lunes, 23 de marzo de 2015

Encuentros cercanos del tercer pito



MONTEVIDEO, CIUDAD DEL ARREPENTIMIENTO, ENERO, FEBRERO O MARZO DE 2015.



Las paredes de mi apartamento son todas blancas, y en determinado momento eso me empezó a parecer raro, como que había algo enfermizo en ese detalle. El problema es que no tengo ni idea de decoración ni criterios estéticos en general, por lo que no podía imaginar qué era lo que me gustaría hacerle a las paredes, qué les quería poner. En un momento logré iluminarme y pensé, ¿qué me gusta? Y como me gusta Jack Nicholson, hice una especie de mural con la cara de Jack Nicholson. No se parece a él, pero como obra no quedó tan mal, parece como si no lo hubiera hecho yo. 



Hacer cosas en tu casa tiene la ventaja de que te podés vestir como querés sin que nadie te diga nada, sobre todo cuando vivís solo. Pero la desventaja que tiene es que para que alguien vea lo que hiciste, tiene que entrar a tu casa. Y en mi casa eso no pasa casi nunca. 



Entonces nadie había visto mi mural hasta que un par de días después me tocaron la puerta. Me saqué el pasamontañas y abrí. 

- Hola, ¿Cómo andás? – me dijo un tipo.
- Bien.
- Soy tu vecino del séptimo.
- …
- Nada, vengo a traerte una carta que me dejaron por error, supongo.
- No es una carta, son los gastos comunes.
- Sí, ya sé, jaja.
- …
- Bueno. Qué lindo eso…



Luego de dicho esto, dado que estaba mirando mi mural, lo hice pasar y se lo mostré más detenidamente. Pensé que capaz que me preguntaba quién era pero solo elogió lo que había hecho. Por un segundo busqué visualmente el martillo. 

- Es excelente… la verdad que es excelente, te felicito.
- Gracias.
- ¿Te costó mucho hacerlo?
- Más o menos.
- Es muy bueno. Te felicito. Yo también tengo algo similar en mi apartamento, algo que hice. Por eso me llamó la atención.
- Claro.
- Un día si querés te lo muestro.
- Claro, sí sí. Un día bajo.

No bajé a ver lo que había hecho sino hasta el otro día, pero en el medio pasaron otras cosas.

***

CAE LA NOCHE




Sin detenerme a pensar si el verano es compatible o no con Montevideo, ese sábado fui a salir y empecé por ir a la farmacia. Iba a comprar preservativos porque me pudrí de no tener. Ni siquiera pensaba en usarlos, nunca salgo con ellos, solamente quería comprar para tener, quería experimentar un sentido de la propiedad. Quería tener condones, así como siempre quiero tener Uvasal. 



El problema es que a pesar de ser ya un adulto todavía me da vergüenza comprar preservativos, y es un momento que siempre termino evitando de alguna manera u otra. Esa manera siempre termina siendo pidiéndole a la otra persona que los compre. Me convencí a mí mismo de que me encantan las mujeres que compran preservativos. 

Ahora no tenía a nadie que me los comprara, así que entré a una farmacia X y fui hasta el mostrador. Quise aprovechar la oportunidad para hacer un surtido, o sea, no tener que repetir esta tarea en el corto plazo. 

- Hola.
- Hola, ¿en qué te puedo ayudar?
- Dame diez “****”.
- No sé si tengo tantos, a ver…
- Empezamos mal.
- ¿Qué?
- …

La chica buscó y fue al depósito, del que volvió con una cantidad discutible de cajas de condones. ¿Alguna vez intentaron agarrar muchas cajas al mismo tiempo, con una mano? Por algún motivo no es fácil, se resbalan. 

- Tengo nueve. 

- Gracias. Que pases bien.
- ¿No los vas a llevar?
- Necesito diez.
- Podés comprar nueve y venir a buscar más después.
- Me gustan los números redondos.


Salí y caminé un par de cuadras. Estaba divino para estar de remera, típica noche de verano. Entre en otro Farmashop y me acerqué a la que atendía. Una chica bajita. Agradable.

- Hola, ¿qué andabas buscando?
- Hola, ando buscando diez cajas de preservativos. ****.
- Mmm…
- …
- Dejame contar.
- …
- Diez, justo. ¿Te doy algo más?
- Sí, dame las treinta pijas.



Hubo como un silencio. Fue ese silencio incómodo en el que todos pensamos si fue apropiado lo que se acaba de escuchar. Revisamos nuestro patético sistema de creencias, de consideraciones morales. Ella me miró con una expresión que me pareció que era de miedo. Por un momento pensé que iba a llamar a la policía, que iba a terminar preso, o que me iban a cagar a trompadas. Alguien, salido de algún lado. Pensé “y bueno, por tarado”. Estoy esperando esa paliza desde hace tiempo. Pero por suerte la chica se rió. Soltó una risa, no diría una carcajada, pero sí una risa linda de escuchar. Las gotas de transpiración se metieron de nuevo en sus poros. “¿Vieron, putas?”, les dije. 



Cuando salí supuse que debe haber pensado que soy gay. Para que esa historia cobrara más firmeza, volví a la farmacia y le dije: 

- Dame diez Ki Gel.

Ahora escuché que hay faltante de este producto en Montevideo, no sé si tendré algo que ver con eso pero voy a tratar de venderlos.

Pasé por mi casa a dejar los Ki gel y los condones. Como estoy solo y separado, los dejé todos arriba de la mesa ratona del living. Mañana los guardo, pensé.


***

CAEN LOS BUITRES Y NO HABLO DE LA BANDA




Ahhh ñam ñam, iba bostezando por una de las avenidas del centro, casi como si me hubiera despertado ahí y no en otro lugar; de repente, sin mediar avisos, tuve que esquivar el cartel de una heladería, que en realidad estaba mucho más alto que yo, como a dos metros, en un lugar muy raro, por cierto; no es que mida tanto, es que calculé muy mal y venía pensando en los condones más que en los posibles obstáculos que pudiera encontrar. Seguí disfrutando del placer de despertarme en el mundo exterior, y mientras cruzaba la primer esquina tanteaba mi billetera que sí, estaba ahí. 



A las pocas cuadras me crucé con un viejo borracho que iba en bici, con un chaleco naranja. Creo que se había detenido en la vereda, contra un árbol, porque no podía andar más o tenía que descansar. O capaz que estaba meando. 

- Vos sos un buen tipo –me dijo.
- Gracias.
- Lo veo en tu cara. Sos un buen tipo.

Me lo decía en serio, y me hizo sentir bien, porque estaba dudándolo y porque siempre me hace sentir bien que un tipo con el pito en la mano me diga cosas lindas. 



Media cuadra más tarde me crucé con JD (también conocido como Juan D., o quizás para que quede más claro, J. Diego, un amigo). Iba con un amigo suyo y una amiga, capaz que una hipster media veraniega, como de Brasil, pero sin lo snob. Camisa floreada básicamente, y chancletas. Quemada por el sol. Se iban a comprar una cerveza y después volvían. Los saludé y seguí de largo. Les dije alguna pavada e hicieron de cuenta que entendían. 

Cuando llegué al bar al que estaba yendo había un montón de animales que se paraban en dos patas y emitían ruidos extraños que salían de su boca, mientras parecían tomar cerveza. Como tomaban cerveza decidí quedarme, pensando que yo también podría procurarme una a la brevedad, pero me tomó cerca de quince o veinte minutos y dos cigarros entender que todas esas criaturas eran de mi misma especie, aunque no llegué a entender de qué o para qué emitían esos sonidos. 

Un rato después volvió JD con algunos de sus amigos. Uno de ellos es tan alto que para saludarlo tenés que tomarte un ascensor. Me convidó Pringles. Después me presentaron a la minita del grupo. Fue raro cómo me la presentaron, con un “¿no se conocen todavía?”. Es raro porque según me enteré entonces, ellos también recién la conocían. María, era porteña, acababa de llegar de Brasil, donde había estado un par de meses, y ahora pasaba solamente por una noche por Montevideo, para después irse de nuevo a Argentina. No conocía a nadie; a nadie en toda la ciudad. Se la cruzaron en la calle y de alguna manera empezaron a hablar. Medio como que la recogieron de la calle, la pescaron. Cuando estaban hablando de su nombre, le preguntaron por el apellido y ella no tenía ganas de decirlo, pero dijo que su apellido era “sola”. Porque estaba sola. 

Es difícil encontrarse con alguien que está tan, pero tan, pero tan solo. Los buitres aparecían de todos lados, pero estaban todos de ácido, entonces le hablaban y dejaban de hablarle, se iban para otro lado. Yo me quedaba mirando y pensaba en el momento más épico de la música.

Never saw a woman… so alone.

Y después miraba para un costado, trataba de distraerme. Pensé en cuando mi abuela me preguntó “cómo se hace la selfie” y le dije que no sea terraja. Tomaba cerveza, lograba distraerme hasta que la veía de nuevo y pensaba:

Never saw a woman… so alone.

Por favor hagan algo, pensaba, alguien que le diga algo, alguien que se le acerque… ¿no? ¿nadie? Entonces yo tampoco. ¿Qué se creen? ¿Por qué me tengo que encargar yo? ¿Por qué yo? Y ella, mientras, ni siquiera tenía ganas de explicar cómo se llamaba. Never s… bueno basta. 

Terminó la banda y todos se querían ir al Clash. Yo dije que no quería ir caminando y por algún motivo a todo el mundo le importó. ¿Qué está pasando? Sugerí que Latorre, el alto, me llevara alzado y fue lo que ocurrió. Fue raro, sí, pero otro hombre me llevó alzado unas 15 cuadras. Yo era el encargado de decirles por dónde teníamos que ir, incluso, y más de una vez me equivoqué, pero no me lo recriminaron. “Miren que cuando me equivoco nos cansamos todos”, les dije. “Yo también me canso”. Éramos como ocho. Yo me sentía un político. 


***

CAE EL ASTRONAUTA MIENTRAS PIENSA QUE SE ESTÁ ELEVANDO


Después de tres horas de charla con la porteña en el Clash (de qué habrá sido el diálogo, te estarás preguntando… las mismas idioteces que digo siempre, lector), faltaba poco para que saliera el sol. La gente ya tenía caras siniestras, perversas. Sentías que te miraban pero cuando hacías el contacto visual, solamente estaban tomando y hablando con otras personas. Las risas se animalizaban a medida que pasaban los minutos. Había un tipo hablando solo. Se comunicaba telepáticamente con otro que se reía solo. Nos íbamos a ir y, de repente, surgió de las cenizas JD, que criteriosamente decidió sumarse a esto que, de afuera, parecía un grupo. 

Esa noche yo era como una boa. La víctima me sube a sus hombros, parece que no estoy haciendo nada, me muevo super lento, no respondo a ningún estímulo, y medio que se olvida que estoy ahí. Pero cuando se quiere acordar está toda atrapada y enredada, no se puede mover y hay algo que le está mordiendo un pie. 

JD, por otro lado, es uno de esos animales que parecen muertos pero que por algún motivo siempre están al lado tuyo. Vas caminando por la carretera bajo el sol, muerto de calor, y te cruzás con un bicho muerto, aplastado. Seguís caminando, diez, quince minutos, te das vuelta y ves que el bicho aplastado está al lado tuyo, como si lo acabaras de pasar. Pensás “qué raro, pasé por al lado de este bicho y no lo vi”, y entonces seguís, prestás atención, no te cruzás con ningún otro bicho muerto pero, cuando te das vuelta de nuevo, tenés al bicho atrás de todos modos, esta vez no está tan aplastado y te está pidiendo que le compres un bizcocho. 

Después de pensar en esto, seguí sintiéndome como una boa, pero una boa que no se dio cuenta de que en realidad estaba muerta. Parece que se está moviendo, que está planeando algo, y en realidad es solo la gravedad, y la víctima que nos está sacudiendo disimuladamente. 

- ¿Y vos qué hacés?
- Me gustaría ser astronauta.
- ¿Sí? –qué “sí” más desinteresado, pero bueno. Fue mi línea más estúpida de la noche y es la única que me acuerdo. Aquí es cuando empieza la parte en que


CAE EL FINAL DE LA NOCHE


Que también es una canción de los Doors. De hecho, creo que todos nos sentíamos igual de siniestros que esa canción. JD le propuso a la porteña irse por la rambla hasta Pocitos. Me pareció un plan malísimo, por algún motivo, así que fui padre y les dije que no, que yo los iba a llevar a un lugar mucho mejor. Me siguieron. ¿Entienden por qué el mundo está como está? Estas cosas no deberían pasar. Pero me siguieron. Me hicieron sentir bien. Me sentí más siniestro, casi no me podía enderezar. Podías apoyar un vaso de cerveza en mi nuca, pero iba a tratar de tomármelo sin agarrarlo. "¿Qué hago con ellos?" pensaba. Mentira, no pensaba en nada. 

- ¿A dónde quieren ir? –les pregunté, solo para hacerles creer que podían participar. Solo respondía María Sola, porque JD todavía no había recuperado el total uso de sus facultades comunicativas. 
- No sé, yo no tengo idea, no conozco nada.
- Ta, tranquila. No digas eso muy alto, decilo bajito.
- ¿Por qué?
- Que no te escuchen diciendo eso, hacé el favor. Decínoslo a nosotros, pero tampoco demasiado.
- Ok.

Entramos al Mac Donalds de 18 de julio y Ejido. Tuve que convencer a Maria de que quería un café. Entramos y había planchas viejos, tristes, parejas que venían “del baile”, que no tenían nada en la vida salvo su expectativa de la hamburguesa. ¿Saben lo que es la expectativa de la hamburguesa? Es ese momento en el que sabés que la hamburguesa que te vas a comer es lo único que te queda en la vida. Es un momento de epifanía, a mí me recuerda a Proust y su Magdalena, pero en una forma mucho más elemental; es como que todas tus expectativas están puestas en la hamburguesa, porque realmente ya no te importa una mierda nada, no querés saber de nada, solo de tu puta hamburguesa, metertela en la boca como puedas, empujarla, comértela y morir o dormir, es lo mismo. Me da mucha alegría ese momento.

La escena nos impresionó a todos, en particular a JD.

- ¿Por qué vinimos acá?
- ¿Por qué no?
- Es espantoso este lugar, es lo más tétrico que se me podría haber ocurrido.
- Pero que no se te ocurrió.
- Sí, a mí no me gustan los Mac Donalds – Intervino María.
- ¿Qué tiene? ¿No hay muchas opciones sabían? Acá venden café. ¿Quién quiere un café?

JD no quiso. Hicimos la fila con los planchas y nos pedimos dos cafés enormes. Al momento de pagarlos ya nos habíamos arrepentido. 

- ¿Ya te arrepentiste, verdad? –me preguntó JD.
- Sí –dije, y me puse en el papel de guía turístico para explicarle a María-. Montevideo es la ciudad del arrepentimiento.
- Qué buena frase –dijo JD. Y por eso escribí toda esta mierda.

Nos dieron los cafés, tomamos dos sorbos y enseguida me arrepentí. Lo dejé en un banco de una parada de ómnibus, esos de hormigón, y les dije a los otros dos: 

- Vamos a mi apartamento. No hay nadie, vivo solo.

Nos tomamos un ómnibus y nos bajamos a unas cinco cuadras de mi apartamento. Ya era de día. Ibamos caminando y JD me habló de mi idea. 

- Me sorprendió que se te ocurriera eso. Estuviste bien. 
- Gracias. 
- Digamos que fue una isla de sentido común en el océano de la estupidez. 
- Gracias. 
- Igual fue como una idea accesible, digamos. Tenés un apartamento para vos solo y se te ocurrió a las 8 de la mañana. 
- Al talento hay que esperarlo. He tomado peores decisiones mucho más lento. 
- No podés usarte como referencia a vos mismo para hacer una comparación. 
- También tengo un problema para responder a manifestaciones de afecto, trato de ser original y contesto cualquier cosa, cosas que no quiero. Me embola contestar lo obvio.
- Bueno, acordate que soy un hombre, no me podés hablar de cualquier cosa. 
- Perdón. 
- Pasame un bizcocho. 
- No tenemos bizcochos, no compramos. 
- Dulce. 

Cuando llegamos, lo primero que vimos todos arriba de la mesa fueron los condones y los Ki gel.

- Pepe, ¿Qué es eso? - no sé a qué se refería con "Pepe".
- Fa, me olvidé de guardarlos.
- ¿Para qué compraste tantos condones?

Miré a María, para ver si estaba asustada o algo. En realidad solo me miraba.

- No los compré, me los regalaron.
- ¿Quién?
- El portero.
-¿El Ki gel también?
- Sí. El Henry.
- ¿Y ese mural?
- Lo hizo Henry también.
- ¿El portero hizo un mural en tu casa?
- Sí.
- ¿Por qué?
- Porque me pidió.
- ¿Y vos lo dejaste?
- Creo que sí, ¿no? Yo estoy viendo un mural. ¿Vos?
- Pasame un bizcocho.

Estábamos en mi casa y estaba todo bien, todos estábamos tranquilos, pero yo pensaba, que no se vaya JD porque saco el hacha, y seguía tranquilo, no pensaba en hacer nada, cero estrategia, cero plan, no quería, era lo último que quería en la vida, pero pensaba, se llega a ir JD y patada en el pecho, triple mortal, pero no hacía nada, solo tomaba coca y asentía, decía que sí mientras ellos hablaban de los libros que tengo, tomaba otro traguito y pensaba “JD no te vayas la concha de tu madre”. 

Mientras, estábamos todos sentados mirando los condones. Pasé por muchas emociones mientras los miraba, y creo que las compartí con los demás. Primero me pareció que los condones se reían, que estaban como riéndose. Después me pareció que eran fríos y me empezaron a dar asco. Más tarde, simplemente me pareció que eran pedazos de plástico que por algún motivo salían demasiado caros para lo que eran. Y un poco después, creo que entendí que se estaban mirando entre ellos, y que estaban tan confundidos como yo. Después me volvió a parecer que se reían y así unas dos o tres veces. Los escuché hablando y decían cosas como estas.

- Ayer soñé contigo. 
- Mentira, hace como dos semanas que no dormís.
- Dame toda la guita.
- Creo que te quiero, pero me embola.
- Allá tienen pila de espacio y acá estamos todos amontonados.
- No digas pavadas, sos un pedazo de goma.
- Un pedazo de plástico para unos, para otros soy algo más.
- En Berlín es re difícil encontrar condones. Hay que ir.
- Dejen hablar.
- A mí si me dicen eso, ¿Sabés qué?
- Tengo ganas de ofenderme.
- Los ki gel se hacen los ricos. Nos discriminan.
- Ma-má.
- Esta semana sin falta nos ofendemos.
- Quiero ir contigo a bailar.
- Quedamos pocos con escrúpulos.
- Quedan pocos con escrúpulos.
- Quiero hacerme un tatuaje de un pingüino.
- En el fondo somos todos el mismo idiota.


Dejé de escuchar por varios minutos lo que decían JD y Maria, si es que decían algo, concentrado en lo que decían los condones. JD miraba al horizonte con expresión trágica. Pero me deben haber visto mirando fijamente la mesa y los condones, porque empezaron a decir que era tarde y que querían dejarme dormir. Yo les expliqué que no dormía pero no me creyeron. 


***

TODO SE ELEVA AL MISMO TIEMPO EXCEPTO YO




Bajé a abrirle a “los muchachos”, que recibieron esa denominación cuando vi lo bien que se portaban en mi casa, en especial María y su voto de confianza, y cuando subí me crucé en el ascensor, de nuevo, con el rompebolas de mi vecino. “Vení a ver lo que hice en mi pared. A ver si está a la altura de tu mural”, me dijo. 


Entramos a su apartamento. Me llamó la atención, primero, que no tenía casi muebles. Segundo, que había un montón de cajas con paquetes de arroz tiradas en el piso. Y tercero, lo que había hecho con su pared. 



En la misma pared en la que yo hice mi mural, que mide más o menos unos cinco o seis metros, él había pegado un poster, chiquito, como de revista Sábado Show o algo así, de la banda “No te va gustar”. En toda la pared blanca lo único que había era eso. El detalle era que le había agregado la preposición “a” con marcador negro. 

- Me gusta que esté bien escrito, lo que pasa.
- Me parece bien. Dejame ir a acostarme, que pases bien.

Me fui a mi apartamento y me acosté a dormir. Al otro día era domingo pero también salí.

***