia. Era algo así como correr veinte minutos alrededor de la cancha del gimnasio. Nos agruparon en parejas: primero corría un grupo, y después el otro. Cuando una corría, el otro, con el que se lo había agrupado, le contaba la cantidad de vueltas que había hecho. Y luego viceversa.

Yo fui el primero en correr y mi compañero, un nerd de esos que no hablan, me contó las vueltas. No me acuerdo cuántas, pero fue un buen número. Ni siquiera le presté atención cuando me lo dijo.

Después fue el turno de él y tuve que contar sus vueltas. El problema fue que me aburrí en la segunda vuelta, o me distraje, y recién me acordé de contar cuando ya estaban terminando. Realmente no sé qué mierda hice en todos esos minutos. Cuando tuve que informar al profesor de la cantidad de vueltas que hizo el nerd, tuve inventar un número, pero tampoco recordaba el mío ni el de nadie, entonces inventé un número sin ninguna referencia (no recuerdo cual, pero por ejemplo, sesenta), que era el doble del que más había hecho. El profesor, que aparte era uno de esos hijos de puta que daban miedo, me dijo:

- ¿Sesenta?
- Sí.
- ¿Me estás cargando?
- No.
- O sea que fue el que más hizo, por lejos, y eso que caminó la mitad del tiempo…
- No caminó.
- ¿Me estás cargando?
- No sé.
- ¿Sesenta vueltas, entonces?
- … capaz que menos.
- Tenés un uno. Y (el nerd) también.

Lo mío tenía sentido, pero lo del nerd no tanto; se pensó que había sido una estafa coordinada con él, lo cual hubiera sido raro dado que ni nos conocíamos. Capaz que simplemente le vio la cara de nerd. Yo me sentí mal, el nerd aceptó la derrota con normalidad. Qué le hace una mancha más al tigre.


***

Si bien desde Alemania se pueden recibir llamadas de teléfonos uruguayos, nadie me ha llamado todavía, excepto mi madre, que me llamó una vez y no la atendí. Por eso me dio una sensación muy rara cuando sonó mi celular (ya de por sí un gran logro) y vi que era un teléfono uruguayo. No lo tenía registrado, pero atendí enseguida imaginándome que era algún amigo con algún celular del trabajo, usándolo para hablar gratis. Nada de eso, era de La Diaria, porque me fui sin avisar que no quería recibirla más. Les dije que iba a hablar con alguien para que les pagara, y que suspendieran el envío por ahora. De todas maneras no hice nada, ni se me planteó la posibilidad de molestar a alguien para eso. Ya estaba evaluando la posibilidad de pedirle a alguien que me enviara dinero para poder sobrevivir (a alguien más, en realidad, porque ya debía plata), de ninguna manera me iba a ocupar ahora de pagar deudas a terceros, y mucho menos empresas.

No recibo llamadas pero cada tanto recibo algún mail de algún amigo, aunque en general muy pocos. Recibí este ayer de noche, de X, en respuesta al que le envié antes; lo leí hoy de mañana, para empezar el día. Fue emocionante sentirme identificado con algo en el mundo. Era largo, pero a la mitad decía esto:

F me escribió pero no le contesté todavía. Con mis deseos, decepciones, ambiciones estoy bastante llenito, toda la taradez ajena se me cae un huevo a menos que la reconozcan, cosa que no es el caso. Me gustan las conversaciones de cirujanos, para mantecas prendo la tele.

Me estoy despertando alzado todos los días. Está de menos. Me despierto y tengo un godzilla que se asoma. “Hola, cómo andás? Bizcochos o pan con manteca?”. No sé qué me pasa.

Me llamaron de La Diaria. Dicen que me van a cagar a trompadas. “Cuándo vas a pagar, crees?". Y yo: “Eh... la semana que viene... sí...". Aparte fue la respuesta menos convincente que te puedas imaginar, ni siquiera me salía disimular.

“Podés pagar por mes”, me dice, “así vemos que hay voluntad de pagar”.  “Dale”. No tengo ni voluntad de vivir, boluda, te voy a pagar a vos. Qué tonta la gente. Aparte estaba tratando de bajarme la erección a cachetazos y me llama esta ridícula.


***

La última cita con mi chica del intercambio de idiomas fue un domingo de tarde. Ya me había invitado a cenar a su casa algún día, porque además quería que conociera a la otra con la que vivía. Esa invitación era básicamente cuando quisiera. Pero mientras, hicimos este otro encuentro.

El lugar era cerca de donde había sido mi primera habitación, al lado de un parque bastante grande lleno de africanos que te ofrecían droga todo el tiempo. Ellos también eran bichos palito, como fósforos humanos pero después de usarlos. Era gracioso ir en bicicleta y tener de repente a veinte africanos rodeándote, ofreciéndote todos al mismo tiempo marijuana, medio que a prepo y en una mala, o por lo menos no muy buena, y yo en bici repartiendo guiñadas de “naaa, gracias”.

El café se llamaba algo así como Das Edelweiter, uno de los lugares más hipster de Berlín para un domingo de tarde. Ahí iban todos los pre-treintañeros con sus bebés, o con sus libros, o con sus amigas, la cumbre del hipsterismo berlinés, una de las tantas cumbres.

Fue un domingo nublado y muy ventoso, muy frío. Me llamó mucho la atención que hubiera tanto viento. Fui sin bicicleta porque era cerca, o no sé por qué, para demorar más, capaz. El lugar no aparecía en mi celular, no aparecía en Google y no lo podía encontrar. Mi tándem me enviaba what’s apps preguntándome por qué demoraba, diciéndome que estaba con una amiga que también me quería conocer y que se estaba por ir. Me empecé a sentir un poco como Tarzán, cuando lo quieren presentar en sociedad. A ver, ¿alguien más que quieras que me conozca? ¿Cuál es la puta novedad? ¿Vamos a hacer un trío o qué pasa? Hacía mucho rato que estaba caminando, me costaba conservar el buen humor. Hacía más o menos, noventa días, en cierto sentido. ¡Tarzán quiere banana! ¡Tarzán quiere fútbol cinco! ¡Dejate de cafecito, vamo’ a pudrirla! ¡Quiero empedarme, vamo’ a tu casa!

Me hizo calentar que las indicaciones fueran tan malas, tan descuidadas. Hacía frío y mucho viento, muchísimo. Me llevaste a un lugar demasiado hípster. Mientras, seguía yendo y volviendo por mi camino, unas ocho cuadras por las que caminaba una y otra vez sin encontrar el lugar. Me manda una foto por what’s app con la amiga que también está divina. No me quieras llevar al lugar más hípster de Kreuzberg, quiero ir a un quisco a tomar una cerveza. Me chupa un huevo el Edelweiter. Ni siquiera lo encuentro. Ya me tenés a mí, me encontraste de culo, vengo prácticamente de una galaxia muy lejana, ¿para qué querés también el lugar? Yo soy la novedad, asegurate de que por lo menos pueda llegar, estoy caminando hace veinticinco minutos para arriba y para abajo, como un fósforo humanizado, y no sé cómo llegar. No estoy en mi barrio, estoy en otro país. ¿Es tan difícil?

Y lo que más me calienta es que quieran una buena patada ninja y que hagan galletitas que se te rompen en la mano. Treinta y cinco minutos buscando. ¿Sabés qué? Se me hizo tarde, queda para otro día. Beso y saludos para todos.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Un gremlin en Berlín (Parte I)

Este es un diario que aparentemente escribí entre octubre y noviembre de 2013, en la ciudad de Berlín. Las partes que ocupan el “(…)” representan los fragmentos de texto que fueron borrados, y que únicamente describían mis sospechas de que cuando la gente hablaba en alemán, en realidad estaban conspirando en mi contra.

***

Hace días que me parece que soy como un animal moribundo, un animal que está agonizando y está echado en un rincón pero igual la gente lo confunde con un objeto de piedad, y el animal lo sabe; lo sabe y le molesta, casi que presta más atención a eso que a la muerte inminente; le molesta ser un depósito de la patética lástima de la gente en sus últimos instantes, en el fondito de su vida; pero la parte importante es que cuando parece que está por morirse, alguien se acerca para tocarlo o para sacrificarlo y ¡grooarrr! ¿Te pensaste que estaba moribundo? ¿Te pensaste que estaba indefenso? Tomá, te saqué la mano, y ahí el animal se relame y se siente mejor porque sabe que recuperó parte del orgullo, y sabe que si sobrevive y se cura, que vengan a tocarlo otra vez, a ver qué pasa. Así que estoy un poco en eso, esperando para pegar el tarascón.

También me siento como el perro que vi ayer en un parque al que fui, un perrito chiquito al que se le acercó otro perrito negro de pelo enrulado y que se lo quería coger; entonces intentaba montárselo y el otro reaccionaba pero tranqui, como que le decía que “no” pero tranquilo, le ladraba un poquito y el otro se bajaba, pero siempre volvía y tenía el pito todo para afuera y a veces le rozaba la pierna con el pito… entonces yo soy el primer perro, y siempre hay otro perro (“el perro de la vida”) que quiere cogerte y hacerte miserable, y vos no lo dejás, incluso a veces te roza con el pito y vos te cuestionás si te gusta, por momentos dudas y pensás “¿por qué no?”, pero al final le decís diplomáticamente “gracias, pero paso”, y el otro te dice “merece”; y terminás disfrutando los momentos en los que no lo intenta, que es otra forma de derrota. Pero quedémonos con la imagen del primer animal.

(…)


Me acerco todas las noches a mirar las ventanas de los otros apartamentos, en los que tampoco pasa nada. Fantaseo con la idea, demasiado literaria, de que haya otra persona haciendo lo mismo y crucemos las miradas. Típica pavada de historias de mierda: la otra persona justo era una mujer, justo era joven, justo era culta, interesante, típico. No, en mi texto no hay nadie, yo estaba solo y el cielo, no entendía por qué, pero no estaba todo lo oscuro que podía estar, estaba más clarito, como azul oscuro, digamos. Todas las bicicletas aparcadas abajo, la mayoría con cadena. ¿Qué pasaría si bajara a examinar si todas tienen cadena? ¿Qué pasaría si alguna no tuviera? ¿Qué pasaría si comprara una cadena y se la pusiera a la que no tiene? Sin pensarlo demasiado, me parece que se convertiría en mía, pero igual casi puedo confirmar que todo el resto de mi vida seguiría siendo la misma.

Si hiciera la lista de todas las cosas que hice sin querer esta semana, no terminaría nunca…

Esto está relacionado con la intención de organizarme para encontrar un presente o futuro a corto plazo más próspero en este país. Tengo treinta mil listas de cosas para hacer y no completo ni la mitad, ahora ya ni siquiera las chequeo, a ver qué hice y qué no hice, simplemente las escribo y las dejo muertas, pero mueren enseguida porque ya saben que nadie las va a controlar. En alguna lista incluso llegué a ver que uno de los puntos era hacer una lista. Impresentable.

Ni siquiera son de esas listas que te interpelan cuando las ves; las mías están muertas mientras las escribo, o peor, me miran y me dicen “por favor matame”, pero yo las dejo por ahí porque al parecer me gusta verlas agonizar. De hecho, también comencé a dibujarle a las hojas piernas y brazos, para que dieran una sensación más humana, y después pensé en comprar alguna libreta de hojas antropomórfica, para que parecieran incluso más reales, pero nunca encontré.

También estuve pensando en estos últimos días que soy una muy mala influencia para mi novia. Primero la hice reflexionar acerca de la idea de que, en realidad, los humanos somos el único bicho que camina completamente erguido, y que somos como unos palitos, con brazos; como fosforitos deformes, con vida, espantosos. Después de tomar conciencia de eso, todo se hace más difícil. También la convencí de hablar únicamente en Alemán, con la excusa de que es para practicar el idioma, pero en realidad a veces hablo mal a propósito, para que lo que digo no tenga sentido, no se entienda y se corte la comunicación. Solo hablo en Español para desarrollar la teoría de los humanos palito, que me parece importante que se comprenda en su plenitud.  

En estas cosas estaba pensando cuando me desperté. Y bueno, me desperté sabiendo que hoy no iba a lograr ninguna hazaña deportiva, qué querés.


***

Decidí inscribirme en una página para hacer intercambios de idiomas, Español-Alemán exclusivamente. Te creás un perfil, ponés una foto que sugiera que no sos un depravado, y contactás gente para juntarte a hablar un rato en Español y un rato en Alemán, en algún bar, café o parque, de los que hay cientos y cientos en Berlín. La idea era practicar Alemán.

Elegí una foto en la que no tuviera los lentes puestos, como cada vez que necesito generar confianza. De todos modos, la gente en esta parte de Europa es muy crédula e ingenua, lo cual no me viene nada mal. Mientras me hacía el usuario, me hablaba a mí mismo usando el modo imperativo. "Buscá una foto más nítida, una sin lentes". "Completá tu nombre". "Inventá intereses un poco más felices... bien... eso". "No es mentira si vos lo crees". "Bien escrito". "Seguí". "Eso les va a gustar". 

Por supuesto que solamente me contestaron mujeres, más bien jóvenes. Le mandé invitaciones a un par de hombres también, pero no contestaron, lo cual me pareció sensato. Si bien no era una página web de levante, no me imaginaba queriendo hablar con un hombre, la verdad. Así que por eso mandé pocos mensajes a hombres. Digamos, dejame contar… unos cero, más o menos.

Me junté con un par y estuvo bien, pero no lo suficiente como para juntarme de nuevo. Todas sabían más Español que yo Alemán. Una me confesó que quiso juntarse conmigo porque yo era uruguayo y ella era fan de Forlán. Año 2013, aparte. Me di cuenta que no iba a funcionar.

Pero con una sí funcionó. Me junté con ella por primera vez después de comprar una bicicleta usada por Craigslist. Fui a buscarla al sur de Neuköln; la bicicleta se desinfló, o ya estaba pinchada y yo recién me di cuenta a las diez cuadras. Entonces la tuve que llevar caminando hasta una estación de servicio para inflarla, y poder llegar así, por lo menos, a mi apartamento. Pero la conecté al inflador de motos, no le bajé la presión o la potencia o lo que fuera, y después de unos cuatro o cinco segundos de tenerla conectada dándole aire, la cámara explotó, práctimente en mi cara. Creo que después de un segundo la rueda ya estaba inflada, pero mi cerebro no fue lo suficientemente rápido como para desconectarla a tiempo, y la dejé tres, cuatro, cinco segundos más, mirándola como un imbécil. Imaginen mi cara más de imbécil.

La goma explotó haciendo un ruido espantoso, fue como tres bombas brasileras, adentro de una estación de servicio, en mi cara. Por suerte no había nadie afuera, pero yo quedé temblando. Como pude, me levanté y cargué con la bicicleta al hombro para irme lo más rápido posible. Explicar la situación en alemán hubiera sido demasiado.

En el camino, un pichi me dijo, en inglés:

- Problems?
- Ja.

Los pichis hablan en inglés. Me gustó eso, al menos. La cámara nueva para la bici me costó como 30 euros, casi lo mismo que la bici.

Entonces llegué a mi casa, me bañé y me fui a encontrar con esta loca, con muy poca paciencia y ganas de hablar en general. Pero nos caímos bien, conocí el cerquillo alemán, me llevó a un lugar cheto de Kreuzberg, pagamos como siempre por separado. Cuando salimos estaba lloviendo y le ofrecí mi paraguas, entonces fuimos juntos hasta la estación, porque ella se iba a tomar el tren. En el camino le indiqué por dónde vivía yo, que era cerca de ahí. Le señalé la calle, pero le mentí, porque en realidad estaba perdido. Tardé como cuarenta y cinco minutos para volver a mi casa y no estaba muy lejos.

***

La segunda vez que nos juntamos me llevó a tomar un helado a una heladería super-cool, abajo de un puente por donde pasa un tren amarillo. Cuando leí la palabra “helado” dije “epa”, porque esa es mi clásica invitación, la de ir a tomar un helado. Estás hablando un lenguaje que no podés comprender, me imaginé diciéndole. Pero que quiere decir lo mismo que quiere decir todo lo ambiguo en este mundo.  

Sin importar quien tiene la palabra, en la conversación se da una particularidad: cada vez que se habla de que uno tiene que ir a un lugar, ella juega con la idea de que podríamos ir juntos, sobretodo cuando es una idea que evidentemente no se va a llevar a cabo. Por ejemplo, yo comento que mis primos en París (si tengo primos no los conozco) me invitaron a que los visite algún fin de semana (una de las tantas cosas que no sé por qué digo), y ella dice “ay qué lindo, y yo también voy”; eso se repitió un par de veces, y todo bien, pero hubo otro caso un poco diferente: ella tiene que trabajar toda la noche en el canal, y entonces: “Sí, vos podrías venir a trabajar también, ja, ja, ja…”. Trabaja en un canal de televisión, y a veces hace “guardia” de noche. Yo miraba ese canal antes de ir a Berlín, es una cadena internacional. 

¿En serio querés que vaya? ¿O me rio y seguimos hablando sin responder, para que quede por ahí?

¿En serio querés que vaya?

A falta de una aclaración, me quedé pensando en lo que diría: Te voy a explicar lo que pasa. Soy una especie de gremlin. Tiendo a romper cosas sin querer, incluso a caerme sobre las cosas. Entonces, ¿realmente te parece una idea seria que yo te acompañe? ¿A tu trabajo? ¿Sos conciente de que te traería problemas invitar a cualquier persona a la oficina, sin importar sus intenciones o las tuyas? ¿Que podría ser incluso peligroso para ti misma, que correría peligro tu puesto de trabajo? Pero es injusto todo este interrogatorio, es evidente que solo fue un decir, “podrías venir conmigo…”.

Pero uno de esos “decires” que se dicen, y que por algo llegaron al cerebro. Y ese es el punto. No es que estábamos hablando de acompañar gente al trabajo. Es como que pasemos frente a una panadería y yo diga “qué rico, cómo me gustaría comerme un bizcocho de chocolate” y la otra persona me pregunte “¿En serio? ¿Por qué no te comprás? ¿Querés que te compre uno?”, y yo diga “no, no me gustan, solo se me ocurrió decir esa pavada que, de por sí, no es graciosa”. Si lo dije es porque se me ocurrió, y si se me ocurrió, es por algo. Entonces, si fue "un decir", ¿lo mio fue “un escuchar”? ¿Qué tal “un actuar en consecuencia y sin criterio ni sentido de la responsabilidad”? Incluso puedo ser un asesino. (…).

Me gustaría ser el gremlin, pero no sé si lo soy. De todas formas, igual, no lo sabés. Y yo tampoco, en realidad. ¿Y si lo soy? He hecho cosas peores en la vida. Creo que lo puedo ser. Muero de ganas de ser el gremlin. Listo, soy el gremlin. Pero, por ahora, el gremlin seco y prolijo, antes de la medianoche. El que quiere heladito. ¿Me estabas diciendo? 

Volviendo a ella, es como las personas que proponen algo y enseguida dicen “no boludo, es una joda”. Está bien. Pero a mí cada vez me embola más interpretar lo que me dicen y tiendo a entender todo literalmente, sin cuestionarme nada y sin dudar de lo que escucho. Estoy empleando mis energías mentales en desarrollar un léxico que interpreta la sexualidad como arte marcial. Así que si me invitás a hacer algo, cuidado porque puedo preguntarte "¿a qué hora caigo?". 

En Español, necesitamos la confirmación de la invitación. Con una sola vez no parece suficiente. Entonces me quedé esperando a que me invitara de nuevo. No sabía si iba a ir, pero quería sacarme la duda. La invitación, ese día, no se repitió. El gremlin quedó guardado en su caja, tranquilo. Pero si ponías la oreja en la tapa de la caja, escuchabas bajito un "ma-má". 

Lo peor de todo es que ni me importa, pensé en todo esto minutos después cuando estaba esperando que un semáforo cambiara de rojo a verde y me permitiera pasar. Recién al otro día, lejano como un amanecer en el horizonte, apareció algún atisbo de cuestionamiento moral. Ya perdí la humanidad a pesar de ser un fósforo viviente. 

Interpretar, darle vueltas a las cosas es algo que pasa cuando no pasa nada en tu vida. Cuando comencé a cruzar ya me había olvidado otra vez, porque estaba pensando en las personas palito. 

Continuará... 


martes, 25 de noviembre de 2014

Inseguridad ciudadana





No sé dónde había leído o quien me había dicho que ya no hacía tanto frio, pero tuve que volver a moverme porque estaba perdiendo el calor que había ganado en la caminata. Empecé a dar vueltas alrededor de un juego de living imaginario, por decir algo, y después me puse a mirar uno de los autos que estaba estacionado en la calle, digamos que al lado de la vereda por la que yo daba vueltas.



Como era de noche y tenía el gorro de invierno puesto supongo que no se veía de lejos muy bien quién era yo o qué estaba haciendo. Estaba esperando a que mi novia saliera de trabajar del instituto en el que da clases, en Pocitos; era de noche y la había ido a buscar caminando.

Con los minutos empecé a ensimismarme, o enyomismarme, enmimismarme, y a pensar en cualquier cosa que se pudiera seguir con un hilo; concretamente, me puse a pensar en una paloma que había visto ese día, también en la calle, y que me llamó mucho la atención porque se estaba comiendo un fainá. Era una escena bastante llamativa, porque la paloma parecía honrar su actividad, parecía que hubiera pedido el fainá, o que ya hubiera comido cientos antes. Lo comparé inmediatamente con la vez que vi a una paloma comiendo papas fritas en Berlín; esa vez no me hizo gracia, no sé por qué, creo que me pareció una paloma cheta, o quizás no tenía tanta dignidad como la paloma del fainá, y se comía las papas con nerviosismo, apurada, como si estuviera robando. La paloma del fainá comía sin apuro, sin presión; la de las papas fritas comía pensando que le estaban por sacar las papas, que estaba haciendo algo incorrecto. El primer policía siempre somos nosotros: cuando creemos que estamos haciendo algo ilegal, lo estamos haciendo, pero cuando no pensamos en que estamos haciendo algo ilegal, también lo estamos haciendo, solo que por lo menos ganamos unos momentos hasta que el resto del mundo se da cuenta. Algún día les voy a contar de la vez que le pegué a un inválido. 

De repente vi dos sombras al lado mío y una me agarró del brazo. 

-  Hola – me dijo mientras me apretaba. Era grande, y el otro también pero diferente, más flaco. 

- Qué hacés idiota? 

- Mirá, quédate quieto… explicanos qué hacés acá. 

- ¿Cómo "qué hago acá"? 

- ¿Que hacés de noche mirando los autos en esta cuadra?

- No estoy mirando nada, estoy esperando a que salga mi novia de trabajar.


Entonces el que no me estaba agarrando me mostró un revolver, y empezó a hablar. Por unos segundos no pude decir nada, solo sentí un frío helado en cuello y una desesperación muy rara, como un animal cazado. Fue como la tercera vez que me sentí un animal ese día, todas por razones diferentes. 

- ¿Dónde trabaja tu novia?

No respondí, pero por miedo.

- Mirá, no te va a pasar nada, te pedimos disculpas si es verdad lo que estás diciendo. Pero hasta que no demuestres que estás diciendo la verdad, te tenés que quedar acá con nosotros. 

Ahí empezó a hablar el otro, el que me tenía agarrado. Y a la mitad de lo que decía me dio el mismo frío en la garganta, pero de vergüenza ajena, por el tono vindicativo: 

- Mirá, nosotros somos voluntarios, estamos cuidando la cuadra porque no queremos que nadie se venga a meter acá, queremos defender nuestra casa y a la gente del barrio, ¿me entendés? No te vamos a hacer nada, ni a vos ni a nadie, es solo una cuestión de mantener limpia la casa, pero vigilamos que nadie venga a meterse si no le corresponde, y al que venga con esa, bueno, le vamos a explicar que no lo queremos acá, por las buenas o por las malas. Vos no tenés pinta de que te hayas metido en el barrio a hacer nada, ahora que hablamos contigo, pero de lejos nos daba la duda, tenés una pinta rara, por eso vinimos, pero no es nada contra vos, te podrás imaginar… 

- Me alegro que no sea contra mí -dije. Traté de sonar irónico y no pude, o no me animé. 

- Es contra la gente que no queremos acá y nada más. Tenemos que defender lo que nos ganamos laburando.

- Mi novia trabaja en el instituto, da clases. Está por salir en cualquier momento. ¿Me soltás?

- Soltalo –le dijo el otro, sin que sonara como una orden sino como un pedido entre amigos. Eso fue lo que más me molestó, porque dentro de todo, perder la sensación de que tenían una jerarquía interna me hizo pensar que eran solo dos pendejos enfermos; no había nada de comando, de paramilitar, de organización. Me acordé de la paloma comiendo el fainá. 

- Bueno, les quiero decir una cosa –empecé cuando me soltaron. Justo ahí salió mi novia y fui hacia donde estaba ella. Ni lo pensé, fue instintivo. Pero cuando ella me vio y cambió su sonrisa por cara de preocupación, por ver la mia, me acerqué de nuevo a ellos y les dije- Para algo existe la policía. En lugar de hacerse los policías, sean policías. 

Más tarde me arrepentí de decirles eso porque después de todo estaban armados, pero no se puede ser siempre un cagón en la vida, alguna vez hay que decir algo, confrontar un poco, por mínimo que sea. Lo mío no fue nada en realidad, me di cuenta a las dos cuadras, me tragué la angustia e invité a mi novia a comer un fainá, pero no quiso.

martes, 18 de noviembre de 2014

Entrevista a Christopher Nolan con motivo del estreno de su película “Interstellar”.



Entrevistador: Hola, antes que nada muchas gracias.

Nolan:

Entrevistador: Quería preguntarte primero por la parte argumen…

Nolan: Me gusta responder a estas preguntas más que nada como hombre de Hollywood. Partiendo de esa base, y de que la película que hice está buena y te gustó, dejame decir que en las películas que hacemos tratamos de darle a la trama una forma de viaje en taxi. ¿Qué queremos decir con esto? El argumento de la película funciona como un viaje en taxi entre dos puntos de la ciudad. El taxi da vueltas, recorre barrios, va para todos lados, y al final llegás al destino, pero un rato antes de llegar te das cuenta que es a dos cuadras de donde te tomaste el taxi, y el tachero soy yo. Podés pensar que te cagué con el viaje, pero eso sería apoyarse en un punto de vista simplemente práctico: capaz que en el camino conociste el barrio, viste otras cosas, viste minas, lugares que no conocías, te sorprendiste, te gustó. Pero no llegaste demasiado lejos. Y te mareaste bastante, pensando que el tachero tenía todo bajo control. Le cediste el poder porque no entendías dónde estabas. Pensaste que te estabas yendo al carajo. Y cuando termina la película, te das cuenta que cuando más te gustó fue cuando estabas perdido. ¿Fue al pedo el viaje?

¿Eso es importante? Depende para quién. El problema está en que yo te quiera vender la película como un viaje largo. Entonces, lo es y no lo es. Creo que te lo disfracé de viaje largo, y en realidad te estuve paseando. Concretamente, es como con el tema de las dimensiones.  Te puedo dar cuatro, cinco, seis, siete dimensiones, ¿cuántas querés? Dale, siete. En la película se plantea un universo con siete dimensiones. Pero después te digo “igual siete es un decir, en realidad son tres o cuatro y una biblioteca”.

Entonces la película se puede interpretar como compleja, pero siempre sabés que vas a sobrevivir. No te vas a ir angustiado del cine, con tu corazoncito filisteo herido, pensando que no entendiste la película, porque al final la vamos a redondear y quitarle valor a la complejidad que presentamos durante la mayor parte de la película. Te la vamos a explicar medio por arriba, pero tampoco va a quedar claro si realmente tenía una explicación. La idea básica, además de ocultar las inconsistencias con laberintos técnicos (no tanto narrativos) , “científicos”, es que pienses que no entendiste todo pero entendiste lo más importante, y que eso alcanza.

Pero la idea tampoco es disimular esto. Es decir: el desarrollo de la película lo podés anticipar casi en cualquier momento. ¿Cómo?

No hay una sola línea gratuita en la película, y ya lo sabés desde antes de que empiece. Si un personaje está hablando y de repente toma agua y dice “qué fría que está”, y después sigue con lo que estaba diciendo, sabés que dijo eso por algo, que no fue al pasar, que va a tener consecuencias trascendentes. Toda palabra puede ser usada en tu contra, se puede interpretar como un aviso o justificación para algo que se puede hacer después, porque si se avisa todo, es válido. Y hay que avisar y sorprender siempre.  Es un juego constante, como un acertijo. “Te di los instrumentos pero no lo adivinaste”, o “bien, adivinaste”. Pero tiene olorcito a juego.

Esto pasa con el personaje de Matt Damon. Se pisa el palito dos veces. O con el "fantasma". Capaz que no es importante, pero me parece que este tipo películas apuesta un poco a esa sorpresa, a ese “opa, claro”. No llega a volverse predecible, solo te quiere hacer sentir inteligente por darte cuenta de algo que, de todas maneras, te insinuó. Y eso ya se empieza a transformar en un jueguito. Quieren que participes con tu cerebrito inteligente.  Quieren que te involucres, que la anticipes. Y solo la podés anticipar porque sigue un modelo, y lo sigue bastante a rajatabla. Entonces, al mismo tiempo que la seguís y la anticipás, te aburrís un poco. A menos que te guste eso. Es como los crucigramas: a mí me aburren, a otros les gustan. En ese sentido, reconozco que es un buen crucigrama. Pero sabés que nunca se va a ir al carajo.

Entonces estamos atentos de que todo lo que se dice y no cierra, va a tener consecuencias sí o sí. Si no se entiende para qué se agregó una línea, es porque se va a entender después. Todo queda pendiente y se resuelve antes del final. No hay nada gratuito, el personaje nunca se acomoda en la silla porque está incómodo, nunca espanta una mosca. Si espanta una mosca, es porque la mosca era algo más. Si se rasca un codo, lo picó un bicho, y con el bicho pasa algo. Si tose, tiene tuberculosis. En ese sentido, la película sigue un guión que economiza todas las líneas y todos los gestos, y hace explícitas todas sus intenciones. Es un poco torpe, porque la mayoría de las veces las cosas no significan nada. No sé por qué en la película todo tiene un valor, un sentido y una consecuencia.


Pero el actor principal actuó bien, y siendo justos, los lugares comunes son mucho menores que en otras películas mías, así que estoy contento y soy rico. 

miércoles, 29 de octubre de 2014

El fútbol de las putas

Hay cierto determinismo en la condición humana, pero no me refiero al determinismo social de ser pobre o iletrado, sino el determinismo que establece que uno sea uno mismo, el de ser un hijo de puta y no poder cambiar, o no querer, que es lo mismo, si querer es poder; entonces, ser un hijo de puta y comportarse como tal.

Me moría de ganas de jugar al fútbol, así que lo que hice fue buscar por internet algún grupo que se juntara a jugar al fútbol. Encontré uno que, obviamente, como todo en Berlín, estaba compuesto por personas de todo el mundo. Por lo que vi, se juntaban en una especie de cancha de cemento, al aire libre, que estaba a unos 25 minutos en bicicleta de mi casa. Recuerdo estar como tres minutos a punto de hacer click en “inscribirme”. Siempre me da esa duda antes de inscribirme en algo, esa cosita. Cuchicuchi.

***

Hacía días que venía pensando que debería existir una especie de casa de putas pero de fútbol. Funcionaría de la siguiente manera: así como hay gente que no consigue mujeres con las que tener sexo, hay hombres (entre ellos, yo) que no consiguen con quién jugar al fútbol. Entonces, vas a esta cancha (de fútbol sala o fútbol cinco) y jugás contra otros 9 (si vas acompañado, podés jugar contra menos, es decir, vas a necesitar menos “gente paga”). Podés elegir a los jugadores, por supuesto, de acuerdo a lo que quieras. Para solicitar que se dejen meter un gol, un caño, etc etc, pagás un extra. Si lo hacés por mérito propio no deberían cobrarte nada. Podés solicitar que te dejen meter una buena patada mala leche, imprevista, y que no te expulsen, pero sale caro. Igual en general se hace, es parte del encanto de irte de putas de fútbol. La sensación de qué podés hacer cualquier cosa, de que podés humillar a alguien.  De que no humillar a alguien es humillarse a uno mismo.

Cuando termina, en general se hace un asado. No necesariamente con ducha de por medio: me imagino pidiéndole al encargado de la cancha de fútbol de las putas y recibiendo como respuesta la misma expresión de extrañamiento que se puede recibir yendo a un bar de viejos del centro de Montevideo y preguntando si hay jabón en el baño. Algo así como “¿lo qué? ¿qué pasa?“.  Después del asado, o durante, vienen unas putas, porque de tanto hablar de putas te dan ganas de que haya putas de verdad, y mientras, se mira un partido en una tele gigante, pero las putas no pueden mirar el partido. También podés pedir el combo Maradona. Entonces hay merca y podes tener un hijo no reconocido. Incluso podés pedir que venga tu hijo de grande: es un actor que se presenta y al que le decís que no sos su padre. No sé qué tan popular sería esa opción, pero viene con picada (Nota de edición: el combo Maradona no se actualiza con las nuevas proezas de Maradona, digamos que se mantiene en cierto nivel. Por poner un ejemplo, julio 2014).

Sería carísimo, nunca podría pagarlo, así que solamente sueño con eso. A veces pienso en eso cuando trato de quedarme dormido, porque me gusta dormirme pensando en cosas lindas, pero me confundo y en mi historia estoy jugando al fútbol con las putas, que aparte no disponen de la vestimenta adecuada, y es un poco como jugar solo, como siempre. Creo que pensando en esto extrañé Uruguay; experimenté esa sensación o ese lugar común de “con los recursos de Uruguay y las ideas de Europa”, o al revés. La idea era la de las putas del fútbol; el recurso, no sé, supongo que una sociedad tolerante con los asados idos al carajo.

***
Cuando llegué, había un grupito de tipos socializando o tratando de hacerlo. Dos brasileros, un español, un portugués y no me acuerdo de dónde era el otro. Yo hice lo mismo y lo conseguí en la misma medida que ellos: poco. No sé por qué todos se limitaban en el entusiasmo, no llegaban a soltarse, a estar contentos. Parecía como si no se quisieran comprometer, como si hacerse amigos de los otros fuera a significar que enseguida les iban a pedir plata prestada. Capaz que podía pasar si se hacían amigos míos, pero me molestaba porque era muy improbable a pesar de que era cierto. Es como cuando el asesino se enoja porque la víctima se da cuenta que está cerca de un asesino serial. Es verdad, te diste cuenta de algo cierto, ¿pero por qué, si no tenés motivos para darte cuenta? ¿Por qué ser tan irracional?

Entonces fuimos todos hacia la cancha, un poco más allá, donde los alemanes del grupo parecían tener todo dominado.

El comienzo del partido fue de las cosas más desmotivantes que me pasó en la vida. Es difícil incluso revivirlo. El organizador del partido (es decir, el organizador del grupo, que organizaba esto prácticamente todos los sábados) caminó o se arrastró hasta el medio de la cancha, como si ya hubiera jugado al fútbol por dos horas, y dijo algo como “somos muchos, así que tenemos que hacer tres equipos… hay siete que tienen que esperar afuera…”. Era como tu abuelo diciendote sus últimas palabras en su lecho de muerte. 

¿Cómo lo hubiera hecho yo?

“Bueno muchachos, vamos a dividirnos en grupos, tres grupos, tres equipos, uno tiene que esperar afuera. Yo voy a estar con un grupo, mi amigo Michael con otro, y Karl con el otro. Hacemos un piedra papel tijera para ver quiénes juegan primero. Igual los partidos duran doce minutos cada uno. Vamo arriba eh!,” y aplausos. Pero no.

“Somos muchos, así que tenemos que hacer tres equipos… hay siete que tienen que esperar afuera… si pueden mátenme…”

Instintivamente me quedé en el grupo de afuera, el discurso de presentación había sido como ver al tío borracho disfrazándose de papá noel, no sabía si quería irme o si quería jugar y meter diez goles. Era como entrar con la puta al cuarto y que la puta estornudara, se desvistiera y te pidiera que te apuraras porque le parecía que se estaba por engripar. Pensé que la puta lo hace y te quedás igual, así que no me fui. 

***

De más está de decir que los de afuera no hablábamos entre nosotros. En ese momento alcancé casi sin querer una nueva interpretación del “los de afuera son de palo”; nunca más cierto. La mayoría ni siquiera se atrevía a mirarse. Podías oler el nerviosismo, la timidez en todos y cada uno. Si los mirabas atentamente, descubrías sus tics (creo que todos teníamos  tics). Yo los miraba y pensaba “esta gente tiene trabajo”. Eso suponía yo, no era necesariamente cierto.

Había una mujer, una rubia que no parecía alemana, pero lo era. Parecía una rubia uruguaya. Estaba filmando el “partido” con una cámara, ante la eventualidad de que pasara algo inesperado, supongo.  La imagen no encajaba con el resto de la escena. Yo estaba ensayando algo similar a una entrada en calor, y cuando pasé por al lado casi me sonríe, como por compromiso. Me pareció escuchar que alguien decía “querendona”, pero no me di cuenta de quién. Incluso tuve la duda de si lo escuché en Español o en otro idioma, pero ¿en qué otro idioma conozco esa palabra?

No quiero hablar más de cuando estábamos afuera esperando nuestro turno porque es demasiado triste, mejor pasemos directo a la parte en la que ya estaba jugando.

***

Había fantaseado durante mucho tiempo con jugar al fútbol en otro continente, ver cómo era. Obviamente que presumía que iba a ser igual, y realmente fue igual. Nadie jugaba muy bien, y casi nadie pasaba mucha vergüenza. Pero lo que me sorprendió fue que casi nadie se pasaba la pelota. Es decir: lo entendería en un campito donde todos los que juegan, juegan muy bien, se juegan todo, en un sentido sudamericano del concepto (más individualista), y pueden eludir a dos, tres, cuatro, hacer moñas, enganchar, ir para adelante y para atrás, etc. Pero estos no podían hacer nada. Casi nunca se eludían a uno. No pensaban en lo que iban a hacer. Pateaban mal, desde cualquier lado. Siempre tomaban la peor decisión. 

Las veces que tuve la suerte de que la pelota, por algún motivo, cayera en mis pies (porque repito, nadie la pasaba), al instante buscaba con quién conectarme. Hice buenos pases, antes de intentar cualquier jugada personal, pensando que iba a estimular a los demás a querer hacer lo mismo. A querer ganar. Pero nada.  Solo con un italiano logré conectarme. Era el único con el que compartía el concepto de pared.  A él se la podías pasar y sabías hacia donde tenías que correr, que él te la iba a pasar de nuevo. No era muy difícil, era solamente correr para adelante o para donde no hubiera nadie. Hicimos lo mismo dos o tres veces y fueron las únicas jugadas lindas del partido de 12 minutos. El resto una mierda: la pelota picaba mucho, todas tenían una quejita, algo que les dolía. Creo que uno me pidió, en alemán, bajito, cuando lo tenía al lado, que por favor le pegara una patada, pero recién lo entendí como treinta segundos después de que me lo dijo. Lo tuve que pensar, pero me pareció medio raro. ¿Me habrá querido decir eso?

Mientras no tenía contacto con la pelota me imaginaba cómo sería la relación con los amigos habituales en mi universo del fútbol imaginario. La gente que sale de putas no lo hace solamente por no tener con quien coger. Está también esa necesidad de infidelidad. Lo mismo con los que pagarían por jugar con gente contratada, mintiéndoles a sus amigos sobre sus verdaderos planes para el viernes de tarde o sábado de mañana. Juntándose a jugar al fútbol a escondidas, dándose “una escapadita” (un picadito). Capaz que también un picadito los lunes de mañana, antes de la oficina. “Claaaro”. Inventando excusas para la transpiración, en caso de que se vieran luego del partido. Excusas inverosímiles, para jugar con la credibilidad, que es parte del encanto. Sería mucho más fácil, no vemos tanto a los amigos. Yo no los veo nunca, pensé, están a miles de kilómetros.

***

Para la siguiente pausa también me había ilusionado con que todo fuera un poquito más social, pero no lo fue tanto. Intenté empezar yo hablar con los demás, tratando de que la charla no fuera hacia el mismo lugar común que ya me tenía podrido hacia dos meses: de dónde sos, cuánto hace que estás acá, qué hacés. Pero no pude, todo fue para ahí. No parecían entender que eso está bueno para un levante, que podíamos aprovechar para hablar de fútbol, de algo diferente. De algo que estuviera pasando, que pudiera necesitar de una opinión. ¿De dónde sos? Andá a cagar.

Las pocas palabras que intercambiamos todos en el descanso, se perdieron cuando entramos de nuevo a la cancha. Éramos desconocidos de nuevo. Intenté algunas jugadas individuales pero no me salieron bien, porque las terminé mal, y en la última sentí un dolor en la cadera que nunca había sentido. Traté de seguir corriendo pero cada vez que lo intentaba volvía a sentir el dolor; no podía correr. Me preocupé porque no tenía cobertura médica, y no era buena idea lesionarse: cada visita al médico costaba más o menos 75 euros. Era la mitad de nuestro tercer o cuarto partido y decidí irme, preparando la frase en alemán para cuando me preguntaran por qué me iba, así no improvisaba. Me salió más o menos bien, solo que faltó la oportunidad de decirla, porque nadie me preguntó nada. Era como si la puta no te dijera nada cuando de repente te sintieras mal, te pusieras el pantalón y dijeras chau y te fueras. A uno no debería importarle pero todos tenemos nuestro corazoncito, del que nos acordamos solo cuando está roto. El mio no estaba roto, en realidad, estaba triste porque todos eran unos muertos.  Salvo que pasara algo raro, no iba a volver el sábado siguiente.

Fui a donde estaba mi bicicleta, le saqué la cadena con la que la tenía atada, me subí y comprobé que por suerte no me dolía mucho cuando pedaleaba. Era casi de noche y me alegré de estar yéndome, porque no tenía luz en mi bicicleta, ni ningún tipo de protección, ni nada fluorescente, lo cual me parece que era ilegal.

Cuando comencé a pedalear, esos primeros impulsos que son los más difíciles, vi que venía corriendo hacia mí uno de los alemanes que habían estado en mi equipo. Es un país hospitalario después de todo, pensé, ahora se preocupa por mí. “Ey”, me gritó, y cuando vio que lo vi venir y paré, comenzó a trotar más despacio. Cuando ya estuvo cerca mio, me habló en inglés:

- How are you? Are you ok? Are you hurt? –me preguntó.
Yo me señalé y dije:
- No gay –y repetí, también haciendo el “no” con la cabeza-. No gay. Sorry. 



Mientras pasaba por el centro de Berlín, prestando toda la atención posible por el peligro de los autos en la noche, pensaba en las cervezas que me iba a comprar en el supermercado antes de llegar a mi apartamento, me mordía el labio y decía “mmm… qué barata la cerveza y que justo que así sea, dentro de una hora y media, si no como nada, capaz que ya estoy medio en pedo, y después voy a ir a ese bar que se llama Hotel”. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

En Octubre, vos y yo en bolas

Algunos escondites de intimidad nos quedan, todavía, en la vida, y es porque no los hemos regalado, pero al parecer ya hemos empezado a hacerlo también. Estar todo el día conectado de alguna manera u otra, sin que nadie nos obligue, hace que sea muy pero muy fácil que todos sepan de qué va nuestra vida, en especial los más entusiastas. Yo soy de los menos entusiastas, pero de todas maneras tengo algún que otro usuario en internet, en Facebook, en toda esa mierda. 

De todas formas, pensé que podía andar en pelotas en mi casa sin que nadie comentara o pusiera “me gusta”. Las ventanas dan todas hacia el oeste y el edificio más cercano que se puede ver desde ellas queda a por lo menos dos cuadras. Entonces me sentí tan libre como para pensar que podía hacer cualquier cosa en mi casa con las ventanas abiertas sin que nadie se enterara. Ni siquiera abiertas: sencillamente no tienen cortinas. Pensé que hasta podía matar a alguien si quería y nadie se iba a enterar. Miré a mi novia durmiendo. No hay conexión entre las dos ideas, simplemente pensé eso y la vi durmiendo.

Cuando viví en Berlín, en uno de los apartamentos en los que estuve, la situación fue incluso peor: las ventanas eran enormes y abarcaban todo el apartamento, que era casi un monoambiente (solo una pared dividía la cocina del cuarto). La ducha estaba en la cocina y el baño en el corredor (una idea macabra, de hacía 30 o 40 años). No había puntos fuera del alcance del ojo de las ventanas, que daban a un enorme patio interno, donde otras ventanas de otros vecinos, con cortinas, nos miraban cuando querían. No me importaba que me vieran en bolas cuando me bañaba, pero me molestaba tener que bajar al baño del corredor cuando quería llorar; por suerte no lloro ni experimento emociones.

Acá en Montevideo, en el apartamento en cuestión que estoy alquilando, sí podía esconderme si lo deseaba, pero la verdad es que no soy de los que se quieren esconder, tampoco. Antes, por ejemplo, cuando miraba dormir a mi novia, hacía de cuenta que estaba buscando algo en el cuarto. Ahora simplemente me paro cerca de la puerta y la miro.

Me empecé a sentir más incómodo, sin embargo, a partir de que el portero me entregó una carta un día. Era un sobre en blanco, y decía “para el apartamento 902”. El portero me explicó:
-           Esto lo dejó una señora ayer. Me preguntó qué apartamento es el noveno que estaba más contra el sur, o sea, más como para allá, y yo le dije, que el novecientos nueve. Digo, el novecientos dos. El de usted, señor.
-           Está bien, Henry. –le dije-. ¿Una señora de qué edad?
-           Andaría por los cuarenta y pico.

Subí con el sobre y lo abrí arriba. Adentro tenía una carta manuscrita, con letra como de maestra, prolija, sin faltas, que decía esto:

“Hola. Mi familia y yo vivimos en el edificio de Bulevar España y Franzini (13**, ap 703). Les escribo de esta manera porque es la única manera que tengo de comunicarme con ustedes, porque no los conozco. Quería pedirle al muchacho que por favor se vista cuando estén con la ventana abierta, porque está todo el día desnudo. Gracias.”

La leí un par de veces, me llamaba la atención haber recibido una carta, creo que nunca había recibido una carta a mi nombre, excepto por alguna factura, información del banco o algo por el estilo. Después, solo cartas de novias o similares, dadas en la mano, nada que ver con un sobre anónimo. De esas cartas que ni se leen.

Cuando bajé otra vez, le pregunté al portero:
-          ¿Quién fue bien que me dejó esta carta?
-           Una señora, Cristina se llamaba.
-           Cristina.
-           Sí.
-           ¿Cómo era?
-           Una señora, normal.
-           Una señora normal.
-           Si, tendría entre 40 y 45 años.
-           ¿Qué más?
-           … nada más, señor.
-           Gracias de nuevo Henry, impecable.

Pasaron como tres o cuatro horas antes de que me pusiera a pensar en la carta. A veces cuando tengo pereza no me dan ganas de pensar en el problema que se presenta. Me gusta dejar pasar unas horas, jugar con la expectativa, con la inacción, con la negligencia.

Me pareció raro que la mujer dijera que me ve desnudo estando tan lejos. A esa distancia no podría haber visto más que una especie de juguete, un lego. Apenas podría decir que yo estaba desnudo. ¿Cómo pudo entonces haberme visto? ¿Con un largavistas? No puedo hacerme responsable por eso, yo no la obligué a dirigir su vista, con un largavistas, hacia mi apartamento.

Lo más justo me pareció pensarlo desnudo. La acusación había sido recibida, y ahora había que pensar si era justa o no. Pero como en todo proceso, yo era inocente hasta que yo mismo determinara mi culpabilidad. Así que me senté desnudo en el sillón del living, algo que en realidad nunca había hecho hasta ese momento, porque no era una sensación muy agradable. Enseguida me levanté para agarrar una hoja de papel y una lapicera, y me puse a escribir la respuesta antes de que me aburriera, porque últimamente me pasa eso de pensar algo y que se pierda antes de llegar a escribirlo, como si llevara una sopa en un colador.

"Estimada señora: cuando el lagarto toma una siesta al sol en invierno, no deja de creer que es invierno".

Satisfecho con mi respuesta, metí la hoja de papel en el sobre en el que ella me había mandado su carta originalmente, tachando lo que había escrito ella, y después de calzarme la llevé hasta su edificio. No tenía portero, pero la dejé por abajo de la puerta y confié en que llegaría a verla.

A partir de ese momento comencé a sentir una presión un poco extraña, creo que sentía la necesidad de estar desnudo en mi apartamento, pero realmente, a decir verdad, no tenía muchas ganas, o prácticamente ninguna gana. Me obligaba, pasaba frío e incomodidad, pasaba horas enteras con todo colgando, incómodo, mi novia pensando que era un hippie de mierda y cuestionando buena parte de lo que creía saber sobre mí. Yo seguía mirandola mientras dormía, pero al estar desnudo también me resultaba incómodo por momentos. Pasaba frío.

Para entregarme la carta de respuesta, el portero no esperó a que yo bajara. Me la subió esa misma noche y me la dejó por debajo de la puerta.

“Estimado Señor: lamentablemente no comprendí su carta, pero de todas maneras le pido disculpas. Conté mal los pisos, me refería a otro vecino suyo, el del número ocho. Nuevamente mis disculpas y disculpe la molestia”.

Esa noche cuando miraba, parado, a mi novia durmiendo, se me cayó una lágrima, y sentí mucha rabia. Me dieron ganas de llamar la atención, pero no hice nada.

La siguiente vez que vi al portero fue a la tarde del otro día.
-           Treinta años debería tener la señora, no creo que mucho más.
-           ¿Qué señora Henry?
-           La de la carta, señor.
-           Ah… mucho menos de lo que me dijiste la primera vez.
-          Perdón señor. Sí, es más Jorge. Más joven, perdón.
-           Bueno, gracias Henry, bueno trabajo.


Cuando me iba, escuché bajito, “ta pa darle”, pero me di vuelta y el portero no me miraba ni parecía haber hablado. De última, pensé, le puedo responder a la carta. Pero no, para qué, me parece una idiotez esto de las cartas.