domingo, 15 de diciembre de 2013

Walter Chabón - The Mysteries of Pittsburgh

El abordaje a la novela (Los misterios de Pittsburgh) fue básicamente el siguiente: “Quiero leer una novela en inglés (porque estaba en un país en el que se hablaba alemán y había muy pocas chances de encontrar novelas en español o de entender novelas en alemán; luego encontré librerías enteras de novelas en español, pero era lo mismo de siempre) y siempre me encuentro con este Walter Chabón desde hace unos seis años en todas las estanterías, así que vamos a ver de qué se trata. Lo primero que me pareció curioso es que en el libro dice “Michael Chabon”, no sé si se trata de un seudónimo o de un error groserísimo de imprenta, pero lo cierto es que me compré la maldita novela de Chabón y después la empecé a leer.

Se trata de una novela en la que lo más importante es la relación del protagonista con su padre: lo que piensa de él, lo que piensa de su trabajo, lo que piensa que su padre piensa de él, la plata que le da su padre por mes, la culpa que siente por saber de dónde procede esa plata, la opinión de su padre sobre sus decisiones, y la opinión de su padre sobre su pareja. Todas estas cuestiones, que nadan por el cerebro del protagonista y narrador (como bien se encarga de transmitirnos), lo terminan convirtiendo en un personaje que, a pesar de lo que parece en los primeros capítulos, prácticamente no tiene personalidad ni poder de decisión alguno (ni siquiera sabe si es heterosexual, homosexual, o si se puede ser bisexual o eso no existe), algo que en un principio parece una falta del libro pero después no tanto.

En el medio pasan cosas, la mayoría de ellas aburridas pero algunas interesantes, sobretodo después de la segunda mitad del libro. El narrador tiene un problema, y es que narra demasiado, pero casi por obligación; da la sensación de que se siente obligado a dar detalles que en realidad intuye que no aportan nada (y por eso los menciona rápidamente). No es interesante que nos diga todas y cada una de las veces que tiene una erección (que no son muchas), o sea, está en los veinte, en mi opinión tendría que tener una por día mínimo, pero describe esa circunstancia como si fuera un acontecimiento político internacional. En una ocasión pide perdón, y se valora (me gusta que el narrador se salga por un segundo del relato), pero no es suficiente. Es solo un ejemplo de cómo cae en un tipo de narración clásica que cree importante destacar cualquier pavada que pasa o profundizar en cualquier detalle como si eso le aportara algún tipo de realismo inmediato o algo por estilo. O analizá la erección, o dejala de lado, pero no la enumeres. Si llegara a ser gracioso, por la repetición, me parecería bien. Pero no se repite tantas veces.

Cuando al protagonista no se le está parando, se está juntando a cenar con su padre o reuniéndose con sus otros dos amigos (algunos momentos de estos son de los mejores de la novela) o con su novia de nombre raro, Phlox o Plutox, otra “maga” de la literatura internacional, esa chica enamoradiza que admira a su novio y sus amigos, los idolatra, llora, amenaza dejarlo y no puede, trata de entenderlo, trata de leer, y más, ante la para nada atenta mirada del protagonista, que parece en general más aburrido que otra cosa, aunque por supuesto mucho menos machista y nabo que el protagonista de Rayuela.

En algunas partes parece un poco autista, o que tiene algún problema que le impide reaccionar. En el capítulo 14, por ejemplo, el padre se queja de que el protagonista no recuerda exactamente a su madre (que murió cuando él tenía 13 años), luego su novia se queja de que el protagonista se pone mal cada vez que se le menciona a su madre y de que no quiere hablar del tema… ¿Por qué no los caga a trompadas a todos? Eso no va a pasar, a pesar de que sea lo que deseamos. Pero no es un “elige tu propia aventura”. Y después de nuevo: I had mythologized her – sobre la madre de Arthur. Otra vez, los padres son los más importantes de la novela, tienen veintipico de años y solo piensan en sus padres, en qué piensan, en qué opinan, en qué dirán, en cuánto se parecen a ellos y en cuánto los han determinado para sus vidas.

Por momentos la novela parece que no va a ningún lado, lo cual no estaba mal, y por momentos recupera una especie de argumento, hasta que se puede encontrar en ella una historia, lo cual termina sorprendiendo, en mi caso gratamente, pero no porque tenga el argumento en cuestión sino porque parecía que no iba a tener ninguno. Entonces, la acción avanza a un ritmo bastante desigual, entre la primera mitad (más o menos), y la segunda, en la que empieza a pasar algo: hay mafia, hay policía, hay aventura, etc etc. Eso me pareció lo más interesante, que no cumpliera las expectativas. Siendo una novela corta se terminó convirtiendo en algo bastante leíble. Una película basada en la novela podría ser a grandes rasgos algo así: la primera mitad nos presenta a los personajes, nos muestra a los jóvenes hiper-bien vestidos, super cool, un cachito hipsters y actualizados, despreocupados e interesantes; hacen tomas lindas y diálogos raros e interesantes, y en la segunda mitad le dan la película a uno de los hijos de puta más alcahuetes de Hollywood y aparece toda la acción, los robots que vuelan, wolverine, etc etc. Siendo ordinario.


Entonces la terminé de leer y comenzó la parte de la intriga: ¿Tanto premio por esto? ¿Tanta fama? No es una reivindicación o una aceptación al poder consagratorio de la fama o los premios, pero me parece que es la única novela que leyeron en ese año. Tengo que leer las otras cinco de Chabón, obvio, si no no cuenta. Igual, ojo que el "tanto premio por esto" no es un esto; digo, la novela no es mala y es interesante, pero, digamos, por ejemplo, durante un mundial, no creo que la hubiera leído tan rápido. No es, sin embargo, una lectura indispensable para el verano, pero para mí la única lectura indispensable del verano es la fecha de vencimiento del helado.  

jueves, 4 de julio de 2013

Filisteos y Filisteismo de Nabokov en el siglo XXI

Desde hace ya muchos años, todo el respeto del mundo para Nabokov. Hace menos años, encontré una traducción al Español de Filisteos y Filisteísmo, y después de recortarle algunas partes queda así (lo escribió hace mucho tiempo, pero el no filisteo no va a tener problemas en hacer los paralelismos que sean necesarios):

Filisteo es la persona adulta de intereses materiales y vulgares, y de mentalidad formada en las ideas corrientes y los ideales convencionales de su grupo y su época. He dicho "persona adulta" porque el niño o adolescente que puede parecer un filisteo en pequeño no es sino un lorito que remeda los usos de filisteos inveterados, y es más fácil ser loro que ser garza blanca. En inglés, vulgarian viene a ser sinónimo de filisteo: lo que se señala en el vulgarian no es tanto en convencionalismo del filisteo cuanto la vulgaridad de algunas de sus ideas adquiridas. También se puede hablar de lo cursi y lo burgués. Cursi implica esa vulgaridad refinada, de visillos de encaje, que es peor que la simple vulgaridad. Eructar en compañía será de mala educación, pero decir "perdón" después de un eructo es cursi, y por lo tanto peor que vulgar. El término "burgués" lo empleo siguiendo a Flaubert, no a Marx. Burgués en el sentido de Flaubert es un estado del ánimo, no un estado del bolsillo. Un burgués es un filisteo satisfecho, un vulgarian con pretensiones.

No es probable que exista el filisteo en una sociedad muy primitiva, aunque también en ella, qué duda cabe, se puedan encontrar rudimentos de filisteísmo. Podemos imaginarnos, por ejemplo, a un caníbal que, para comer, prefiere la cabeza humana pintada artísticamente, lo mismo que el filisteo norteamericano prefiere las naranjas pintadas de anaranjado, el salmón pintado de rosa y el whisky pintado de amarillo. Pero, hablando en términos generales, filisteísmo supone cierto estadio de la civilización, donde a lo largo del tiempo se han ido acumulando ciertas tradiciones en un montón y han empezado a oler mal.

El filisteísmo es internacional. Se encuentra en todas las naciones y en todas las clases. Un duque inglés puede ser tan filisteo como un Shriner estadounidense, un burócrata francés o un ciudadano soviético. La mentalidad de un Lenin, un Stalin o un Hitler con respecto a las artes y las ciencias era totalmente burguesa. Un jornalero o un minero del carbón puede ser tan burgués como un banquero, un ama de casa o una estrella de Hollywood.

El filisteísmo no supone sólo una colección de ideas banales, sino también el uso de frases hechas, clichés, trivialidades expresadas en palabras manidas. El auténtico filisteo no lleva dentro más que esas ideas triviales, que componen todo su ser. Pero hay que reconocer que todos tenemos nuestros clichés; que todos, en la vida, cotidiana, empleamos muchas veces las palabras no como palabras sino como signos, moneda de cambio, fórmulas. Lo cual no quiere decir que todos seamos filisteos, pero sí que debemos estar atentos a no incurrir demasiado en el intercambio automático de perogrulladas. En un día de calor, una persona de cada dos nos pregunta: "No pasará usted frío, ¿verdad?", pero eso no quiere decir necesariamente que el que así habla sea filisteo. Puede ser simplemente un lorito, o un extranjero espabilado. Cuando alguien nos pregunta "¿Cómo está usted?", será quizás un cliché lamentable responder "Bien, gracias"; pero si en lugar de eso diéramos un informe pormenorizado de nuestra situación, pasaríamos por pedantes y pelmazos. A veces se recurre al tópico como forma de disimulo, o como camino más corto para huir de la conversación con necios. Yo he conocido a grandes eruditos, poetas y científicos que en la cafetería descendían al último nivel del tópico.

De modo que el personaje al que me refiero al decir "filisteo satisfecho" no es el filisteo a ratos, sino el tipo total, el burgués cursi, el producto completo y universal de la vulgaridad y la mediocridad. Es el conformista, el que se conforma con los usos de su grupo, y que también se caracteriza por el hecho de ser pseudoidealista, pseudocompasivo, pseudosabio. El engaño es el mejor aliado del filisteo genuino. Todas las palabras elevadas, "Belleza", "Amor", "Naturaleza", "Verdad", etcétera, se convierten en máscaras y falsedades en boca del filisteo satisfecho. Han oído ustedes a Chíchikov en Almas muertas, a Skimpole en Casa desolada, a Homais en Madame Bovary. Al filisteo le gusta impresionar y dejarse impresionar, y consecuencia de ello es que a su alrededor se vaya tejiendo un mundo de falsedad y de mutuo engaño. 

En su intento apasionado de conformarse, de asimilarse y de integrarse, el filisteo se ve desgarrado entre dos anhelos: el deseo de hacer todo lo que hace todo el mundo, de admirar o utilizar tal o cual cosa porque hay millones de personas que lo hacen, y la ambición febril de pertenecer a un círculo distinguido, a una organización, a un club, a una clientela de hotel o comunidad de transatlántico (con el capitán vestido de blanco y comidas maravillosas), y darse el gusto de saber que tiene a su lado al presidente de una gran empresa o a un conde europeo. Le emocionan la riqueza y la categoría social: "¡Querido, he estado hablando con una duquesa!". 

El filisteo ni sabe nada ni se le da nada del arte, incluída la literatura; su naturaleza esencial en antiartística, pero quiere información y está educado en la lectura de revistas (1) (...). 

(...) Por su amor a lo útil, a los bienes materiales de la vida, es víctima fácil de la industria publicitaria. 

(...) Los rusos tienen, o han tenido, un nombre particular para el filisteísmo satisfecho: póshlost. Póshlost no es solo lo que evidentemente no vale nada, sino sobre todo lo falsamente importante, lo falsamente hermoso, lo falsamente inteligente, lo falsamente atractivo. Aplicarle a algo la fatídica etiqueta de póshlost no es solo pronunciar un juicio estético, sino también una condenación moral. Lo auténtico, lo limpio, lo bueno, nunca es póshlost. Se puede sostener que un hombre sencillo, sin civilizar, nunca o muy rara vez será poshlista, porque el póshlost presupone el barniz de la civilización. Un campesino tiene que hacerse hombre de ciudad antes de ser vulgar (...)




(1) Blogs. En particular los que mencionan perros.

Nabokov, Vladimir. Curso de literatura rusa. Barcelona: Ediciones B, 2009 (1981). [Trad. María Luisa Balseiro].