miércoles, 23 de noviembre de 2016

Esta carita



Siete y media de la mañana. Me estaba haciendo un jugo de naranja y pensando al mismo tiempo, ¨qué embole que tengo que lavar esta juguera, es un embole, un reverendo puto embole, me gustaría tomarme el jugo e irme pero no, la quiero lavar enseguida, así no queda toda la naranja seca que después es más difícil, aparte es un asco dejar cosas sucias, la quiero lavar ya, ojalá pudiera lavarla antes de terminar de hacer el jugo¨, y lo que ocurrió fue que, finalmente, sí terminé de hacer el jugo, pero me olvidé de servirlo en un vaso y puse la juguera bajo del chorro de agua, y miré mientras el jugo se mezclaba con el agua de la canilla, sin poder reaccionar y sin siquiera darme cuenta de que algo estaba mal. Recién me di cuenta cuando me fui a servir y no tenía el jugo, ya se había ido por la pileta. Compartí la experiencia con un compañero de casa.

- Y bueno, te hacés otro.
- No hay más naranjas.
- Fa, Pepe.
- Perdón, es que tengo como una traba mental.
- Sí, yo tampoco funciono de mañana. 
- No, me refiero a que soñé con travestis de nuevo, y en general las cosas que sueño me duran toda la mañana, me queda la sensación o la reflexión si es que la hay.

Era un salón redondo y elegante, con un mosaico como indio en el piso, o algo así, y nueve travestis en círculo lo ocupaban. Yo me paraba sobre un triángulo que había en la mitad de la habitación, y los miraba pero no me animaba a mirarlos a los ojos. Y comenzaron con la primer pregunta. Claro, no podían empezar con la segunda.

- ¿Qué te trae otra vez por acá?
- Vengo en busca de consejo, honorable comité.
- ¿Acaso no fue suficiente la última vez que viniste?
- Pasa que me olvidé de lo que me dijeron.
- Podés hacer tu pregunta. Solo será una esta vez.
- Está bien... bueno, cómo empiezo... quería saber cómo proceder para hacer milanesas... ¿pan rallado, huevo, pan rallado? ¿O huevo, pan rallado, huevo?
- La respuesta la vas a encontrar en el momento en que sacrifiques tu tiempo para el mínimo beneficio de tu prójimo.
- ¿Por qué mínimo?
- El sacrificio debe ser grande, o el beneficio mínimo. Lo importante es la proporcionalidad.
- Ok. Otra cosa. Una vez fui a una fiesta de disfraces con una chica, y en algún momento la cambié por un travesti. Ella se quedó ahí y bueno, yo volví con otra persona.
- ¿De qué estaba disfrazada tu amiga?
- De amazona.
- Eso lo explica. Cambiaste una amazona por una-mas-hombre.
- Más que explicarlo, digamos que lo describe. ¿Me explican de nuevo lo de las milanesas?
- Vas a entenderlo llegado el momento. Dejate de garronear preguntas.


No sé por qué en el sueño inventaba esa historia de la amazona, que evidentemente no es cierta.


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La mayoría de las personas que me conocen ya lo saben, pero en los últimos dos meses me hice adicto a unas galletitas que venden en una panadería cerca de casa, y que tienen dibujadas una caritas con chocolate. Ellos le llaman "caritas", pero a mí me da un poco de vergüenza decirles así y generalmente las pido como ¨dame cinco de estas¨, señalándolas con el dedo, y la que atiende me dice ¨¿caritas?¨, y yo contesto que sí, haciendo de cuenta que me había olvidado cómo se llamaban. Siempre compro cinco pero a veces compro seis, cuando me siento medio triste. El café sube directo a la cabeza y el azúcar va a la sangre, pero estas galletitas van directo al corazón y no hay ningún cínico que pueda con ellas.

El problema que tengo para ir a la panadería es que suele llevarme mucho tiempo, como veinticinco o treinta minutos, y eso que está a dos cuadras de mi casa. Ocurre que, cuando voy, siempre abro la puerta y dejo pasar a alguien, y después a otra persona, y después a otra persona que sale, y ninguno de ellos se ofrece nunca a agarrar la puerta por mí, porque es una de esas puertas que se cierran solas. Si yo la soltara podría lastimar a alguien, que viendo la puerta abierta se abalanza hacia la salida-entrada. Pero a veces me parece que espero mucho tiempo, no sé por qué nadie me ayuda y toma mi lugar. De hecho, algunos de los que entran antes que yo son atendidos primero, por el cruel reglamento del orden de llegada. Igual admito que cada 10 minutos de espera a la entrada a la panadería, agrego una galletita más a la compra.

Mientras esperaba a que la gente terminara de entrar y de salir, agarré mi celular y empecé a contestar mensajes que tenía pendientes. Uno de ellos era de mi jefe, que me había pedido que alquilara unas luces en un local que estaba cerca de mi casa, luces para unas fotos. Juro que intenté alquilarlas, pero algo en mi cabeza no funcionó bien y terminé alquilando una cancha de fútbol cinco el martes de 20 a 21. Pagué por adelantado. Pasa que el lugar está al lado de la cancha, llegué ahí e hice eso por reflejo, casi. Le conté lo que había pasado.

- No entiendo cómo te pasó eso, Santiago.
- Yo tampoco, me confundí. No pasa nada, cancelo y te alquilo las luces mañana. Era urgente?
- No, pero las necesitaba para hoy.
- Perdoná.
- No pasa nada. Vas a cancelar la cancha me imagino.
- Sí.
- ¿Te devolverán la plata?
- Y... capaz que no toda, pero supongo que la mayor parte sí.
- Dale, avisame cuando tengas las luces.
- Ok, te escribo después porque estoy entrando a la panadería y te aviso cuánta plata más me tenés que dar.

Yo seguía esperando que alguien me sostuviera la puerta y mandé unos mensajes que tenía que mandar. Estaba escribiendo otro y me llegó una llamada de mi jefe.

- Santiago, me dijiste que ibas a cancelar la cancha, ¿me podés explicar?
- Ya la cancelé.
- ¿Me estás jodiendo?
- Epa, ¿qué pasa? No.
- Me mandaste un whatsapp invitándome a jugar un partido de fútbol cinco. .
- ¿Estás seguro?
- Sí.
- Fue sin querer, entonces. Iba a cancelar pero ta, es muy sobre la hora.
- Bueno no sé, jugás y me das la plata mañana.
- No pará, pero le dije a todos los demás que era gratis, que pagaban de mi laburo...
- No me tomes el pelo.
- Pero si me dijiste que alquilara una cancha.
- No, unas luces.
- Es cierto. ¿No podés, entonces?
- ...
- ¿Sabés de alguien que pueda?

A veces hay que agachar la cabeza y dejar que siga pasando la gente. Justo vi a una señora que llevaba una bolsa de pan rallado y ahí me di cuenta, es pan rallado, huevo y pan rallado. Pero lo empecé a repetir y se convirtió en una especie de círculo, ¨huevo, pan rallado, huevo y pan rallado, huevo, pan rallado, huevo y pan rallado¨ y perdí la idea de nuevo, no tiene ninguna lógica para mí, tampoco entiendo si el orden es importante o es caprichoso, pero por un momento juro que lo supe.


***


Siempre me parece patético cuando la gente se queja de la falta de solidaridad, la pérdida de valores, el desinterés colectivo. El único valor que perdí fue un teclado que me olvidé en un ómnibus, de solidaridad no puedo pensar mucho cuando estoy yendo a un banco a pagar cuentas. El otro día fui al Shopping Punta Carretas porque tenía que pagar una, y me encontré con que la entrada es medio rara, no tiene puertas giratorias ni nada sino de las normales, de las que se cierran cuando las dejás sueltas. Entonces la abrí como para pasar y en ese momento fue a pasar una señora, y mantuve la puerta abierta para que pasara. Pero cuando fue mi turno justo iba a pasar otro tipo, y lo dejé pasar también. Me hubiera gustado que dijera ¨no, pasá vos¨ y sostuviera la puerta, pero en lugar de eso pasó como si yo no estuviera. Y pensé, bueno, cosas que pasan (o personas), no voy a escribir un estado en Facebook por esto. El problema es que todos los que venían después hicieron lo mismo, todos pasaban y nadie agarraba la puerta, y yo la estaba sosteniendo para que no golpeara a nadie cuando la soltara. En determinado momento, después de unos minutos, empecé a pedirle a la gente que sostuviera la puerta así yo también podía entrar.

- Perdoná, te animás a...
- ...
- Disculpá, si podés...
- ...
- Che, podés...
- ...
- Hola, mirá, lo que me...
- ...
- Estoy tratando de...
- ...
- Me parece que...
- ...
- Estoy tratando de...
- ¿Qué?
- Nada. 

Así pasaron cerca de tres o cuatro horas, en un momento incluso fue la hora del atardecer y el sol me daba de lleno en la cara y no podía ver un carajo, ya ni siquiera sabía a quién le estaba abriendo la puerta para entrar o salir, y me empezaba a doler el brazo y me estaba meando. Se hizo tarde de verdad, noche. Ese día incluso falté a una clase que tenía que dar y por supuesto nunca pude pagar la cuenta, pero mejor porque la verdad es que me había olvidado de llevar la plata.

Por suerte volviendo entendí nuevamente y esa vez lo anoté, pan rallado, huevo, pan rallado. Huevo. Pan rallado.


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Así llegó el día en el que lo que nunca podía fallar, falló. Fui a la panadería con todas las ilusiones de comprar galletitas de caras para acompañar la tarde soleada, revivir a esta criatura llena de azúcar líquido que algún día morirá.

A la entrada ya pasó algo raro. Estaba saliendo una chica muy muy linda, diría que la más linda que vi en meses, increíble. Pelo suelto, morocha, no sé, tenía esa cosa rara, que no sé describir o que podría pero me da un montón de pereza. Me abrió la puerta y yo me la quedé mirando.

- Pasá.
- No, pasá vos- le dije.
- Dale.
- En serio, dale.
- No- me dijo-, dale que siempre me pasa esto, me quedo aguantando la puerta y pasa todo el mundo, estoy acostumbrada.
- Aha, ok.- le dije como si estuviera loca. Me embolaba decir que a mí también, la verdad quería comprar las putas caras y hacerme un café y mirar un partido o algo.

Pero cuando entré no las vi, me refiero a las galletitas, y además no me atendió ninguna de las muchachas, sino que me atendió el propio panadero. Un hombre bajito, rústico y con poca paciencia. Se podía leer en sus movimientos que consideraba el oficio de despachar los bizcochos como una sutileza, un trabajo fino y quizás menor, para el que él no tenía el talento necesario pero tampoco la calma. Para él, atender clientes era casi como una disciplina olímipca inaccesible, como un arte que no estaba interesado en dominar ni en apreciar.

- ¿Qué vas a llevar?
- De esas galletitas de las caras que tienen, ¿no tienen hoy?
- ¿La´ de las cara´?
- Sí. 

Buscó un poco. Y después me dijo estas palabras, que fueron durísimas.

- Acá la única carita que hay es la mia, y está medio complicado para comérsela.

Me quedé helado, tragué un poco de saliva o de aire.

- Está complicado eh- repitió.

No sabía qué decir, y no sé por qué solo me salió ensayar un consuelo, casi murmurando, inseguro. 

- Bueno, tampoco tanto.
- ¿Lo quéee?
- Entonces, ¿sabés a qué hora tendrán?
- Y... por hoy, creo que nada. Se acaban de ir las últimas.

Me fui lo más triste que se puede ir alguien de una panadería, que supongo que no es muy triste de cualquier manera. Ahí me di cuenta de lo idiota que fui con la chiquilina que me abrió la puerta, cómo desperdicié esa oportunidad, lo lento que fui, lo lento que soy siempre, cómo la duermo. Le podría haber dicho algo ahí mismo. Pero estaba cerca de la puerta, mandando un mensaje. Un golpe de suerte, al menos. Ya está, voy a hacer que este día valga la pena, no puedo ser tan mutante. La alcancé y se dio vuelta.

- Disculpá, te quería decir algo.
- ¿Qué?
- Nada, te quería preguntar si vos te compraste las galletitas de las caritas.
- ¿En la panadería?
- Sí.
- No, no. Solo pan.
- Fa, loco.

Me fui a pegarme una ducha, que disfruté sentado, abrazado a mis rodillas. Solo pan. Increíble.