martes, 23 de mayo de 2017

Ellos o nosotros (parte 1)




En general no salgo los jueves, estoy demasiado cansado, el viernes trabajo, tengo cansacio acumulado, sueño acumulado, ganas de no salir acumuladas, ganas de que me despidan acumuladas. Pero además ese jueves trabajé como hasta las ocho de la noche, y después me quedé dormido con las manos arriba de la mesa, para no apoyar la cara ahí mismo. Me desperté con la espalda toda dolorida, las piernas semidormidas, los pies incomódísimos; sentía como si me dijeran "qué nos hiciste, hijo de puta, te olvidás de nosotros, no te costaba un carajo sacarnos los zapatos, y ahora tenemos que caminar, no nos mires, ¡atrás! no nos querés".

Aparte las luces estaban apagadas; o sea, se fueron, apagaron las luces y me dejaron ahí. Yo me desperté con la sensación de que habían pensado que estaba muerto, y que no valía la pena hacer nada al respecto: como que yo tenía que hacerme cargo de mi propio cadáver, encontrarle un lugar, sacarlo de ahí antes de que empezara la primer clase del viernes. Y eso hice, obligué a mi cadáver a levantarse y caminar, este cadáver que por algún motivo no huele tan mal. Y ese motivo es porque lavo bien la ropa y me baño, porque de eso sí no me pueden decir nada, aunque sea un muerto.

Caminé entonces por la calle y estaba desierta; o sea, no es que no había nadie, pero te cruzabas a una persona cada dos cuadras, y esa persona parecía estar loca, parecía mirarte cuando vos no la mirabas, pero a la vez sin maldad, solo con miedo, o ni siquiera miedo: paranoia. Una paranoia tranquila. El cielo estaba rosado, ese color que hace como que parezca que no es de noche del todo, es como una noche para estar despierto, pero no por decisión propia sino por imposición.

Me sentía como perseguido. ¿Alguna vez les pasó? No es como uno se lo podría imaginar. No era una sensación, era como una certeza. Y no sabía quién ni para qué me perseguían, y eso solo te hace sentir peor, peor que ante cualquier otro escenario. Podría ser incluso para darme algo que se me cayó, pero todo parecía aterrador.

Me di cuenta de que no había cenado, y no tenía hambre en realidad, pero a veces me pasa que pasaron muchas horas desde que comí, y después de comer me siento mejor, incluso es como si me sacara algo de arriba, algo que tenía que hacer. Así que entré en un bar-pizzería de esos del centro, pedí algo y fui al baño. Sentía como un escalofrío, estaba como transpirando y me quería lavar la cara. Cuando entré al baño me sorprendió el silencio, era como si hubiera entrado prácticamente en otra dimensión, no se escuchaba nada, solo ruido como de cañerías a lo lejos, que adquiría un efecto raro con los azulejos viejos. Mientras sacaba un par de hojas de papel para secarme las manos, se abrió la puerta, y lo vi frente a mí. Así que era cierto: me estaban persiguiendo desde que salí del trabajo. El alivio de la confirmación. Era real, medía cerca de un metro ochenta y tenía una respiración pesada, como si hubiera estado esperando por mucho tiempo este momento.

Se trataba de una pija gigante, o al menos gigante teniendo en cuenta el tamaño que tienen habitualmente. Esta tenía el tamaño de una persona, se desplazaba por su cuenta y, de hecho, parecía ser una entidad independiente y libre. Nos miramos en silencio, como estudiándonos de alguna manera. Yo terminé de secarme las manos y tiré el papel al piso, sin mirarlo. Después de algunos segundos o quizás varios, de alguna forma me di cuenta de que tenía intenciones hostiles, y por eso decidí darle yo el primer golpe. Me adelanté con el pie izquierdo y lo tiré con el puño derecho. Fallé. Nunca me había agarrado las piñas en mi vida, era lógico que no supiera muy bien cómo hacerlo. Me lo esquivó y mi mano siguió de largo, y me sentí empujado no sé cómo hacia la pileta. Desde ahí le di una patada tratando de que se corriera de la puerta, pero no lo logré y por algún motivo terminamos los dos en el piso, forcejeando. Se activó el secador de manos. El piso estaba helado y un poco mojado, me dolía muchísimo el hombro por la caída y tenía la cabeza de mi contrincante rozándome; intentaba alejarme pero no podía, del otro lado solo estaba el piso. Empecé a sentirme ahogado y pensé que me iba a desmayar, pero junté fuerzas pensando en que todavía no había comido, y creo que llegué a pensar en voz alta "¡esta pija no me va a ganar!" y pude hacerla a un lado y escapar por la puerta. Entrando había otra pija, pero se vio sorprendida por lo rápido que yo estaba saliendo y no pudo esquivar el codazo con el que la hice a un lado. La vi caer al piso y rodar mientras me iba corriendo del bar sin mirar atrás, pero llegué a escuchar la puerta del baño abrirse nuevamente mientras ya cruzaba la primera calle.

Corrí como hacía años que no corría. Corrí como diez o quince minutos, con miedo, espanto, una sensación fea en todo el cuerpo, las ganas de cambiarme de ropa y bañarme, o por lo menos lavarme rápido la cara; pero sobretodo recuerdo el miedo. Tanto era el miedo que ni siquiera sabía para dónde corría. Es difícil de entender si nunca te pasó. Por alguna razón corrí hacia el Parque Rodó, y no solo eso, me metí dentro del parque mismo, que debo decir, estaba bastante oscuro. Fui a una parte que se llama Pabellón de la música, casi en el centro del parque. Ahí no me quedó más remedio que sentarme a descansar, pero con resignación. Sabía que me habían seguido hasta ahí. Mientras me secaba el sudor vi llegar a unas seis o siete pijas en moto, que se habían metido por el pasto sin que les importara nada. Vi a un tipo que caminaba como a media cuadra, alguien que vivía en la calle, me pareció, y me miró como si yo hubiera hecho algo, con esa cara de "algo habrá hecho", al mismo tiempo que seguía su camino, sin querer hacer contacto visual con las pijas, como para que no se metieran con él. Bien de uruguayo.

La pija líder se bajó de la moto y fue la primera en acercarse a mí. Tenía una remera de Boca y un gorro de la NBA. La segunda venía con una campera adidas. Atrás se bajaron las otras y se fueron acercando en grupo. Pensé que me iba a morir, pero, es raro: al mismo tiempo, sabía que tenía que vender cara mi vida. Me vino como un coraje de algún lado. Me paré firme y hablé tratando de sonar convincente.

- Probablemente me ganen y me dejen hecho pelota o me maten, pero quiero avisarles que por lo menos a la primera, a la primera que me toque, le voy a meter una piña que no se la va a olvidar nunca.

Por un momento pensé que mi advertencia había surtido efecto, pero no fue así. Todas se hicieron a un lado y dejaron espacio para que pudiera pasar la que venía más atrás, que no era otra que la que me había atacado en primera instancia en el baño.

- Así que esto es personal -le dije.

En ese momento pensé en mi familia, pensé en mis amigos, tenía que pelear por ellos. Pensé también que si me mataban no iba a tener que ir a trabajar de nuevo, y una parte de mi quiso perder, aunque lo que primaba era sobretodo el orgullo. Pero me sorprendió una voz en mi espalda, y no me asusté porque hasta donde yo sabía las pijas no hablaban.

- Siempre es personal con estas pijas.

Era obvio que yo no lo iba a encontrar a él sino que él me tenía que encontrar a mí. Walternativo no es de esos a los que podés pedirle un favor cuando los necesitás, pero sí es de los que te hace un favor que no sabías que necesitabas y que era mucho más importante que todos los otros.

- Todavía no estás preparado para esto. Corré que yo me encargo.
- Pero te ayudo.
- Corré, carajo. Yo me encargo de estas chotas.

Capaz que les parece que soy un cagón o algo así, pero les juro que me pareció que para sobrevivir los dos lo más importante era actuar, como sea, haciendo lo que sea, y no pararse a discutir. Con ese espíritu decidí obedecer a Walternativo y salir corriendo, pero lo último que vi al girar la cabeza, antes de perderlos de vista, fue a mi maestro sacar un fierro, como un caño de metal del grosor de un palo de cortina, más o menos de medio metro de largo, y con la otra mano buscar otra cosa que tenía en el bolsillo. Ojalá pudiera saber qué era, pero también ojalá pudiera saber qué pasó, por qué me atacaron de esa manera, y dónde está otra vez Waltarnativo, si es que realmente pudo salir de la pelea. Esa noche me bañé y me dormí tarde pero tuve pesadillas, me desperté varias veces con una risa macabra, una risa torcida que venía de algún lado traída por el viento. Soñé con un incendio en un campo de trigo, y de entre las llamas salía la pija líder, salía y tenía en sus manos un libro prendido fuego, y lo terminaba alzando hacia el cielo como un triunfo. No había notado las manos antes, y realmente no sabría decir si las tenían o no.


No pude volver al parque a buscar rastros de Walternativo, pero sé que en algún momento vamos a encontrarnos de nuevo. Cada vez tengo más preguntas para hacerle, pero en el fondo sé que las importantes son las que va a hacerme él a mí.  

miércoles, 12 de abril de 2017

Campeón mundial de la siesta



Del 2004 al 2006 ostenté el título de campeón mundial invicto de la siesta, y me había olvidado hasta que el otro día traté de recuperarlo. En ese entonces dormía siestas a cualquier hora, que oscilaban entre las dos y las cinco horas. A veces me acostaba a dormir una siesta a las siete de la tarde, y me despertaba quince minutos antes de las doce, me iba a alquilar un video y volvía a hacerme la cena. Vivía con mi hermana y mis sobrinos, y mi gato Gunter que era un capo.

Cuando me despertaba de esas siestas me encontraba en un estado que podríamos calificar de retardo mental avanzado. Babeaba, y a veces ni me limpiaba la baba para salir. Cuando llegaba al videoclub me ponía a mirar las cajas de películas y siempre le estorbaba el paso a alguien, no entendía dónde me tenía que parar, desde dónde mirar las tapas. Siempre me pedían permiso, a veces hasta me tocaban el hombro. No sabía dónde estar parado, y los demás también parecían tener dificultades para comunicármelo.

En el 2006 ya tenía mi primer celular. Me acuerdo de a veces despertarme y tener un mensaje en el celular, jamás dos o tres, creo que nunca. Y a veces los leía dormido y los respondía mal, porque era el campeón mundial de la siesta y eso era lo que hacía, priorizar la siesta. Contestaba cualquier cosa, absolutamente impresentable. Le mandé cosas raras a mi jefe, a mi primer jefe, pensando que era mi amigo que se llamaba de la misma manera. No se es campeón mundial de la siesta ¨quedando bien¨.

El otro día, como decía, traté de recuperar mi título, pero no pude. Las cosas cambian. Ahora soy el campeón mundial de querer irme a la mierda, irme de todos lados. Y de tener cosas pendientes que no me dejan dormir bien.

Otra cosa que me pasó esta semana fue que mandé emails sin querer. Siempre tuve una lista de "cosas para hacer sin falta esta semana" -así se llama- como borrador en mi casilla de correo. Ahí agrego cualquier pavada de la que no me quiero olvidar en la semana, a pesar de que termino haciendo más o menos el quince por ciento de lo que dice. Hay cosas que las tengo escritas ahí hace años, ya ni las puedo ver aunque las mire. Están ahí, son parte del decorado. "Abrir mails atrasados". "Reconocer a mi hijo".

Por algún motivo se la mandé a una profesora de sociolingüistica que tuve. El texto era básicamente esto:


- Averiguar por un psicólogo.
- Terminar de una puta vez de colgar la puta cortina del cuarto que se me cayó en la puta cara.
- Respaldar cosas importantes.
- Escribirle al tarado de *******.
- Buscar a Walternativo.
- Terminar del escribir el puto post.

Todavía no me contestó, pero mientras saboreo el momento de la respuesta trato de terminar el último punto de la lista. Es el que no me está permitiendo reconquistar mi título nuevamente. 

***

Este envío sin querer me hizo acordar a otra cosa: hace varios años mi madre me regaló un celular con el que podía mandar imágenes. Fue mi segundo celular. Ya era algo que casi todo el mundo podía hacer, pero yo casi siempre entro tarde en la tecnología; suelo pensar que si me hago el boludo las novedades tecnológicas se van a ir de la misma manera en que llegaron, o mejor aún, sin que nadie lo note, con la cola entre las patas, como si fueran los nuevos caprichitos que a nadie le pueden interesar. O sea, probablemente mi respuesta a la invención de internet haya sido "no va a durar, nadie va a querer mantener ocupada la línea telefónica por tanto tiempo". Google me parecía una mala imitación de Informes 20. 

En fin, mi madre me regaló el celular porque yo le había dicho que no la atendía cuando me llamaba porque el teléfono estaba roto. "A ver si ahora me atendés", me dijo, y yo le dije "no estaba roto". Le vendí el otro a un pibe de 10 años del barrio, hasta le dejé el número. Y me olvidé de borrar unas fotos que una ex me había mandando en pelotas.

Las fotos en esa época se mandaban por mensaje de texto. Me acuerdo de cargar el celular todo el día en mi cuarto, el primer día, hasta que finalmente pasaron las horas que tenían que pasar, o la mitad, y lo desenchufé y lo prendí para probar la cámara. Estaba en mi cuarto y era de noche y no tenía nada a lo que sacarle fotos, mi gato no estaba, así que le saqué fotos al cuarto, que lo había ordenado ese día. Fotos al cuarto vacío, fotos en las que no pasaba nada. Había dos ángulos: uno de la cama con la mesita de luz, y el otro del escritorio con la computadora, y la pared con sus manchitas de humedad. No había nada más en mi cuarto, un ropero, que salió en la primera. Igual me gustan así las fotos, no entiendo las de personas unas paradas al lado de las otras, a veces abrazadas, como posando. O sea, en la vida nunca estás en esa posición, solo cuando se presenta una cámara de fotos. Imaginen a la gente abrazada regularmente así sin cámara, es medio aterrador. Abrazada en público, en reuniones. Abrazada sin sonreír. Abrazada en la oscuridad, mirando hacia el mismo punto en silencio.

Terminé de sacarlas, se me cayó al piso y se quebró la pantalla. He hecho cosas peores, pensé; siempre lo pienso cuando hago cosas así y solo me hace calentar más.

***

Me impresionó tanto como cuando me enteré que en la India hay travestis que le echan maldiciones a la gente en los ómnibus, se suben a gritar y terminan haciendo como un conjuro si no les das plata. No sé qué resultado tienen exactamente estas maldiciones, pero el que me lo contó me dijo que nunca pudo realmente reírse después de eso, su risa nunca le resultó auténtica, y mientras me lo decía trataba de esconder una mueca como de dolor. También escuché que algunos de los que reciben la maldición ven travestis en el espejo del baño cuando prenden la luz, pero no están cuando se dan vuelta. Excepto en el caso de un amigo mio. En su caso sí están cuando se da vuelta, pero no por ninguna maldición, nunca estuvo en India.

Todo esto me lo contó un taxista con el que terminé yendo al Clash. Me tomé un taxi, le dije a dónde iba y me pidió si podía entrar conmigo porque a veces no lo dejaban entrar. Le dije que sí.

***

A la mañana siguiente me desperté y tenía dos llamadas perdidas de la abuela de mi ex. En un mensaje de voz me decía que por qué la había llamado dos veces de madrugada. Revisé mi celular y era cierto. El celular agarró al primer contacto de mi lista ("abuela v") y la llamó dos veces. Dijo que me escuchó roncando. Le dije que imposible porque había estado toda la noche en el Clash con el taxista, y creo que la convencí, pero después descubrí que era cierto. Me quedé dormido en el Clash, sudando y roncando con el celular al lado. Nunca se lo aclaré a ella ni a nadie, a quién le importa.

Lo que sí hice fue borrar el contacto de la abuela para que no pasara de nuevo, además de decirle a mi madre que el celular estaba roto y hacía llamadas solo (para que supiera que su regalo vino fallado), y que tampoco sonaba cuando me llegaban las llamadas de algunos números, entre ellos el de ella.


***

Después me llegó un mensaje del Alex, diciendo que no entendía. Yo no entendí qué era lo que no entendía, así que me fijé en el historial de mensajes enviados y vi que le había mandado dos mensajes a las tres de la mañana. Él me contestó también a esa hora.

El Alex es buena gente, estudiaba filosofía conmigo, era de las personas con las que se podía hablar, que tenía una vida afuera de la facultad, que le gustaba el fútbol, que parecía una persona. Y su nombre empezaba con A, tuvo esa mala suerte. Le mandé dos fotos de mi cuarto vacío. Sin texto. Solo las fotos y el silencio. De madrugada.

Todo bien, pero no le respondí. Ya había gastado dos mensajes involuntariamente porque el celular andaba mal, no iba a gastar otro para explicarle. Me puse a pensar en la maldición travesti y me pregunté si alguna vez algún imbécil me había maldecido, porque a mí se me aparecen imbéciles.

***

Un día en el trabajo me estaba quedando dormido, así que fui al baño a llorar y mojarme la cara y la nuca con agua fría para despertarme, y aproveché para mirar unas fotos de los gatos que viven conmigo, que había sacado en esos días. En ese momento me llegó un mensaje de mi ex, diciendo que quería tener mellizos conmigo, y un enano. En total tres. Hacía tiempo que no me escribía, en general lo hago yo. Le dije que sí.

***

Los mensajes al Alex se siguieron mandando varias noches consecutivas. En un momento saqué más fotos al cuarto vacío, para que por lo menos le mandara fotos nuevas. El celular encaró y así lo hizo. Fotos con pequeños detalles diferentes. En una había puesto un bizcocho arriba de la cama. No me lo quería comer.

Otro día me quedé toda la noche despierto mirando el celular, a ver cómo era el momento exacto en el que se mandaba solo el mensaje. Me quedé a solas con el gato, mirando el celular. El gato me miraba a mí, el gran Gunter. No me dejaba moverme, me controlaba con la mirada. En un momento pude levantarme para salir al baño, pero el gato miró de reojo la puerta y la cerró telepáticamente, o eso me pareció. Seguí ahí clavado mirando el celular por un buen rato. Nunca llegué a ver nada, pero descubrí que los mensajes igual se mandaron. La puta madre.

Por momentos fantaseo con dejar de tener celular, pero no puedo, es demasiado importante. Una vez pensé que me estaba muriendo (me acababa de despertar de una siesta) y escribí a un grupo whatsapp que tengo con unos amigos explicándoles qué quería hacer con mis cosas. Tipo testamento, pero les hablé solo de la panceta que tenía en la heladera. A quién se la dejaba y eso.

***

Le expliqué a mi madre que los números cuyas llamadas no entraban eran los de contactos que empezaban con la letra "m", y me preguntó por qué no cambiaba su nombre de contacto. Le dije que no se podía.

***

En los últimos meses agregué mucha gente a facebook, o capaz que en el último año. Antes no agregaba a nadie pero ahora lo hago, tenía ganas de difundir un poco lo que hacemos con mi banda por una vez en la vida, hacer algo con ganas y no con la cara de orto que tuve y tendré toda la vida de todos modos. De viejo no voy a hablar con nadie, me voy a manosear la barba canosa en mi habitación llena de libros o de lo que mierda sea que se lea o escuche o haga en ese momento, y me voy a peinar el pelo largo hasta la cintura tipo Gandalf. Tengo que aprovechar ahora. Y agrego a la gente con mi cara seria y nunca sonrío.

La gente que me agrega a mí me confunde. Se supone que lo tendría que estar haciendo yo. Entonces no los acepto.

Este nuevo hábito incluyó la implementación de una nueva técnica que todavía no sé si se puede calificar de exitosa, que es mandarle una foto mía (tipo foto carné) a todos mis nuevos contactos, como carta de presentación. Un simple mensajito con mi foto, para que vean quién soy. Hasta ahora no me han respondido pero ojalá entiendan el mensaje. Yo no lo entiendo pero bueno, ahí va la foto.

***

El otro día me desperté con más mensajes del Alex preguntando qué había pasado. Le contesté esto.

Loco, me acabo de despertar y no entiendo una mierda de qué mierda me hablás. Aparte soñé que miraba porno. ¿Entendés? Ni siquiera tengo sueños eróticos, sueño que miro porno, y vos todavía me rompés las bolas.

Lo del sueño era cierto.

***

Al final nunca conté por qué recordaba ser el campeón mundial de la siesta. Me gusta soñar por la tarde, tener sueños reveladores. La última vez soñé con Walternativo, creo que ya sé dónde puede estar.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Esta carita



Siete y media de la mañana. Me estaba haciendo un jugo de naranja y pensando al mismo tiempo, ¨qué embole que tengo que lavar esta juguera, es un embole, un reverendo puto embole, me gustaría tomarme el jugo e irme pero no, la quiero lavar enseguida, así no queda toda la naranja seca que después es más difícil, aparte es un asco dejar cosas sucias, la quiero lavar ya, ojalá pudiera lavarla antes de terminar de hacer el jugo¨, y lo que ocurrió fue que, finalmente, sí terminé de hacer el jugo, pero me olvidé de servirlo en un vaso y puse la juguera bajo del chorro de agua, y miré mientras el jugo se mezclaba con el agua de la canilla, sin poder reaccionar y sin siquiera darme cuenta de que algo estaba mal. Recién me di cuenta cuando me fui a servir y no tenía el jugo, ya se había ido por la pileta. Compartí la experiencia con un compañero de casa.

- Y bueno, te hacés otro.
- No hay más naranjas.
- Fa, Pepe.
- Perdón, es que tengo como una traba mental.
- Sí, yo tampoco funciono de mañana. 
- No, me refiero a que soñé con travestis de nuevo, y en general las cosas que sueño me duran toda la mañana, me queda la sensación o la reflexión si es que la hay.

Era un salón redondo y elegante, con un mosaico como indio en el piso, o algo así, y nueve travestis en círculo lo ocupaban. Yo me paraba sobre un triángulo que había en la mitad de la habitación, y los miraba pero no me animaba a mirarlos a los ojos. Y comenzaron con la primer pregunta. Claro, no podían empezar con la segunda.

- ¿Qué te trae otra vez por acá?
- Vengo en busca de consejo, honorable comité.
- ¿Acaso no fue suficiente la última vez que viniste?
- Pasa que me olvidé de lo que me dijeron.
- Podés hacer tu pregunta. Solo será una esta vez.
- Está bien... bueno, cómo empiezo... quería saber cómo proceder para hacer milanesas... ¿pan rallado, huevo, pan rallado? ¿O huevo, pan rallado, huevo?
- La respuesta la vas a encontrar en el momento en que sacrifiques tu tiempo para el mínimo beneficio de tu prójimo.
- ¿Por qué mínimo?
- El sacrificio debe ser grande, o el beneficio mínimo. Lo importante es la proporcionalidad.
- Ok. Otra cosa. Una vez fui a una fiesta de disfraces con una chica, y en algún momento la cambié por un travesti. Ella se quedó ahí y bueno, yo volví con otra persona.
- ¿De qué estaba disfrazada tu amiga?
- De amazona.
- Eso lo explica. Cambiaste una amazona por una-mas-hombre.
- Más que explicarlo, digamos que lo describe. ¿Me explican de nuevo lo de las milanesas?
- Vas a entenderlo llegado el momento. Dejate de garronear preguntas.


No sé por qué en el sueño inventaba esa historia de la amazona, que evidentemente no es cierta.


---

La mayoría de las personas que me conocen ya lo saben, pero en los últimos dos meses me hice adicto a unas galletitas que venden en una panadería cerca de casa, y que tienen dibujadas una caritas con chocolate. Ellos le llaman "caritas", pero a mí me da un poco de vergüenza decirles así y generalmente las pido como ¨dame cinco de estas¨, señalándolas con el dedo, y la que atiende me dice ¨¿caritas?¨, y yo contesto que sí, haciendo de cuenta que me había olvidado cómo se llamaban. Siempre compro cinco pero a veces compro seis, cuando me siento medio triste. El café sube directo a la cabeza y el azúcar va a la sangre, pero estas galletitas van directo al corazón y no hay ningún cínico que pueda con ellas.

El problema que tengo para ir a la panadería es que suele llevarme mucho tiempo, como veinticinco o treinta minutos, y eso que está a dos cuadras de mi casa. Ocurre que, cuando voy, siempre abro la puerta y dejo pasar a alguien, y después a otra persona, y después a otra persona que sale, y ninguno de ellos se ofrece nunca a agarrar la puerta por mí, porque es una de esas puertas que se cierran solas. Si yo la soltara podría lastimar a alguien, que viendo la puerta abierta se abalanza hacia la salida-entrada. Pero a veces me parece que espero mucho tiempo, no sé por qué nadie me ayuda y toma mi lugar. De hecho, algunos de los que entran antes que yo son atendidos primero, por el cruel reglamento del orden de llegada. Igual admito que cada 10 minutos de espera a la entrada a la panadería, agrego una galletita más a la compra.

Mientras esperaba a que la gente terminara de entrar y de salir, agarré mi celular y empecé a contestar mensajes que tenía pendientes. Uno de ellos era de mi jefe, que me había pedido que alquilara unas luces en un local que estaba cerca de mi casa, luces para unas fotos. Juro que intenté alquilarlas, pero algo en mi cabeza no funcionó bien y terminé alquilando una cancha de fútbol cinco el martes de 20 a 21. Pagué por adelantado. Pasa que el lugar está al lado de la cancha, llegué ahí e hice eso por reflejo, casi. Le conté lo que había pasado.

- No entiendo cómo te pasó eso, Santiago.
- Yo tampoco, me confundí. No pasa nada, cancelo y te alquilo las luces mañana. Era urgente?
- No, pero las necesitaba para hoy.
- Perdoná.
- No pasa nada. Vas a cancelar la cancha me imagino.
- Sí.
- ¿Te devolverán la plata?
- Y... capaz que no toda, pero supongo que la mayor parte sí.
- Dale, avisame cuando tengas las luces.
- Ok, te escribo después porque estoy entrando a la panadería y te aviso cuánta plata más me tenés que dar.

Yo seguía esperando que alguien me sostuviera la puerta y mandé unos mensajes que tenía que mandar. Estaba escribiendo otro y me llegó una llamada de mi jefe.

- Santiago, me dijiste que ibas a cancelar la cancha, ¿me podés explicar?
- Ya la cancelé.
- ¿Me estás jodiendo?
- Epa, ¿qué pasa? No.
- Me mandaste un whatsapp invitándome a jugar un partido de fútbol cinco. .
- ¿Estás seguro?
- Sí.
- Fue sin querer, entonces. Iba a cancelar pero ta, es muy sobre la hora.
- Bueno no sé, jugás y me das la plata mañana.
- No pará, pero le dije a todos los demás que era gratis, que pagaban de mi laburo...
- No me tomes el pelo.
- Pero si me dijiste que alquilara una cancha.
- No, unas luces.
- Es cierto. ¿No podés, entonces?
- ...
- ¿Sabés de alguien que pueda?

A veces hay que agachar la cabeza y dejar que siga pasando la gente. Justo vi a una señora que llevaba una bolsa de pan rallado y ahí me di cuenta, es pan rallado, huevo y pan rallado. Pero lo empecé a repetir y se convirtió en una especie de círculo, ¨huevo, pan rallado, huevo y pan rallado, huevo, pan rallado, huevo y pan rallado¨ y perdí la idea de nuevo, no tiene ninguna lógica para mí, tampoco entiendo si el orden es importante o es caprichoso, pero por un momento juro que lo supe.


***


Siempre me parece patético cuando la gente se queja de la falta de solidaridad, la pérdida de valores, el desinterés colectivo. El único valor que perdí fue un teclado que me olvidé en un ómnibus, de solidaridad no puedo pensar mucho cuando estoy yendo a un banco a pagar cuentas. El otro día fui al Shopping Punta Carretas porque tenía que pagar una, y me encontré con que la entrada es medio rara, no tiene puertas giratorias ni nada sino de las normales, de las que se cierran cuando las dejás sueltas. Entonces la abrí como para pasar y en ese momento fue a pasar una señora, y mantuve la puerta abierta para que pasara. Pero cuando fue mi turno justo iba a pasar otro tipo, y lo dejé pasar también. Me hubiera gustado que dijera ¨no, pasá vos¨ y sostuviera la puerta, pero en lugar de eso pasó como si yo no estuviera. Y pensé, bueno, cosas que pasan (o personas), no voy a escribir un estado en Facebook por esto. El problema es que todos los que venían después hicieron lo mismo, todos pasaban y nadie agarraba la puerta, y yo la estaba sosteniendo para que no golpeara a nadie cuando la soltara. En determinado momento, después de unos minutos, empecé a pedirle a la gente que sostuviera la puerta así yo también podía entrar.

- Perdoná, te animás a...
- ...
- Disculpá, si podés...
- ...
- Che, podés...
- ...
- Hola, mirá, lo que me...
- ...
- Estoy tratando de...
- ...
- Me parece que...
- ...
- Estoy tratando de...
- ¿Qué?
- Nada. 

Así pasaron cerca de tres o cuatro horas, en un momento incluso fue la hora del atardecer y el sol me daba de lleno en la cara y no podía ver un carajo, ya ni siquiera sabía a quién le estaba abriendo la puerta para entrar o salir, y me empezaba a doler el brazo y me estaba meando. Se hizo tarde de verdad, noche. Ese día incluso falté a una clase que tenía que dar y por supuesto nunca pude pagar la cuenta, pero mejor porque la verdad es que me había olvidado de llevar la plata.

Por suerte volviendo entendí nuevamente y esa vez lo anoté, pan rallado, huevo, pan rallado. Huevo. Pan rallado.


---

Así llegó el día en el que lo que nunca podía fallar, falló. Fui a la panadería con todas las ilusiones de comprar galletitas de caras para acompañar la tarde soleada, revivir a esta criatura llena de azúcar líquido que algún día morirá.

A la entrada ya pasó algo raro. Estaba saliendo una chica muy muy linda, diría que la más linda que vi en meses, increíble. Pelo suelto, morocha, no sé, tenía esa cosa rara, que no sé describir o que podría pero me da un montón de pereza. Me abrió la puerta y yo me la quedé mirando.

- Pasá.
- No, pasá vos- le dije.
- Dale.
- En serio, dale.
- No- me dijo-, dale que siempre me pasa esto, me quedo aguantando la puerta y pasa todo el mundo, estoy acostumbrada.
- Aha, ok.- le dije como si estuviera loca. Me embolaba decir que a mí también, la verdad quería comprar las putas caras y hacerme un café y mirar un partido o algo.

Pero cuando entré no las vi, me refiero a las galletitas, y además no me atendió ninguna de las muchachas, sino que me atendió el propio panadero. Un hombre bajito, rústico y con poca paciencia. Se podía leer en sus movimientos que consideraba el oficio de despachar los bizcochos como una sutileza, un trabajo fino y quizás menor, para el que él no tenía el talento necesario pero tampoco la calma. Para él, atender clientes era casi como una disciplina olímipca inaccesible, como un arte que no estaba interesado en dominar ni en apreciar.

- ¿Qué vas a llevar?
- De esas galletitas de las caras que tienen, ¿no tienen hoy?
- ¿La´ de las cara´?
- Sí. 

Buscó un poco. Y después me dijo estas palabras, que fueron durísimas.

- Acá la única carita que hay es la mia, y está medio complicado para comérsela.

Me quedé helado, tragué un poco de saliva o de aire.

- Está complicado eh- repitió.

No sabía qué decir, y no sé por qué solo me salió ensayar un consuelo, casi murmurando, inseguro. 

- Bueno, tampoco tanto.
- ¿Lo quéee?
- Entonces, ¿sabés a qué hora tendrán?
- Y... por hoy, creo que nada. Se acaban de ir las últimas.

Me fui lo más triste que se puede ir alguien de una panadería, que supongo que no es muy triste de cualquier manera. Ahí me di cuenta de lo idiota que fui con la chiquilina que me abrió la puerta, cómo desperdicié esa oportunidad, lo lento que fui, lo lento que soy siempre, cómo la duermo. Le podría haber dicho algo ahí mismo. Pero estaba cerca de la puerta, mandando un mensaje. Un golpe de suerte, al menos. Ya está, voy a hacer que este día valga la pena, no puedo ser tan mutante. La alcancé y se dio vuelta.

- Disculpá, te quería decir algo.
- ¿Qué?
- Nada, te quería preguntar si vos te compraste las galletitas de las caritas.
- ¿En la panadería?
- Sí.
- No, no. Solo pan.
- Fa, loco.

Me fui a pegarme una ducha, que disfruté sentado, abrazado a mis rodillas. Solo pan. Increíble. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

Diccionario de mentiras



Es lunes de mañana. Llego al trabajo, dejo la bicicleta en mi salón, me saco la campera; estoy todo sudado y recién ahora me doy cuenta que tengo puesta una remera que dice "en cualquier lugar menos acá" y más chiquito "mátenme" y más chiquito todavía "por favor", toda mojada, por supuesto. Me pongo el buzo de vuelta, me sirvo un vaso de agua. Saludo a la gente con voz grave de seis de la mañana, aunque son las nueve. Me preguntan cómo me fue en el fin de semana y decido tomar el diccionario de mentiras y abrirlo al mismo tiempo en que empiezo a hablar. Digamos que busco diferentes vocablos mientras intento esquivar una narración de lo acontecido.


- Nada, fui a comer a lo de mi madre.
- ¿Pero qué hiciste? Dijiste que era tu cumpleaños, no querés contar lo que hiciste.
- Quiero sí, pero no hice nada.
- Stirkov no quiere contar. Vino de mal humor, para variar.
- Jaja, en serio, tranqui toda la tarde, saqué a pasear a mis sobrinos.
- Qué manera de empezar la semana, qué cerrado que sos.

Yo, tranquilo, busco un poco mejor en el diccionario, una mentira me lleva a la otra, una definición despierta la curiosidad por la otra, paso las páginas, me dejo cautivar por la curiosidad, hasta que ya no puedo más, lector, juro que lo intenté, pero en un momento me doy cuenta de que estoy pasando el dedo por las páginas y en realidad no estoy leyendo un carajo, solamente estoy fingiendo y tratando de callarme la boca, algo que últimamente no logro hacer. Me esfuerzo un poco más, porque las imágenes del fin de semana empiezan a correr por mi cabeza como en una película que no estás siguiendo porque al mismo tiempo estás mirando en el celular videos de perros que juegan al fútbol. Esto es lo que hice ese fin de semana.

***

Llegué a la esquina de Rivera y Puntas de Santiago, en uno de esos barrios donde casi todas las calles tienen nombres de generales, es decir Carrasco, el domingo a las 7.30 de la mañana. Una mañana divina de agosto, helada, soleada, aunque ni siquiera había salido el sol. Fui en bicicleta, estuve cerca de una hora, pero me gustaba la idea de hacer ejercicio desde temprano, aprovechar el domingo. Paré a vomitar solo un par de veces y en un momento me desvié porque empecé a seguir a unas personas que estaban caminando y me gustaba cómo se habían vestido. Había llevado una cámara de fotos, los seguí hasta que me descubrieron y entraron a la escuela, ahí me reí, los saludé de lejos y me fui lo más rápido que pude.

Pero ir en bicicleta hasta Carrasco no hubiera sido ninguna hazaña si no fuera por lo que llevaba en la espalda, atado, además de la mochila: un cerdo de trece kilos en una bolsa de nylon de Macromercado. Eso fue lo que más me hizo transpirar, por un momento no sabía donde empezaba la transpiración del chancho y dónde la mía. El chancho hacía ruidos y me pareció entender que en algún momento me preguntó "cuánto falta". Hasta la bicicleta parecía transpirar. Me tuve que sacar los lentes porque estaban todos mojados. La cabeza del cerdo transpiraba también, y emergía de la bolsa. El hocico lo tenía al lado de mi oreja. Me hubiera gustado llevarlo como a ET, en un canastito adelante y tapado con una manta, pero la rusticidad me acompaña siempre y lo tenía agarrado a mi espalda, sudando a través de una bolsa. Otro detalle que todavía no mencioné es que estaba muerto, lo compré en una carnicería el día anterior. Cuando me lo dieron le dije al carnicero "te encargué un lechón, nunca dije que lo quería muerto", pero no les hizo gracia el chiste. Porque no lo dije, solo lo pensé.

Finalmente llegué a la casa, entonces. Le dije al chancho "ya llegamos, manteca", y toqué timbre. Tardaron como cuatro minutos en responderme. Una empleada, por supuesto.

- ¿Síiii...?
- Soy Santiago.
- ¿Qué Santiago?

Qué nombre de mierda que tengo, no rima con nada.

- Soy el novio de Cecilia.

No soy el novio de Cecilia, estuve saliendo con ella como un mes pero bueno, no voy a explicar esto por un intercomunicador.

- Ah, perdón, adelanteee...

Entré y me recibió una de las cinco empleadas que tenían adentro. Era como un puto palacio esa casa. Fui directo al jardín con el chancho. Era como un parque, pensé en pedirme un Uber para llegar hasta el parrillero. La piscina era de club, gigante. Estaba en el fondo, a media cuadra de una casita donde vivía el más chico de la familia (que conoceremos como "el curioso"). Era como una casa, pero en el jardín. No entendía cómo podía entrar eso en una misma manzana. Esa casita del fondo tenía cocina, dos cuartos, living. Hasta tenía su propio jardín, y una casita más chica para el perro. La casa del perro también tenía habitaciones. Tenía ventanas. Me pareció que también tenía medidor de UTE.

Esta era la casa de los padres de Cecilia, que estaban de viaje. Una semana antes había salido con ella y con sus hermanos: dos hermanos y dos hermanas. Gente rica, hijos de millonarios. Me parecieron simpáticos, centrados, buena gente. Estábamos medio borrachos y hablamos de hacer un asado un día. Alguien propuso hacer un lechón la semana siguiente y yo dije que me ofrecía a comprarlo y hacerlo si alguien me acompañaba. La preparación en la parrilla lleva horas, más de cinco. Me dijeron "no, es muy dificil". "Ustedes porque no saben nada, dejen al tío que sabe". "Dale, nos juntamos todos de mañana y lo hacemos, tomamos unos mates, o unos whiskys, nos damos un baño en la piscina". Me pareció excelente. Vine temprano porque no me gusta que la gente opine cuando armo el fuego, pero me imaginé que todos llegarían tipo a las nueve. Supuse que ya se me habrían ido las ganas de vomitar a esa hora. 

***

La casa estaba impresionante. Me hubiera encantado festejar mi cumpleaños ahí. Mi último cumpleaños fue un fiasco. Salí con una alumna inglesa y tuve un problema de comunicación que terminó siendo importante. Nos íbamos a encontrar en el bar Las Flores. Yo llegué veinte minutos tarde y todo transpirado, como siempre, porque fui caminando rápido y en subida. Ni siquiera tenía ganas de salir, no sé ni por qué mierda fui. Ella estaba sola y no había casi nadie. 



- Today is my birthday.

- Really? Your birthday?
- No, I mean. It could be. It´s tomorrow. Or next week.
- Oh, ok.
- What?

En fin, ella se pidió una bebida, no me acuerdo qué era, pero era tipo un ron con coca, solo que no era ron. A mí me dio curiosidad y la probé, me pareció que estaba bien pero que era una tontería que estuviera con coca, porque quedó como todos esos tragos, coca con alcohol. Entonces quise decirle que a mí me gustaría probar esa bebida pero sola, sin la coca. Y ahí se interpuso nuevamente la barrera idiomática. Tomar una bebida sola es straight, no alone, que es la traducción literal. 

- Do you drink it alone as well?

- Usually with my friends.
- Yes, but, alone?
- Perhaps.
- I would like to drink it alone too.
- Ok, you can buy some later, I don´t know...
- No, I mean, I want to drink it alone now, right now. I´m gonna order one and I'm gonna drink it alone. - Y me reí como diciendo “qué te pasa”.

Ella se levantó y agarró sus cosas y se fue, pensé que estaba yendo al baño pero nunca volvió así que supongo que no fue al baño, o si fue se desmayó ahí o algo. Eso se me ocurrió mucho rato después de que yo también me fui. Llegué a mi casa y me puse a mirar precios de medio tanques en mercado libre. 



***

Eran las nueve y media, ya había salido el sol y yo todavía estaba solo. El fuego ya estaba bien prendido, el cerdo estaba en la parrilla adobado y condimentado. Vino el jardinero. Me dijo su nombre pero no me lo acuerdo. Buen tipo, acento canario, se me puso a hablar.

- ¿Y? ¿Lo dejaron solo con el chancho?
- La historia de mi vida. No sé qué quiere decir eso pero bueno. Igual ahora vienen, me dijeron que venían temprano todos, a ayudar.
- Jaja.

Pasó una moto que iba tan rápido y hacía tanto ruido que nos distrajo y nos interrumpió, pero seguimos.

- ¿Qué?
- ¿Y vos sos amigo de ellos?
- De cecilia.
- Ah... los patrones no están, están de viaje ahora. Si no el señor ya estaba por acá.
- Bueno.

Me ofreció mate y le dije que no, pero le acepté el whisky. Por hacer algo, si no me embolaba. Me dejó la botella, casi llena. La del patrón. Le pregunté por su familia. Me dijo que tenía un hijo pero solo lo había visto una vez. Braian. No me dijo qué pasó ni le pregunté. Me habló también de su infancia, y cuando era jóven. Dijo que antes había tenido mucha plata. Mientras me hablaba yo dominaba una pelota que había encontrado al lado de la leña. Me moría de ganas de jugar al fútbol. Estaba podrido de mirar al chancho, estaba como riéndose.


***

Había un tipo limpiando la piscina también. El Victor. Tendría entre veinte y veinticinco, medio planchita. Lo convencí de jugar un cabeza en el jardín, le dije que los dueños no estaban. Mientras jugábamos me contaba de sus hazañas deportivas, que al parecer eran muchas. Goles desde la mitad de la cancha. Remontadas imposibles. Me molestó un poquito que fuera tan exagerado, que todo fuera tan heroico cuando él participaba.

- Una vez, en la escuela, en el campeonate interescolar, metí un golazo tan zarpado que nos dieron a todos el lunes y el martes libre, de asueto, para que pudiéramos procesarlo.

Eso se lo escuché decir antes a otra persona pero en otro deporte, me pareció medio raro. De todas maneras, me ganó veinte a diecisiete. Ya eran como las once la mañana, el chancho comenzaba a tomar color. Me senté con el Victor a tomar un whisky y me contó de su noche de sábado. Hay gente que entra en confianza rápido.

- Ayer salí y a la una ya estaba en pedo, y estaba en la parada de ómnibus esperando el trescientos y viene una gurisa que me convidó un vino, al final nos tomamos todo el vino y nos fuimos para la casa de ella, nos quedamos escabiando ahí tranqui, no pintó nada pero nos quedamos de charla, más problemas tenía esa gurisa... después me fui como a las cuatro y le escribí a mí ex, ya estaba re en pedo, nunca me contestó. ¡Encajando cualquiera eh!
- Sí sí...

Cualquiera, claro. Me vinieron como flashbacks de la noche anterior.

Cayéndome en un baño de bar. Tomando un taxi, pidiéndole que siguiera a otro taxi, que al final era el equivocado. Luna a través de los árboles, me da miedo que distraiga al taxista. Travesti con lentes de contacto que abre la puerta del taxi, desde adentro, y salta con el taxi un poco en movimiento. No recuerdo cuándo ni por qué se subió, y menos por qué se tiró. Sentirme mal por algo que dije... gritar de dolor en el taxi, un grito constante, inexpresivo... bajar a comprar vino, volver porque no me quieren vender... intercambio de palabras con el taxista... bajar al cajero a buscar plata... correr y sorprenderme de lo rápido que corro... noche rosada, una almohada que no era almohada...

- Sí, sí -repetí-. Yo tranqui, no salí. Por culpa de este hijo de puta -y señalé al lechón.

***

El Victor se fue, yo me tiré en el pasto al sol y me quedé dormido. Tuve un sueño. Soñé que llegaba a un lugar, una ciudad, pero en realidad era por Jacinto Vera, cerca del predio militar ese que hay, y había unos juegos olímpicos. Me encontraba con mi amigo que hace dos años que no veo porque vive en el exterior, le daba un abrazo y le decía "che, parece que hay unos juegos olímpicos acá. Mirá, estuve mirando bien, me parece que si me presento, puedo ganar en todo. Pero en todo, ¿eh? Lanzamiento de bala, por ejemplo, es una pavada, ya miré un tutorial, agarrás la bala así, te la ponés medio atrás de la nuca, a la mierda, no la ves más. Ciento diez metros vallas también, saltás y seguís corriendo, me tengo fé". Entonces empezaba a dirigirme hacia donde estaba la primer disciplina y me encontraba con Cecilia, y me decía "pará, antes vení que te quiero presentar a mi madre, quiero que la saludes", y entonces yo iba con ella y ahora estábamos como en un living, y mientras yo miraba de reojo y esperaba que la madre quedara libre, porque estaba hablando con otras personas como si fuera en una especie de fiesta, y yo estaba ahí esperando como haciendo una fila, esperando para saludarla, y mientras ya me estaba pediendo los juegos y yo pensaba fa, que se apure. De repente me la presentó y dijo "te presento a mi amigo Santiago, es mi amigo más violento" y yo no decía nada pero pensaba "en realidad yo no soy violento, no sé por qué eligió ese adjetivo, ¿habré hecho algo? Y mientras me terminaba de perder los juegos por saludar a esta gente.

***

Me desperté sin transpirar, que es el equivalente a mi estado de excitación. Transpirar es lo normal. Ya eran como las doce. Ninguno de los hermanitos ni la propia Cecilia me habían contestado los mensajes, ninguno había aparecido. Pensé si me podría comer el cerdo yo solo. Con el Victor y el jardinero, capaz. Convidar a las empleadas. Me embolaba todo, me sentía un idiota. Empecé a enojarme. Miraba el fuego durante minutos. Los lentes me protegían del humo, pero los tenía todos manchados de grasa y sudor. Estaba sudando hacía más de cinco horas. Mucho más. Sudaba hacía días, semanas, meses. Sentí como si toda mi vida hubiera estado sudando. Sudando con frío, con calor. Divirtiéndome, aburriéndome, durmiendo, sonriendo esperando que me saquen una foto que en realidad no salía porque era un video.

***

En un momento se acercó un niño. Era el hermanito chico de Cecilia, lo habían ido a buscar después de una actividad cheta de fin de semana o algo así. Se me acercó, miró el lechón y me preguntó, ignorando mi saludo:

- ¿Vos le querés tocar las tetas a mi hermana?
- Eh... no...
- Puto.

Y se fue.

***


Llegaron todos a las dos. Dos de la tarde. Yo estaba mirando el fuego, a un metro de distancia. No me di vuelta. Las gotas de sudor en el piso marcaban un perímetro que era peligroso cruzar. Los empleados de la casa ya lo sabían, pero los hermanitos ricos todavía no y era un riesgo para ellos. Los escuché comentando lo que habían hecho la noche anterior, mientras se acercaban. Lo cansados que habían terminado. Lo tarde que los había pasado a buscar uno de ellos. Lo lindo que estaba el día. El hambre que tenían. Cecilia todavía no había llegado, ni siquiera. Había dicho que llegaba más tarde.

- ¡Opa! ¿Ya arrancaste? ¿Cómo va eso? -me dijo uno de los pibes. El simpático, vamos a bautizarlo.
- Bien.

Ese "bien" sonó a ultratumba. Tuvo reverb. 

- ¿El lechón? - preguntó otro, que bauticé "el curioso". "El simpático" se acercó un poco al perímetro pero vio que no estaba.

- ¿No pintó el lechón?

Me dí vuelta y vieron mi rostro por primera vez cuando dije estas palabras.

- Cuando el lechón está pronto, no necesita anunciarse. No tiene tiempo, no tiene lugar, no tiene un lenguaje que lo acepte, que lo abarque. Las fronteras, los elementos, no significan nada para él. Ya incorporó todo lo mejor de nosotros. Las mejores obras de arte que la humanidad ha dado pueden discutirse. Dependiendo de su marco de referencia, cada persona puede ver en ella algo diferente. Pero el lechón maneja el lenguaje de los absolutos. Cuando el lechón prospera, toca el cosmos. No pregunten por el lechón. Cuando ustedes estén listos para él, él vendrá a ustedes. ¿Quién puede hablar en nombre de otro, realmente? Yo no soy el lechón. Pero, hoy, si pudiera ser alguien más, sería él. El lechón se hará presente cuando él lo crea necesario. Si me disculpan...

Agarré la bici y me fui. Le pedí a la empleada que me abrió cuando llegué que me abriera la puerta nuevamente.

***

Lunes en el trabajo, con el diccionario de mentiras en la mano, recuerdo el mejor momento de mi fin de semana. Primero, poniendo el lechón arriba de la mesada de mármol. Rociando con whisky las patas traseras para enfriarlas, hasta poder agarrarlo. Sentir su peso, bastante menor a cuando lo llevé. Comenzar a girar para hacer uso de la fuerza centrífuga, como en el lanzamiento de martillo olímpico. Lanzarlo cerca de cinco metros hasta la piscina, para verlo aterrizar y flotar en el agua, desprendiendo grasa y adobo en la superficie limpia Pero sobre todo ese instante en el que el cerdo volaba haciendo círculos, que si pudiera haberlo fotografiado probablemente no se vería tan bien como se ve ahora en mi cabeza.


Mantengo el silencio. Hasta ahí, todo bien, pero con las palabras es así: lo último que decís puede derribar todo lo anterior. Es como un gol en la hora, te caga todo lo bueno que hayas hecho antes y no tiene contestación, es infalible. Siempre me gustó el golero que va a cabecear al otra área en el último minuto del partido, es lo que más me gusta del fútbol de hecho. Pero vamos a terminar un cuento bien.

Cierro el diccionario de mentiras, y lo apoyo delicadamente arriba de la mesa.

- Tranqui el fin de semana. En serio, no hice nada.


Y en realidad, era cierto.