miércoles, 4 de febrero de 2015

Ser Jack Nicholson es una opinión


Había visto El resplandor hacía como diez años, así que no me acordaba de que estaba tan pero tan buena. La vi bajada de internet y me pareció increíble, la mejor película de Kubrick, la mejor película del mundo. Me obsesioné. Me encantó Shelley Duvall, me pareció que estaba divina. La actuación del pendejo, las alfombras, no sé. A algunas personas no les gusta el fútbol, y otras personas son de Peñarol. Yo soy de El resplandor.

En algún momento del verano me quedé solo en mi casa, porque mi novia se fue de vacaciones. Antes descubrió que mi mp3 tenía únicamente la banda sonora de El resplandor. Un poco más atrás le había dicho que no cambiaba la música desde hacía seis meses, así que supongo que ató cabos y se sintió preocupada o algo por el estilo. En fin. ¿Escucharon la banda sonora de El resplandor? El portero de mi edificio no la escuchó. El Henry.

Mientras estuve solo, aproveché para comprarme un mediotanque. Mi idea era ponerlo en el balcón y básicamente cocinar todo en el mediotanque, incluso calentar la leche, pero el mediotanque no entraba íntegramente en el balcón así que tuve que ponerlo con dos de las patas del lado de adentro del apartamento. También lo puse junto a la pared blanca, la misma del mural (eso va aparecer en otro cuento), y no llegué a prever que se podía manchar de negro o prender fuego: no se prendió fuego porque presté atención, pero quedó bastante negra. Me chupa un huevo.

Mientras armaba el fuego y tomaba unas cervezas, pensaba en por qué Jack Nicholson no tiene una parrilla o un mediotanque en El resplandor. Si con la ausencia de un medio tanque Kubrick estaría queriendo decir algo. Cuál sería el mensaje. En eso último pensé mientras movía la heladera y la enchufaba en el living, para que me quedara más cerca.

Después de comer, empecé a recibir llamadas. Lo peor que te puede pasar en la vida.

***

La primera fue de un ex compañero de trabajo, de la época en que trabajaba en una librería. En su momento casi fuimos amigos, hablábamos mucho, era un tipo medio normalote, futbolero, hincha de un cuadro chico, no sé mucho más cómo describirlo, supongo que era buena gente. Pero ahora hacía como dos años que no sabía nada de él. Y su planteo fue medio raro.

- ¿Vamos a salir?
- No tengo un mango.
- Dale, no seas boludo, yo te invité.
- No tengo ni para el ómnibus, me tendrías que pasar a buscar también.
- Dale, obvio.
- Pero, Marquitos, ¿a qué te referís con salir, hay una fiesta o algo? Hace pila no nos vemos, te pregunto por eso.
- No, nada… nada que yo sepa, te decía de hacer algo nomás, te venís a casa y charlamos un rato.
- Te acordás que no soy gay, ¿no?
- Sí sí, boludo, obvio…
- Bueno, este…
- Pero te paso a buscar, te venís, nos ponemos al día, tomamos unas birras, yo qué sé, ¿te tengo que hacer todo el detalle de la noche? ¿Qué tenés que hacer hoy? Dejate de joder.
- Sí, puede ser… ¿pero y si arreglamos para otro día?
- Hoy.
- Pero no, aparte estoy todo sudado, medio en bolas y tirado en el piso, ni siquiera me afeité.
- No seas maraca. Te pegás una ducha.
- Dejé el calefón desenchufado, me olvidé.
- Dale, te venís así.
- Acabo de hacerme unos choris en el mediotanque, tengo olor a parrilla. Y estoy en pedo.
- Pasame tu dirección. Escucho.  

La parte de que estaba sudado era mentira. 

***

También me llamó mi novia.

- ¿Cómo estás?  -me preguntó.
- Poniendo caras de Jack Nicholson todo el día.
- Bueno.
- ¿No me vas a preguntar en qué película?
- No.
- En El Resplandor.
- Bueno.
- Pero no en la escena del hacha. Solo cuando está mutando, cuando se levanta y se queda horas mirando la nada.
- Sí sí.
- Tengo una cara de Jack Nicholson para todo.
- Aha.
- Tengo cara de Jack Nicholson ahora.
- Bueno.
- Una cara de Jack Nicholson para cada situación de la vida.
- Mirá.
- Pero creo que es la misma cara.
- Está bien.
- Y en realidad siempre es la misma situación.
- Claro.
- ¿No me vas a preguntar qué situación?
- Hablamos después.

***

Al final no me bañé sino que a duras penas logré vestirme y bajar para esperarlo en la calle. Se me ocurrió comprar algo para tomar, y acercándome al almacén me acordé de Tom Cruise en Ojos bien cerrados, cuando va a buscar un traje para entrar en la “fiesta”; yo iba con esa idea al almacén, solo que a comprar un vino en caja, y me tuve que ir cuando me acordé de que no tenía plata.

Marcos me pasó a buscar bastante rápido, diría que una media hora después de que hablamos.

- ¿Dónde vivís, Marcos? – le pregunté cuando ya estaba arriba del auto.
- Por el Prado. Un poco más lejos.
- Te aviso que no tengo plata para la vuelta.
- No te preocupes, está todo bien, no seas marica.

No hablamos mucho durante el viaje. Yo me pasé mirando por la ventana; me imaginaba cómo reaccionaría la gente si yo fuera Jack Nicholson. A veces Marcos me preguntaba algo de mi vida, pero sonaba tan a compromiso que me daba vergüenza ajena y no contestaba.

Llegamos a una casa muy blanca, me llamó la atención dado que no parecía acorde al nivel económico de Marcos. Tenía una planta baja con ventanales, un living con sillones nuevos, blancos (con algo que los cubría, de un color azul raro) y una mesa ratona de vidrio. Alfombras. Una tele como de tres mil pulgadas. Este enfermo se pasa mirando fútbol, pensé.

También pensé que iba a prender la tele o poner música, pero no hizo nada. Fue a la heladera (el living no tenía división con la cocina, era todo bastante moderno, como reciclado) y trajo una cerveza y dos vasos. Le pregunté hacía cuánto que estaban viviendo en esa casa, para sacarle algo de información, pero me contestó hablando de cualquier otra cosa. Básicamente, no nos contestábamos nunca, no sé qué pasaba. Era como que contestar era de gil.

Entonces nos sentamos y empezamos a tomar, y no hablamos más. Como diez, quince minutos de silencio. Se empezó a convertir en una competencia de quién aguantaba más sin sentirse incómodo. Veinte minutos. En general puedo ganarlas, porque las he jugado muchas otras veces, pero esta vez me sentí intimidado. El living se empezó a poner oscuro, porque nadie prendía la luz y afuera ya era prácticamente de noche. Con la oscuridad era más cómodo estar en silencio. Solo se escuchaba alguna que otra bocina que venía de la calle. Nadie movía la cabeza, ni las manos. Yo casi no pestañaba. Lo único que movía, y muy lentamente, eran los globos oculares. Para un lado y para el otro, más lento de lo normal. Me detuve en la cara de Marcos, pero ya casi no se veía. No sé si era mi imaginación, pero su cara tenía algunas expresiones muy improbables, como artificiales, que cambiaban imperceptiblemente pero todo el tiempo. Era como una creación del océano de Solaris. O sea: una creación no humana que intentaba aprender los movimientos de una persona, pero no lo conseguía todavía. No me daba cuenta de si tenía barba o no, si me miraba a mí o no. Pensé en decirle que tenía cara de océano, pero me acordé que no estábamos hablando. Tenía la boca apenas abierta, y los ojos parecían como espejos.

Lo que me llevó a tomar la decisión de romper el silencio fue que me di cuenta de que me iba a asustar mucho si era él el que hablaba primero. Usé la voz más grave que tenía, e hice la pregunta que todos estábamos esperando. Recién cuando la hice me sentí como la mosca en la telaraña, pensé “claaaro”.

- ¿Está tu esposa arriba?
- Sí.

Pasaron otros cinco minutos. Las pocas palabras que dijimos, que estaban rodeadas de silencio, quedaron rebotando en la habitación. No sé cómo explicarlo, pero era como si nunca hubiéramos dejado de decirlas, seguían sonando, de alguna manera.

Marcos estaba sentado en un sillón que estaba pegado a la pared, y entonces movió el brazo y prendió la luz de la escalera, casi sin mirar el interruptor. Ahora que la luz de la escalera estaba prendida, y por estar detrás de él, su cara estaba a contraluz, casi no lo podía ver. Me paré para subir la escalera, y entonces Marcos habló de nuevo.

- Te llamé a vos porque necesitaba a alguien que pudiera hacer esto y que no fuera demasiado especial, y además que fuera buena gente. O sea, alguien que después no quisiera estar de nuevo con ella a mis espaldas, y que ella no quedara demasiado impresionada, además. Alguien como más del … alguien normal. Que no se destaque por nada.
- Dale, gracias, hermoso lo que me decís.
- No quiero que esto genere ningún tipo de consecuencia. Que quede por esa. Ella te conoce y aceptó. Listo. Nada más.
- Entiendo. Nada de lo que hago tiene muchas consecuencias, quedate tranquilo.
- Por eso me acordé de vos. Sos como yo, un tipo normal, como si fueras el promedio de un uruguayo. Incluso físicamente.
- ¿Ya está? ¿Algo más?
- Y te destacás por eso, por esa especie de neutralidad, como una ausencia de gracia particular.
- Voy subiendo, ¿te parece?
- Dale.

Alguien estará pensando, “¿no te preguntabas qué estabas haciendo, en ese momento?”, pero eso me lo estoy preguntando casi siempre, todo el tiempo, así que no era ninguna novedad.

Arriba había como un corredor con todas las puertas cerradas, excepto una que estaba abierta, y de la que salía una luz azul. Me acerqué y noté que era la televisión. Adentro, estaba la esposa de Marcos, en la cama, de bombacha y sutién, fumando y sentada tipo india.

- Hola, permiso.
- Hola Santiago, ¿todo bien?
- ¿Cómo andás? – Me acerqué y la saludé.
- Todo bien por suerte.
- ¿Qué hacían abajo?
- Eh… no sé, nada.
- No, digo porque demoraste pila.
- ¿En subir?
- Sí, estaba viendo esta película que es un bodrio porque no tenía ganas de cambiar –bue, reproche gratuito, pensé.
- Bueno.
Me senté en el borde de la cama, y “la esposa” apagó el cigarrillo y la televisión. La habitación quedó a oscuras.
- ¿Te podés sacar los championes y venir?
- ¿Te referís a, ahí?
- Sí.
- Y dale.

Creo que me puse medio nervioso, porque no me gustan las situaciones poco naturales, como forzadas. Pero bueno, me empecé a desatar los cordones. Se hizo un nudo y no pude.

- ¿Te animás a prender la luz un segundo, para que pueda desatarme los cordones?
- Mmm…  ¿No podés así? Prefiero no prender nada.
- Bueno.
- ¿Venís de un asado?
- Siempre –dije. Quería decir algo con gracia o elegante porque la situación venía complicada en lo que a buen gusto se refiere. - ¿Te gusta El Resplandor?
- ¿Qué cosa?
- ¿Cómo era tu nombre?
- M.
- Si te gusta El Resplandor, la película de Kubrik, M..
- No la vi.
- Bue.
- ¿De qué se trata?
- De Jack Nicholson.
- Ah…
- No puedo desatarme los cordones. 
- ...
- Me saco los championes igual. 
- ...
- Ahí va uno...
- ...
- El otro se complica eh...
- ...
- No sé si...
- ...
- Ah...
-...
- Capaz que...
- ...
- ... la luz. 
- No. 
- Listo, ya pude. 

Me saqué los championes sin desatarlos y después todo lo demás. Después me tiré en la cama al lado de M y por un momento me sentí como un mediotanque, pero enseguida me empecé a sentir como un asado humano, algo así como “el hombre asado”, un super héroe cuyo superpoder es oler a asado y básicamente más nada. En eso estaba pensando. Logré manotear el control remoto de la tele y estaba tratando de prenderla cuando M me lo sacó de las manos.

- ¿Me estás jodiendo? – me dijo.
- Perdón.
- ¿Hace mucho que no estás con una mujer?
- Hoy hice un asado en casa.
- …
- Me conseguí un mediotanque.
- Te pregunté si hace mucho que no estás con una mujer.
- Iba a hacer unas hambruguesas pero al final tiré unas tiras de asado y unos choris. Se hace al toque. 

Después, bueno, vino “la cosa”. No tuvo nada de particular, más bien fue como hacer algo por compromiso. Ni siquiera le había visto bien la cara, y para terminar de empeorar las cosas sentí una presencia extra en la habitación. Claro, me había pensado que era gratuito, pero no. Como estaba todo oscuro no entendí concretamente qué estaba haciendo Marcos, pero se escuchaba como un “crup, crup, crup” progresivamente más cercano. En determinado momento logré escabullirme y salir de la habitación, directo al baño. Después de todo, esta es mi versión. 

Cuando salí del baño, todas las puertas del pasillo estaban cerradas, así que tuve que bajar al living. Marcos no estaba. Esperé entre cinco y diez minutos hasta que le grité. Vino como dos minutos después, de calzoncillos, sin remera y con mi ropa y mis championes en las manos. De repente parecía como si yo acabara de llegar y hubiera interrumpido algo. Yo, pobre inocente.   

- ¿Vamos yendo? –le pregunté.
- ¿A dónde?
- Me ibas a llevar a mi casa.
- ¿Me estás hablando en serio?
- Me dijiste que me llevabas.
- ¿Encima que te cogés a mi esposa querés que te lleve? ¿Algo más?
- Este…
- …
- Yo no quería.
- No digas pavadas.
- ¿Tu esposa no sabe manejar?
- …
- Me dijiste que me llevabas.
- TE COGISTE A MI ESPOSA Y AHORA QUERÉS QUE TE LLEVE, ¿QUÉ ES LO QUE NO ESTOY ENTENDIENDO?
- No tengo plata para el bondi, dame plata por lo menos.
- Te voy abriendo la puerta, andá yendo porque ya es tarde.
- Marcos.
- En serio, te estoy abriendo la puerta.
- Marcos.
- ¿Qué?
- Marcos.
- Dale, nos vemos.

Cerró la puerta y me quedé afuera. Miré un poco a través de la ventana para adentro. Marcos hacía de cuenta que no me veía, pero yo sabía que él sabía. Y él sabía que yo sabía eso, así que sonreí. Pero me aburrí cuando se fue para arriba y traté de empezar a caminar.

Caminé como tres pasos, pero di media vuelta, volví y toqué timbre. Me atendió enseguida, creo que me estaba mirando.

-¿Qué querés?
- Abrime la puerta un segundo, ya me voy.

Abrió un poco la puerta.
- Marcos, ¿Viste El resplandor?
- ¿Lo qué?
- El Resplandor.
- Yo qué sé, no sé, ¿qué pasa?
- FA, no la viste.
- ¿Qué te pasa?
- Dale Marcos, nos vemos… que pases lindo.
- ¿Querés plata para el bondi?
- Jaja, no boludo… “El resplandor”, de Stanley Kubrick. Que pases lindo.

“Mamita”, pensé. Mucho trio loco y no viste El Resplandor.    


Me fui caminando y tardé como una hora y veinte en llegar.