miércoles, 23 de diciembre de 2015

Ya sé, ya sé y todos los ya sé del mundo



Cae la noche del viernes, es la hora de la cena, hace calor, se escucha el ruido de alas de murciélago, se escuchan motos a lo lejos. Hablo con el maestro, cuya existencia conocen pocos pero nadie sabe su verdadera identidad. Como aprendiz siempre escucho lo que me dice. Es un poco como Darth Vader ante el emperador, como Harry Potter cuando hablaba con Gandalf antes de dejar que lo maten, como Maradona cuando llamaba de madrugada a Pelé y todavía eran amigos, antes del mundial del ochenta y seis. Me comunico por chat porque se niega a revelar su verdadera voz.

- ¿Qué vas a hacer hoy?

- Tengo la fiesta de fin de año de mi trabajo. No quiero ir pero la verdad no tengo otra cosa para hacer y hay comida y bebida gratis. Supongo que intentaré pudrirla de alguna manera.

- Las fiestas de fin de año están buenas. Están todos contentos.

- Tengo ganas de comer y tomar y ojalá pudiera también caerle a alguien pero la verdad que no hay nada. 

- Re contraaaaaaaaaaaa andá. Más sabiendo todo eso, con todas las ganas, ese chivito en la boca. A mordiscazo.
Ñaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Ñaaaaaaaaaaaaaaacaaaaaaaaaa
La cerveza tragala directo.
Y toda la noche conversándote a alguien, no jodas, alguien tiene que haber.
Toda la noche.
Hablándole a una mina con la boca siempre con comida o cerveza.

- Sabés que siempre sigo tus consejos. Seguramente lo haga, tengo mucha hambre.

- Bien. Las explicaciones para la hora del café, acá venis a quedar como un tarado.

- Nunca te defraudé.  Si me agarran mal puede pasar cualquier cosa.

- Siempre hay que llevar todo a que te agarre mal. Todo siempre se olvida, igual.

- Sí, no me importa.

- Pila de cosas que yo hice desaparecieron mágicamente.

- Yo también.

- Lo importante que comas mucho pero en plan tipo cumpleaños de niño, "tratá de comer algo porque después llegás y tenés hambre pero en el cumpleaños no comiste nadaaaaaaaaa"
"Y ahora te tengo que cocinar guriiiiiiiiii de mierdaaaaaaa"
Me voy a hacer algo para comer, hablamos después.  

***

Lo más rescatable de la cena fue que cuando me fui agarré dos panes de pita rellenos, uno en cada mano, y me fui de la fiesta, porque al final había sido solo una cena. Era medio temprano y estaba demasiado lindo para no estar afuera. Me compré una cervecita chica y unos cigarros, que hacía como dos años que no compraba. Siempre le pido a alguien, fumo poco y mal pero me encanta. Fue difícil hacerlo con los dos panes de pita en las manos, los tuve que agarrar con una sola y hacer toda la transacción con la otra. A esa altura ya había caminado entre veinticinco y treinta cuadras. Pero la verdad es que me los quería comer de desayuno y no me entraban en ningún bolsillo.

Me senté en una plaza donde había una multitud mirando una especie de espectáculo de algo. “A ver qué hacen estos pajeros” pensé, pero nunca lo descubrí porque ni siquiera presté atención, me entretuve con la imagen del bebé canceroso, quemado y roswelliano de la caja de cigarros.

De repente la cerveza hizo su efecto secundario y me estaba meando. Le pregunté a uno que estaba sentado en un escalón, a dos metros de mí, más o menos, pero me acerqué primero.

- Disculpá… digamos que uno quisiera mear por acá. ¿A dónde podría ir?
- ¿Pegar?
- Sí.  
- Hay un loco que pasa faso y merca, “el ***”, es uno que andaba por la vuelta hace un rato.
- ¿Si lo ves me avisás?
- Sí.

En esa última respuesta se notó que se dio cuenta de que no estaba haciendo lo correcto, así que lo dijo con poco convencimiento y no me habló más. Yo me fui a mear atrás de un árbol.

Cuando meaba pasó caminando un gato que era igual a Gunter, el único y mejor gato que tuve. En esa época no sabía todavía que tantas personas en el mundo estaban obsesionadas con sus gatos, ni se podía prever la cantidad de miles de millones de fotos de gatos que vería en la siguiente década. Videos de gatos, fotos de gatos, audios de gatos, biografías de gatos, ONG’s de gatos, líneas telefónicas de denuncias anónimas de maltratos a gatos, series animadas sobre gatos, series no animadas sobre gatos, gatos sobre gatos. No sabía que los gatos iban a ocupar nuestro lugar, que los humanos ya nos darían asco en el futuro, que solo los gatos serían aceptados, dignos, respetables. Todavía sentía confianza al lado de un gato, no como ahora que me siento inferior, poco digno, inseguro. Pendiente de la opinión del gato, que casi nunca manifiesta.

Hace unos años salí con una mina de noche, y en un momento íbamos por una callecita de La blanqueada, creo, y nos cruzamos con un gato, y ella lo agarró, lo alzó, lo empezó a acariciar y a darle besos, y yo pensaba "con esa boca vamos a apretar después", pero no, terminó yéndose con el gato. He leído que al parecer es algo que ocurre seguido. 
  
En resumen, este es el espacio de recuerdo para mi gato Gunter, que no es su verdadero nombre pero bueno, es navidad. 

***

Yo vivía con mi hermana y sus hijos, hace como nueve años, y este gato se había instalado en la casa porque nadie lo había querido adoptar. Sus tres hermanos se fueron rápido, pero tenía un problema en las patas de atrás, no podía caminar y nadie lo elegía. Además parecía autista, no maullaba casi nunca. Una vez yo estaba en el sillón y lo quise acariciar, pero me quedaba medio lejos y lo tuve que agarrar de las patas de atrás. No le gustó y me mordió. Fue la primera vez que reaccionó, me sorprendió un poco. Pero tenía razón. 

Su madre era la mascota oficial de la casa, y en determinado momento lo empezó a odiar. Cada vez que pasaba a su lado intentaba lastimarlo, le tiraba el arañazo. No sé si eso es normal en los gatos pero no me importa, para mí era una hija de puta. La mayoría de los animales son unos hijos de puta, si te ponés a pensar. El humano es el animal más bueno, después del perro y capaz que el carpincho. Mi padre me invitó a comer milanesa de carpincho una vez, pero le dije que no podía.

***

Los ataques de su madre no le importaban, pero sí le importó que cuando se le arregló lo de las patas lo hicimos dormir afuera. Una vez se pasó maullando toda la noche, en todas las ventanas de la casa. Iba de una a otra; de la cocina a mi cuarto, pasando por la azotea. Después de una hora así, cada vez que se acercaba a mi ventana yo pensaba “gato hijo de puta” pero no lo decía para que no pensara que sus maullidos tenían efecto alguno en alguien, y para que se sintiera devastado por la soledad y la ausencia absoluta de sentido en la vida. Es como cuando matás a alguien apretándolo con la almohada, que siempre me pareció un poquito cariñoso, desde cierto punto de vista. Por un momento pensé que se iba a morir de la tristeza y que no había otra opción y el mundo era así y bueno, yo no puedo hacer nada.

La primera noche hice un esfuerzo y lo soporté, supongo que terminó quedándose dormido también él. Llegué a pensar que se había hecho hombre. Pero en lugar de eso, decidió duplicar sus esfuerzos a la noche siguiente. No paraba de maullar, y mucho más fuerte. Era como una guerra, parecía joda. Iba de una ventana a la otra, se quedaba cinco o diez minutos maullando y se volvía a la otra. No lo podíamos entrar porque su madre lo atacaba y lo podía lastimar, era muy chico todavía. Nunca le tiró un manotazo a su madre. Yo tampoco, pero la bloqueé en el celular en mis últimos tres cumpleaños.

Cuando fue a cumplirse la tercera hora de maullido ya empezaba a sonar como si se hubiera roto algo, un ruido raro cuando terminaba su “miau”, como una respiración áspera. Parecía que se fuera a morir, que se estuviera dando disparos de Ventolin. Gato puto, pensé, gato de mierda. Melodramático. 

Sin embargo, cuando le abrí la ventana de la cocina y lo vi entrar tan apurado, desesperado, fue como si lo viera por primera vez: era hermoso, se parecía a Silvestre, negro con un poco de blanco. Temblaba y seguía maullando. Lo empecé a acariciar y no me dejó soltarlo. No era que me molestara, pero me aburría; sin embargo, luego de media hora de acariciarlo, si lo soltaba, volvía a maullar con la voz esa de Canario Luna que tenía. Quiero escuchar, el grito del canillaaaa. Entonces seguí. Una hora. Hora y media. Me daba cuenta de que no tenía sentido pero no se me ocurría nada que pudiera hacer. Nunca me iba a dejar dormir. Lo dejé dormido después de dos horas.

A partir de ese día se ganó como cierto respeto. Era como un perro, venía cuando yo lo llamaba, sin expectativas, solo venía con cara de cansado y se acercaba. Tenía corazón. Más de grande, otro día que no lo dejábamos entrar, se tiró al living desde las ventanas que daban a la azotea: no sé calcular muy bien, pero era un techo alto, cuatro metros tal vez. Hizo un ruido espantoso, pero ya estaba adentro. Comió algo y se fue a dormir.

Generalmente yo me desvelaba y bajaba a la cocina a comer algo o tomar un té y fumar. Ahí venía Gunter y me acompañaba, igual que un perro. En esa época yo trataba de escribir pero no me presionaba mucho. Escribía poesía. No me salía. Me acuerdo que una decía algo así:

corazón agitado sin causa
escucha el ruido de afuera
y siempre llega tarde
somos la licuadora, extraño
somos la gotera perfecta

A veces escribía solo una frase. Otras veces escribía solo una palabra, y otras escribía un par de letras que me gustaban. Otras veces dibujaba una buena pija. No tenía internet. 

Pero Gunter siempre estaba ahí, con cara de dormido, sin joder nunca, sin subirse a la mesa nunca. Me fumaba un pucho y hablábamos, en general hablaba yo y él me escuchaba. Un día desapareció por dos semanas. Por un momento pensamos que no iba a volver, pero en realidad yo sabía que sí, porque lo conocía. No era tan aventurero, no tenía mucha energía. Seguramente no estaba volviendo porque estaba lejos y le daba pereza. Igual no podía no decirle nada cuando volvió, así que le pregunté si se había ido a buscar una gata y me dio a entender que sí, pero no quiso hablar del tema.

Poco tiempo después me fui yo por dos meses, y volví un domingo a las siete de la mañana. Gunter vino a la puerta a recibirme, fue el único.

- Miau.
- Ya sé, loco. Ya sé.


***

Comenzó a venir lastimado como cuatro años después, y estuvo así mucho tiempo. Un veterinario nos dijo que en realidad era una enfermedad hormonal o algo así. Le dimos inyecciones periódicas de no sé qué cosa, pero no sirvieron demasiado, solo un poco. La sangre le chorreaba por todos lados, estaba sucio, nunca se lavaba. Daba mucha lástima verlo llegar todo sangrando una vez por semana, Los pelos blancos de la cara con la sangre toda sucia, la cara de cansado, extenuado.

Venía todos los días con heridas y tajos, agujeros en la piel que le dejaban la carne a la vista, casi hasta el hueso. No sabíamos qué le pasaba, pensábamos que tenía muchas peleas con los otros gatos del barrio y que venía destrozado por defender la casa. ¿Por defenderla de qué?

***

La última vez que lo vi estaba tirado en el patio, en la tierra junto a las plantas. Casi no se movía, no comía y no tomaba agua. Estaba mugriento: tenía polvo y hasta hojitas pegadas en el pelo. Pero no tenía heridas. Lo había visto el veterinario y había dicho que tenía una insuficiencia renal. Le preguntaron qué se podía hacer. “Ayudarlo”.  Así que esa tarde iba el veterinario.

- Se muere por inyectarle esa mierda el veterinario, ¿eh?
- Es lo único que puede hacer.
- Dale, dejalo sacarse las ganas, que disfrute de su sadismo, lo necesita para dormir bien.
- No es eso.
- Se muere por matar a un gatito, cobra por matar gatos, es más fácil que pensar cómo curarlos.
- No es así.
- Aparte dice “ayudarlo”. Cuidado con pedirle ayuda al veterinario, tiene una idea macabra de la ayuda.  

Era domingo y yo entraba a trabajar de dos a diez de la noche, lo cual quería decir que no iba a estar cuando el tipo fuera; así que me quise despedir. Pero sin que fuera nada muy dramático, solo quería acariciarlo, era como una obligación, lo mínimo. Estuvo enfermo mucho tiempo, mucho tiempo sangrando a diario; se notaba que ya estaba agotado. No abría casi los ojos. Y a pesar de que hacía días que agonizaba y daba pena verlo, cuando lo acaricié hizo un ronroneo como la primera vez. Era implacable. “Qué gato”, le dije. "Chau". Y me dijo algo con telepatía, con voz de humano, una voz cansada. Fue algo muy lindo y simple que prefiero no compartir. 

Para hacerlo decidió adoptar la voz del Canario Luna. Yo hubiera elegido a Zitarrosa o a Pedro Dalton. 

Traté de estar atento a la llamada de mi casa, pero había mucho trabajo y me entretuve. Trabajaba en una librería del shopping, un embole. Pasó la hora en que tenía que ir el veterinario, pero nadie me llamaba, lo cual me intrigó y me generó cierta expectativa. Algo había pasado. Gunter daba batalla, era típico de él y era raro que no me hubiera dado cuenta antes. ¿Se pensaban que se iba a dejar tocar por ese sádico de mierda, ese veterinariucho? ¿De verdad pensaban eso?

Me sonó el celular, pero era mi padre.

- ¿Querés venir a comer mañana? Voy a hacer mulita al horno con papas.
- No puedo, gracias. 
- ¿Cómo anda tu madre?
- No sé, papá, no hablo con mamá, no la atiendo. A vos te atiendo porque no te tengo registrado.

En un momento en que el local se vació un poco, llamé a mi casa, y atendió mi hermana. 
- ¿Y? ¿Fue el veterinario? 
- Sí, ya vino.
- ¿Y? ¿Qué pasó?
- Y… Santi… ¿qué querés que te diga? Pasó lo que tenía que pasar.
- Ah. Claro.

No tuve tiempo de sentirme idiota, pero tampoco me dejaron sentirme mal, porque ni bien corté una gorda me pidió que le recomendara un libro para una niña de doce años, que al igual que todos los niños estaba “muy avanzada para su edad”. Le mostré libros, pasé páginas, le expliqué, y cuando me quedaba un segundo libre, pensaba en la llamada, pero no más de un segundo. Fue casi como enterarse del resultado de un partido de fútbol. Perdió Uruguay. Ah.

***

En el ómnibus de vuelta fui pensando en la llamada que tenía que hacerle a mi novia, para contarle. Repetía los diálogos en mi imaginación, recreaba la historia. Le contaba por qué Gunter había sido héroe, un referente para su especie.

Cuando llegué a mi casa no había nadie, todo oscuro, silencio. Subí a mi cuarto con el teléfono, de línea y dejé todo apagado. Me quedé encerrado en el cuarto, sentado en la cama contra la pared, con todo oscuro. No veía nada. Hice la llamada.

- Bueno, contáme…
- Bueno… nada… fue el conchudo hijo de puta del veterinario y… este… eh… 

Hasta ese momento estaba bien, pero cuando tuve que vocalizar algo relacionado con el tema, explicarlo, decirlo YO, se me cerró la garganta y tuve que cortar y pensé, debe ser la tercera vez que lloro en la vida adulta, o la segunda, pero había empezado sin pensar en absoluto y era como una tormenta de verano; un desahogo, como un polvo. Pero en general la tristeza me dura lo que demora en pasarte el ómnibus. El problema es cuando te equivocás de parada, que en el fondo siempre es un poco a propósito o por idiota. Y las cosas que hacemos y están mal, y pensamos que son inconscientemente a propósito, en realidad no lo son. Son por ser idiota, es mucho más simple. Esto me está dando hambre. 

No le conté a nadie, porque ahí te dicen el “bueno pero ya sabías, ¿no?”, y vienen todos los ya sé, ya sé. 

Después me llamó mi padre a invitarme a comer yacaré. Le dije que me había hecho vegetariano.

- El yacaré es exquisito.
- Pero no como.
- ¿Comés salsa de soja, vos? 
- Sí, papá, pero dejá de invitarme a comer animales nuevos, me da asco. 
- Ah, jaja, como tu madre.
- ¿Y qué querés?

***

Y en algún lugar del mundo, en algún momento de diciembre, en alguna noche: tienes 36 mensajes sin leer.

tengo qu contrlarme
El lobo quiere salir
salir
aslir
slirs
alir
salir
salir
salir
salir
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.
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rrrrrr
rrr
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jueves, 22 de octubre de 2015

Churrascos en la noche


Hace unos días vi un evento en Facebook (después les voy a decir de qué) y decidí escribir esta historia, que no merece ser contada pero me parece importante para poner el tema arriba de la mesa, no sé de qué mesa, pero de alguna mesa. Últimamente no pongo nada sobre la mesa, de hecho estoy comiendo parado, con el plato en la mesada de la cocina. Despacio, haciendo otras cosas al mismo tiempo. También descubrí que mi actividad favorita es iluminar churrascos en la noche: ya van tres o cuatro veces que me levanto de madrugada porque me cuesta dormir, y si hay carne en la heladera, la saco, la pongo sobre un plato y la ilumino con una linterna, con el resto de las luces apagadas. Me da una tranquilidad media rara. Generalmente estoy así unos veinte o veinticinco minutos hasta que la guardo otra vez en la heladera y vuelvo a acostarme. Creo que nunca nadie me vio, o si me vieron no me dijeron nada. Otro día les cuento cómo empezó esto. 


Otra cosa que me da tranquilidad es, cuando me baño en alguna casa que no es la mía, tirar shampú, como si fuera kétchup en un plato imaginario. Lo veo caer, mezclarse con el agua y siento como mucha serenidad, después duermo mejor. 


Aprovecho este espacio para comunicarles que me dedico a dar clases de español para extranjeros y estoy buscando alumnos porque estoy casi sin trabajo. Pero alumnos de verdad. Si conocen a alguien me lo pasan. La última en pasarme una alumna fue mi ex novia. Me pasó el teléfono de una que supuestamente era brasilera y quería tomar clases: ya le había pasado mi tarifa y solo tenía que arreglar el horario. Me comuniqué por Whatsapp y arreglamos para que yo fuera a su casa determinado día. Cuando llegué me empezó a parecer todo medio raro. Para empezar, hablaba perfecto. 

- Hola, ¿cómo estás? Permiso. 
- Adelante Santiago, tomá asiento. 
- ¿Vamos a tener la clase acá? 
- ¿… perdón? 
- Me refiero a si querés tener la clase en esta habitación o…
- Pero, ¿qué clase? ¿Vos viniste por una consulta, verdad? 
- Una consulta… no. Soy profesor de español para extranjeros. ¿Vos no sos brasilera?
- No, soy psicóloga. 
- ¿Pero de Brasil? 
- No, de Uruguay. 
- …
- …
- ¿Hablás español? 
- Por supuesto. 
- Ah, claro. Bueno, mi novia me mandó acá. Mi ex. Me dijo “te conseguí una” y pensé que hablaba de una alumna. 
-…
- Primero pensé que me hablaba de una mina, no entendía nada.
-...
- ¿Me podés pagar la clase igual? 
- No. 
- ¿Y te tengo que pagar la consulta? 
- Sí. 
- Ok, me quedo a hablar, por lo menos. ¿Podemos hablar de Star Wars? 


***


En mis días de Hamburgo empecé a interesarme en cualquier tipo de evento, para hacer algo. No tenía trabajo, estaba cansado de caminar todo el día o andar en bici sin hablar con locales, así que empecé a poner “asistiré” a todos los eventos con los que me cruzaba en Facebook. 

Uno de ellos era el “The World’s Biggest Eye Contact Experiment: Hamburgo”. Si buscan el evento van a ver que se hace uno ahora en Montevideo, en noviembre. La idea es básicamente ir y hacer contacto visual con una persona. Como me embola explicar de qué se trata, pego lo que dice en la página: 

La idea es simple

1. Vamos a tener carteles claros que dirán "¿Dónde ha ido la conexión humana? Comparte 1 minuto de contacto visual para descubrir ... "

2. A continuación, nos sentamos en las mantas de picnic con almohadas 2x cada uno e invitar a los miembros del público para venir y compartir un momento de contacto visual con nosotros. 

3. Disfrute de la tarde juntos y luego subir el vídeo a la Libertadores en Perth, Australia, donde van a editar todas las imágenes de vídeo global para crear un vídeo increíble para ser compartido por todo el mundo! 


Está escrito así, como escrito por mi primo el retrasado mental, no sé si es para generar simpatía o por el retraso en sí mismo. Pero el de Hamburgo estaba en alemán y lo que yo entendía era muy poco, así que pegué el texto en ese otro gran retrasado virtual que es Google Translate y vi de qué se trataba, y compré. Fui a reuniones de Couchsurfing, ¿no voy a ir a esto? Nunca imaginé que iba a ser víctima de la peor discriminación desde la Segunda Guerra Mundial. 

El resto de la historia transcurrió en alemán también pero la voy a escribir en español porque hoy por hoy ningún alemán me lee, me parece. Sería ridículo. 

Llegué en la bicicleta, la até a un poste y empecé a caminar entre la gente que estaba sentada. Era raro, me sentía nervioso; tenía miedo de que alguien me interceptara y me invitara a hacer el contacto visual. Todavía no estaba preparado. Había algo en la postura en la que se sentaban todos que no me gustaba. Como muy rectos, una postura correcta, sana, alcahueta. 

En un momento vi a una chica, una rubia alemana de unos veinticinco años que buscaba con quién practicar el contacto en cuestión. “Esto no está tan mal”, pensé. Le hablé en mi pobre alemán. Ella sonreía pero no hablaba. 

- Hola, ¿cómo andás? 
- …
- ¿Todo bien? 
- …
- Ah, ¿no se puede hablar? 
- …
- ¿Un poquito? 
- …
- ¿Un poquitito? 
-…

Me aburrí y le hablé un poco en español. 


- Te reíste, perdiste. 
-…
- Ah, cierto que no es un “serio”. 
-…
- Yo siempre perdía al serio, y después me sentía terrible retrasado mental, es lo peor que te puede pasar en la vida, perder un serio. Y jugarlo también. Pedir para jugar otro. Impresentable. 
- …
- Yo lo jugaba con el idiota de mi primo, pero no sabía que era retrasado, aunque sospechaba. Me lo dijeron de más grande. 
- …
- Igual a veces ganaba él, de hecho estaba bastante parejo. 
- …
- Cuando me dijeron que él tenía ese problema me acordé de todas las veces que me había ganado y me reí de nuevo y le pregunté a mi madre si yo también tenía un retardo. 

Ella miraba con su sonrisa pero en un momento le empezó a dar como vergüenza o no entendí qué le pasaba, y ahí decidí no hablarle más. Fue un poco triste porque yo me sentía muy solo en Hamburgo y la verdad que necesitaba hablar con alguien, pero respeté las reglas de juego y me quedé en silencio. 

Después de un rato me levanté y me fui a buscar a otra persona. Quería empezar de cero, empezar bien, en silencio. Recién en ese momento me di cuenta de una cosa y me vino como un escalofrío, porque no me había dado cuenta antes o me había olvidado: soy bastante bizco de nacimiento, a un nivel que ahora no me importa mucho pero que a la gente le impresiona. La gente en general tiene problemas para mirarme a los ojos, no saben bien qué ojo mirar. Me jodían mucho con eso en la escuela, “bizcocho”, “pan con grasa”, “Biscayzacú”, “viscoso” (ese me ponía medio mal porque además me daba asco): fue como una tortura, más o menos hasta sexto, año en que uno de los bullys me dijo “se termina el año y no sabemos a qué ojo mirarte, Pepe”, y yo le dije “entonces mirame ESTA” y tuve mis primeros y últimos quince minutos de fama escolar. Lo que duraba medio recreo. A veces lo repito frente al espejo para sentirme bien. 

Pero en ese momento me acordé de eso y pensé, bueno, capaz que a la gente le incomoda o no lo entiende. No me importa, yo tengo derecho igual que ellos a estar acá. Pero es difícil defenderte cuando no hablás el idioma local, o lo hablás medio mal. 

Me senté con otro y empecé de nuevo. Me di cuenta enseguida de que no sabía bien a dónde mirar, pero intenté predicar con el ejemplo y lo miré a un ojo solo. Después de un minuto se paró y se fue, no me dijo nada. Esperé a ver si venía a sentarse otra persona pero al final pensé que lo mejor era pararme yo y buscar, y es lo que hice. 

Al siguiente me saqué las ganas y abrí un paquete de galletitas que había llevado. Unas con un baño de chocolate que, fah, no puedo ni pensar en eso porque me pongo a llorar. Salían menos de un euro. Me comí las galletitas como un cretino, llovían las migas por todos lados. Era como una tormenta de arena, las migas no caían sino que volaban. El tipo se paró, creo que le entró un cacho de miga en el ojo. 

Me senté con la cuarta y fue la última. Me pasó algo que me pasa a veces: cuando me pongo nervioso me tiembla un ojo. Y cuando me pongo muy nervioso me tiembla mucho. Me han llegado a preguntar durante una clase, en la facultad. En una clase de más de sesenta o setenta personas, que el profesor te pregunte por qué te tiembla tanto el ojo ya es medio raro. Siempre pensé que si se da cuenta es porque es algo muy notorio, pero mis amigos me dicen que nada que ver. 

Igual a esta chica no le gustó. Era una adolescente. Yo traté de quedarme lo más serio posible para dejar de reírme como un mongólico, pero me puse tenso, apreté los dientes. Respiraba muy fuerte por la nariz, se me abrían y cerraban los orificios nasales más rápido de lo normal. Empecé a ser tan autoconsciente de mi cara que el labio inferior también me tembló, porque cambié y traté de respirar por la boca. Levanté el mentón para que no se notara tanto. Por un momento me pareció que la chiquilina se quería poner a llorar, y le dije “tranquila” en alemán, pero sonó como amenazante porque cuando trato de adoptar el acento berlinés a veces me sale como una orden militar. Intenté mirarla a los dos ojos, cambiando de uno al otro todo el tiempo, como mirando un partido de ping-pong, para tratar de que se me pasara. Me pareció que se quería parar y le dije “quieta”. Vino uno de los organizadores junto con la primera con la que me había sentado, que me había “denunciado”, por decirlo de alguna manera. Por hablar. 


- Perdón, pero no estás haciendo bien la actividad. Tenemos que pedirte que te vayas. 
- ¿Pero cuál es el problema? 
- No mirás a la gente. 
- Sí, la estoy mirando. Pero mis ojos son así. 


Obviamente no conocía la palabra “Bizco” en alemán. No la conozco en ningún idioma, apenas puedo escribirla en español. 

- Lo siento pero tenés que irte. 
- No es mi culpa, soy así. Quiero participar. 
- Ni siquiera me estás mirando ahora. Vinimos para mirarnos, no para discutir. Por favor andate. 

Cuando miré de nuevo ya eran varios los que había alrededor mío. Estaban serios, nadie se reía. Me declararon culpable sin juicio, así que me paré y me dispuse a irme. Pero en un momento dije, no puede ser, y cambié de idea. Me quedé parado sin moverme, no quería caminar. Entonces me empezaron a empujar dos chiquilinas, pendejas. A una le corrí el brazo cuando me quiso empujar de nuevo y eso derivó en que uno de los hippies me diera una palmada imprevista en la nuca y otro una patadita en el culo. Además empezó como un murmullo, un rumorcito en alemán. Empecé a caminar de nuevo, me dolía la nuca y la cabeza, pero no el orgullo. Siempre pienso en el orgullo en estas situaciones, rastreo pero no encuentro nada, realmente no comprendo ese sentimiento. 


Esa noche tenía otros eventos a los que ir, en particular porque era una noche de museos abiertos, algo así como “museos en la noche”. Pero, ¿adivinen qué? No salí, tenía un evento mucho mejor. Seguro ya saben cuál era. 

martes, 8 de septiembre de 2015

El perro que acaricia blogs



Hola, ¿con el Clash? Qué tal, sí. Para saber a qué hora abren. Claro. Fenómeno. Quedamos así. Nos vemos, hasta luego. Chau... sí, chau. 

Este fue uno de los diálogos telefónicos que mantuve la semana pasada. Me dieron una semana de licencia obligatoria en el trabajo, lo que me obligó a quedarme en mi casa mucho más tiempo del que me hubiera gustado. No es que no pudiera salir, pasa que soy un vago de mierda. 

De todas maneras pude dedicar mucho tiempo al perro, a quien realmente creo que llegué a conocer, y tomar resoluciones. Quería tomar alguna resolución pero no sabía sobre qué tema, y eso fue lo más difícil. Decidí hacerme gay. García Lorca era gay. Oscar Wilde era gay. Jeff Buckley era gay. Manuel Puig era gay, y es mi escritor argentino favorito. De hecho, es mi escritor argentino que se llama Julio favorito, y ni siquiera se llama Julio. 

Algún día les voy a contar del día que quería ir a la marcha de la diversidad o el orgullo gay para levantar alguna mina, pero me equivoqué de evento y fui a la marcha por los desaparecidos. Pero hoy les voy a contar de esta semana en la que no pasó nada. Este post no es gracioso, pero ustedes leyendo sobre una semana de mi vida en la que no pasó nada, bueno, qué quieren que les diga. 

Por cierto, aprovecho este espacio de reflexión que es la introducción para decirles que ya me di cuenta que todos ustedes son actores y que esto es The Truman show, pero The Stirkov show, así que dejen de actuar y háganme la vida menos difícil, que igual para ustedes es lo mismo. Denme plata e igual me hago el que sufro. “Ay cómo sufro ñam ñam” comiéndome un flan en la playa. 

***

- ¿Te gusta?

- Sí, me gusta.

- Pero no pusiste "me gusta".

- Te lo digo acá, ¿te basta?

- No te sientas especial, no sos el primero al que llamo por esto. Ni siquiera me importa si te gusta, solo quiero que lo indiques… esperá que el perro me quiere decir algo, creo. 

Este tipo de diálogos se veía interrumpido porque Ramón, el perro, me miraba fijo. Yo ni siquiera estaba comiendo, pero él me miraba. Cuando me miraba yo no podía hacer otra cosa que mirarlo a él, así que colgué el teléfono y me dediqué a hacer eso. Es raro, no entiendo muy bien por qué me pasa, pero siempre tengo algo que me gusta mirar. El año pasado batí record de mirada por la ventana. Dos mil siete fue el año de mirada a la pared, dos mil diez el año de la mirada al techo. Estas cosas no sé ni por qué las digo, creo que me quedó esa estupidez de que ser sincero te ayuda de alguna manera a sentirte desahogado. Una vez fui a la psicóloga para ver qué pasaba si hablaba del todo sinceramente por una vez en la vida. Y no pasó nada.

***

Hay un pasea perros que lo viene a buscar dos por tres para llevárselo a pasear. Tiene llaves de la casa, lo cual me puso un poco nervioso al principio, pero ahora no porque igual no tengo nada para que me robe. ¿Qué me va a hacer, violarme? 

El tipo siempre entra y grita “me llevo a Frodooo”, “me llevo a Frodooo”. A ver, tarado, no se llama Frodo, se llama Ramón, ¿qué te pasa? La primera y la segunda vez se lo dije, “mirá que se llama Ramón”, “sí sí, claro, me confundí” me dice; se lo dije bien, le di el beneficio de la duda. Ya a la tercera que entra al grito de “me llevo a Frodo” ni me levanto de la cama para contestarle, dejá de romperme la pija con Frodo y llevate al perro de una puta vez. 

Me molestó porque estaba de calzoncillos en la cama con la computadora, no me podía levantar porque estaba ocupado haciendo algo que no sé qué era. Ya me acuerdo, le estaba diciendo a mi madre que si pone me gusta en alguna foto automáticamente la bajo. 

Una vez llegué a la casa y lo vi saliendo del baño. Me pidió perdón como siete u ocho veces. “Todo bien”. No sabía qué decirle, no entiendo que alguien te pida perdón por eso. La otra vez que me pidió perdón fue cuando se olvidó de las llaves de la casa, y de todas las casas de los otros perros, en la puerta de la nuestra, del lado de afuera. Cuando llegó a buscarlas ya no estaban. “Perdón, de corazón te pido perdón”. Hubiera sido más lógico que me pidiera perdón por el retraso, aún sin haber llegado tarde. 

Me dio pena por Ramón, aunque supongo que no hace tantos juicios. Cuando lo traen de pasear viene con sus perros amigos, pero son de esos perros amigos por obligación, si se los cruzara en cualquier otro contexto se ladrarían o se pelearían, pero aquí el perro amigo cimarrón lo miraba desde la puerta, tipo “así que esta es tu casa” y Ramón cansado y contento de haber paseado, “si los humanos dicen que tengo que hacerme amigo de estos perros, y bueno, me haré amigo, yo qué sé, me da lo mismo, son unos perros ahí, por favor que a alguien se le caiga un cacho de comida al piso hoy”.

Realmente no podía parar de pensar en qué mierda estaba pensando todo el día Ramón, porque no me da la cabeza para creer que no piensa. Qué piensa por ejemplo cuando me ve llegar. Cuando cocino. Por qué se hace tantas expectativas. Cómo es vivir con una ausencia absoluta de orgullo. ¿Es mejor? ¿Es peor? ¿Es igual?

Un día entré a una panadería y pedí una salsa de tomate Conaprole de litro, que tenían a la vista detrás de la caja. La que atendía me dijo “no, no está a la venta, es para uso nuestro”. Pero la estás exhibiendo, graciosa, pensé, y entonces le pregunté por el pan, “¿el pan sí está a la venta?”. “Jua jua jua”, les hizo muchísima gracia. Qué suerte que se diviertan, yo me quería ir porque me estaba meando. Al final me compré un pan negro de molde. Me dieron a elegir entre el chico y el grande. “¿Cuánto salen?”, pregunté. “Lo mismo”, me dijo, y se rió como si hubiera dicho una travesura. “Entonces dame el grande”. Era como un juego en el que estás haciendo trampa. Evidentemente no le habían explicado bien el guion del Truman Show o no se lo había aprendido del todo. Me fui pensando qué bueno que sería que dejaran de tomarme el pelo. 

Llegué a mi casa y dejé el pan, con la bolsa, arriba de la mesada de la cocina. Estuvo ahí toda la tarde. De noche me fui a dormir. Al otro día me levanté, fui a la cocina y ya no estaba. En el piso estaba la bolsa toda mordisqueada. El perro se había comido todo el pan, enterito. No dejó nada. 

“¿Qué hiciste? ¿¿Qué hiciste??”

Obviamente se dio cuenta e hizo toda la actuación de culpabilidad típica de un perro. 

“Con eso no alcanza. No alcanza con nada, no tengo para desayunar. Estoy tratando de salir del closet y vos me hacés esto”. 

“Perro”

“¿Qué? ¿Me dijiste perro?“

“…”

“Ramón.”

“…”

“Te comiste todo el pan y no le pusiste ni mermelada, después me decís perro a mí. Dejá de actuar". 

Y entonces empecé a fingir que estaba llorando para hacerlo sentir mal, le decía “por qué… por qué…” mientras hacía mis cosas, estuve un buen rato así, y después me sequé las lágrimas y me hice un omelette. 

La verdad es que Ramón es el ser animado con el más hablé en las últimas semanas, pero por lejos. A veces le hablaba largo y tendido, tipo conversación. Ustedes creerán que era una conversación conmigo mismo, pero no. Era con el perro. Pero otros días solo le decía una palabra o una frase, se la repetía muchas veces y no le decía nada más en todo el día. Hubo una semana en particular en la que tomé nota de lo que le decía. Fue así: 

Martes: Ramón. 

Miércoles: There has been an awakening. Have you felt it, Ramón? (contestaba que sí). 

Jueves: Peñarol. 

Viernes: Dejá de actuar para el Truman show, ya me di cuenta (a veces lo cambiaba por “el show de Pepe, o el Show de Stirkov”, y una vez dije “el show de Don Francisco” porque me confundí, y dije “la puta madre”). 

Sábado: ¿Alguna vez viste a un león con hambre comiendo pasto, Ramón? 

Domingo: Así son las cosas, Ramón. 

Igual les digo que llegar y que te venga a recibir el perro a veces tiene lo suyo. Me acuerdo el miércoles que hacía un frío de cagarse y yo llegaba a mi casa como a las once de la noche, caminando despacio porque estaba muerto y mirando para arriba, no importa pensando en qué pero diciendo “no” con la cabeza y pensando “sos un mongólico… sos un mongólico”, pero no agresivamente, como de una forma pasiva, casi como susurrándolo, como cuando dejás de creer en tus propias mentiras, o como alguien que sigue haciendo un chiste que es de mal gusto, ese momento en el que ya podemos no reírnos y solo nos sentimos mal por la parte del mal gusto. Entonces una noche como esa llegás y está el perro ahí, le chupa un huevo tu dilema moral y tu crimen perfecto, hasta parece que te dijera “yo también soy un animal, vamo’ arriba que no le importa a nadie y a mí tampoco, pará un minuto que me tengo que lamer el pito”; te hace sentir bien. Te festeja la mitad de lo que les festeja a tus otras dos compañeras de casa, pero ¿quién soy yo para medir o juzgar eso? Después abrís la heladera y se termina el sentimentalismo, empieza la cara profesional de expectativa y lástima para que le des algo. 


***

¿Alguien quiere algo del supermercado? 


Me levanté de una siesta, me sentía medio raro. Soñé que pescaba caracoles. Así que fui al supermercado, y decidí llevar a Ramón. El pobre había estado todo el día sentado en el sillón, me daba lástima. Nunca lo había sacado. Agarré la correa y salimos. Casi se muere de la emoción. Yo me sentí la mejor persona del mundo. Hijos de puta de Truman show, recompénsenme por esto. Me olvido que no me llamo Truman. Llegamos al supermercado y lo dejé atado afuera. 

Últimamente en este supermercado (Disco) tienen como una sección “ofertas” en las que básicamente ponen un montón de cajas mugrientas llenas de productos a 15 pesos. Siempre que voy a comprar algo termino viendo solamente estas cajas, que están repletas de basura. Pero las recorro y observo, miro las fechas de vencimiento, veo las otras, vuelvo a las mismas. Me cuesta alejarme y termino comprando siempre un par de esos productos, que en realidad deben estar tres o cuatro pesos más baratos de lo habitual, no creo que más. Lo que me sorprendió es que hay otros tipos que hacen lo mismo que yo: estamos todos entre los treinta y los cuarenta y pico, solos, con camperas, generalmente de lentes, buscando, revisando, mirando la fecha de vencimiento, trancando el paso, agarrando tres, cuatro productos de esos, ahorrando tres pesos en cada uno, comprando galletitas de chocolate horribles, solo porque son ofertas. Ni siquiera miramos las otras cosas, porque a los que miran los productos que no son ofertas los miramos y pensamos “fa, que imbécil” o “este cheto”, “lo que es que te sobre la guita”, “cuánta guita al pedo” y nosotros comprando zanahorias en lata, "arvejas rehidratadas" o galletitas brasileras a quince pesos. 

En el supermercado me dí cuenta de que tenía ganas de comerme un pancho de carrito o de puesto de panchos, así que no compré nada, me fui a buscar eso.


***

A veces me encuentro en la situación de que se me ocurre algo y no tengo dónde anotarlo, y realmente no encuentro un block de notas o algo similar en mi celular para escribirlo. Estoy en la calle, no tengo dónde escribir nada, ni lápiz, ni lapicera, ni papel. Casi ni tengo mano. Si pudiera perderla no la tendría. 

Lo que siempre termino haciendo es escribirle por whatsapp a un amigo cualquiera diciéndole “no le des bola a esto, te estoy usando de block de notas” y listo, pero el problema que viene surgiendo últimamente es que se ríen como unos idiotas y me siguen conversando, me hacen preguntas, cómo me va, qué hay de nuevo, y como son mis amigos y les respondo, las notas que motivaron esa especie de conversación terminan quedando muy arriba y después me cuesta encontrarlas, lo cual es un embole. Entonces decidí que lo mejor sería escribirle a alguien a quien no le escriba nunca y que no me importe, así cuando me pregunte qué es eso que le escribí no tengo que contestarle ni nada. Algo así como un vertedero de ideas, por decirlo de alguna forma. Además, es como que los contactos con los que no hablás por whatsapp no están vivos, como que no me imagino que puedan contestar realmente. 

Elegí a una y le mandé esto, que era lo que se me había ocurrido escribir y no tenía dónde: 

“Quedar mal con dios y con el diablo”

“No entiendo Santiago, a qué te referís?“

“Nada, no le des bola. Chau”.

“Pero por qué me lo mandaste”. 

“No sé, no importa. Chau”. 

“Pará, explicate?”

“Vos ponés el signo de interrogación en cualquier lado… no hay nada que explicar, no sé por qué te lo mandé, fue sin querer, no le des importancia, olvidate.”

“Me estás hablando en serio?”

“¿Te das cuenta que mi idea original está quedando muy arriba y ahora voy a tener que leer toda esta conversación patética cuando entre de nuevo a leerla?”

“Flaco, ¿qué mierda te pasa?”

“Basta, no escribas más”.

“Si fuiste vos el que empezaste! Te voy a denunciar”. 

“Ok, pésima idea elegirte, y eso que tenía otras opciones”. 

“Estás loco, siempre me pareció”.

“Siempre te pareció qué? Cerrá la conversación y a dormir que es tarde”. 

“Sos vos el que me mandó un mensaje a las diez y media de la noche. 

“Ni que fueran las dos de la mañana. Era para otra persona, perdoná, me equivoqué”. 

“Ah, bueno, y por qué no empezaste por ahí?” 

“Porque se me acaba de ocurrir”. 

“¿Para qué me escribiste entonces?”

“Ya pasamos por esto. Que tengas buenas noches. Lo voy a copiar de nuevo. QUEDAR MAL CON DIOS Y CON EL DIABLO”. 

“Enfermo”. 

“Mañana madrugo, dejá de mandarme mensajes que ya me acosté y no me gusta poner el celular en silencio. No tengo claro si suena igual el despertador o no”. 

“Suena igual”. 

“Imposible creerte, no me das confianza”. 

Todo este diálogo transcurrió mientras yo caminaba por la calle, prestándole atención solamente a mi celular. Entre las diez y las once de la noche. En un momento me di cuenta de que había estado caminando atrás de una mina como dos cuadras. ¿Vieron cuando caminás y no podés pasar a la otra persona, y la otra no puede alejarse? Era como que caminábamos a la misma velocidad exactamente. Ella se dio vuelta una o dos veces, apenas, como para confirmar que yo seguía ahí, y creo que se puso nerviosa, pero yo no podía hacer nada. No se puede vivir pensando quién piensa que lo vas a matar y quién no. 

El problema fue que en un momento, enseguida después de que guardé el celular, me di cuenta que tenía que acomodarme algo en el pantalón. Digamos que las cosas no estaban en su lugar, que tenía todo mal puesto, el paquete estaba como si lo hubiera guardado así nomás, con apuro, descuidadamente. Entonces pensé “típico que me lo empiezo a acomodar y la guacha esta se da vuelta justo en ese momento”, y estaba seguro de que iba a ser así, pero no podía dejar de hacerlo por esa especie de superstición, porque realmente estaba muy incómodo, terriblemente incómodo. Así que me metí la mano por adentro del pantalón y el calzoncillo, digamos que el contacto fue total, y mientras miré a la chiquilina para confirmar que no se diera vuelta, pero justo en ese momento, justo en ese instante, se dio vuelta y me vio, mirándola con mis lentes con graduación 3 de miopía, la mano adentro del pantalón y respirando por la boca por la agitación, la cabeza inclinada un poco hacia arriba no sé por qué; sin embargo, no hizo nada, siguió caminando un poquito más rápido, yo terminé de acomodar mis cosas, por primera vez en la vida puedo decir eso, y decidí que era el momento de pasarla, pero enseguida decidí que era el momento de parar para que ella se alejara, mejor. Me quedé parado en la vereda y aproveché para acomodarme de nuevo porque no había quedado bien, y justo pasó un taxi con dos amigas de mi madre. 

Me acordé de repente que era gay, cada tanto me olvidaba. Me cuesta mucho acordarme de esas resoluciones. 

***

Ahora viene la parte sensible, es como un voto de confianza que hago con ustedes pero esto es un mensaje que le escribí a mi ex, digo escribí porque no llegué a mandarlo, me parece. De todas formas no entiendo lo que significa: 

Salí a ver si podía comprarme un pancho, no encontré nada y empezó a llover como un pelotudo, la lluvia no es el pelotudo, soy yo, y el panchero, que tapa la olla y no te deja ver el pancho. Pero no encontré nada, y vine pensando que soy como el idiota de Dostoievski, en fin, me conocés, y yo también, te conozco, sé lo que estás pensando, me conocen, te conocen, nos conocemos, no conozco al panchero todavía y él no me conoce a mí y me voy a dormir. 

Me pareció que no pasaba el test de calidad como para mandarlo, así que borré y escribí: 

Salí a ver si podía comprarme un pancho y el panchero de mierda quién sabe dónde se metió, dónde se encuentra alguien que le venda un pancho a uno a esta hora de la noche, dónde se encuentran tantas cosas, me vas a decir que en mercado libre porque sos una hija de puta pero sabés qué? Me quedé sin internet y en el celular me anda lentísimo, ni siquiera eso. 

No estaba bien, lo cambié por esto: 

No estoy encontrando dónde comprarme un puto pancho y me voy a dormir, pero primero te quiero decir que aprendí a hacer pastafrola, lo que no entiendo es cómo hacés para que el dulce de membrillo no quede tan duro, se derrite con el calor nomás? Ablandarlo con un tenedor es un embole, estás como diez horas. 

Lo cambié, al final le mandé esto: 

Lo único que quería era comerme un pancho y sabés qué? Dejá. Buenas noches para todos ;)



***

También le escribí a una chica con la que estuve saliendo hace un tiempo. Le escribí textualmente esto: 

Blablablablablablabla bla bla bla bla bla bla bla. ¿Querés salir de nuevo conmigo? 

Ella me respondió bastante rápido. Textual: 

bla bla bla no. 

Y después a otra: 

tengo una propuesta que no vas a poder aceptar

Y no contestó. Pero me acordé que ahora soy gay y le escribí a un conocido gay que tengo en whatsapp. 

Hola. Salí del closet. 

Y otro: 

Me refiero a que yo salí del closet, no que vos salgas. Primera persona del pretérito perfecto simple, no imperativo de segunda persona. No es una orden, es una afirmación. Salí del closet yo, hace unos días. 

Tampoco me contestó. 

***

Llegué a mi casa después de todas estas vueltas y del fracaso (discutible) de mis mensajes, y ya habían llegado Lucila y Guillerma, mis compañeras de casa. Fue la ida al supermercado más larga del mes, por lo menos. 

- Santi, ¿sabés dónde está Ramón?

- Ah, sí. Está en mi cuarto durmiendo. 

- Ah. ¿No era que no lo dejabas entrar a tu cuarto? 

- Y bueno, por una vez… ya vengo, voy a sacar la basura. 

Como ellas estaban cada una en su cuarto, grité “vamos Ramón, vamos a pasear… me llevo a Ramón”. “Ok” me dijo una. 

Por si no entendieron, no saqué la basura y no me llevé al perro, porque lo había dejado en el supermercado hacía como dos horas. Atado afuera. Había salido del super y obviamente me había olvidado de Ramón, pero totalmente. Ni lo miré cuando me fui.  El supermercado ahora ya estaba cerrado. Yo pensaba “que esté ahí el perro”, pero no pensaba en las consecuencias de que no estuviera, porque mientras corría al super y trataba de no resbalarme con el piso mojado, chequeaba si alguien me había contestado algo por whatsapp. Nada. 

Llegué y ahí estaba Ramón. Estaba nervioso, con las orejas paradas, medio mojado. Me vio y se alegró, pero no me dijo nada, solo movió la cola. Estaba demasiado cansado como para dar saltos. No lo acaricié porque hubiera sido como admitir mi error, así que actué con naturalidad, lo desaté y volvimos a casa. “Ramón, ¿por qué no me avisaste que te quedabas? Si fuera por vos te quedabas toda la noche acá, ¿te das cuenta? Me tenés que avisar, no es cuestión de hacer siempre lo que vos quieras. Que sea la última vez, si no te empiezo a decir Frodo”. Con estos bichos es así, si no les decís nada te pasan por arriba.