viernes, 2 de septiembre de 2016

Diccionario de mentiras



Es lunes de mañana. Llego al trabajo, dejo la bicicleta en mi salón, me saco la campera; estoy todo sudado y recién ahora me doy cuenta que tengo puesta una remera que dice "en cualquier lugar menos acá" y más chiquito "mátenme" y más chiquito todavía "por favor", toda mojada, por supuesto. Me pongo el buzo de vuelta, me sirvo un vaso de agua. Saludo a la gente con voz grave de seis de la mañana, aunque son las nueve. Me preguntan cómo me fue en el fin de semana y decido tomar el diccionario de mentiras y abrirlo al mismo tiempo en que empiezo a hablar. Digamos que busco diferentes vocablos mientras intento esquivar una narración de lo acontecido.


- Nada, fui a comer a lo de mi madre.
- ¿Pero qué hiciste? Dijiste que era tu cumpleaños, no querés contar lo que hiciste.
- Quiero sí, pero no hice nada.
- Stirkov no quiere contar. Vino de mal humor, para variar.
- Jaja, en serio, tranqui toda la tarde, saqué a pasear a mis sobrinos.
- Qué manera de empezar la semana, qué cerrado que sos.

Yo, tranquilo, busco un poco mejor en el diccionario, una mentira me lleva a la otra, una definición despierta la curiosidad por la otra, paso las páginas, me dejo cautivar por la curiosidad, hasta que ya no puedo más, lector, juro que lo intenté, pero en un momento me doy cuenta de que estoy pasando el dedo por las páginas y en realidad no estoy leyendo un carajo, solamente estoy fingiendo y tratando de callarme la boca, algo que últimamente no logro hacer. Me esfuerzo un poco más, porque las imágenes del fin de semana empiezan a correr por mi cabeza como en una película que no estás siguiendo porque al mismo tiempo estás mirando en el celular videos de perros que juegan al fútbol. Esto es lo que hice ese fin de semana.

***

Llegué a la esquina de Rivera y Puntas de Santiago, en uno de esos barrios donde casi todas las calles tienen nombres de generales, es decir Carrasco, el domingo a las 7.30 de la mañana. Una mañana divina de agosto, helada, soleada, aunque ni siquiera había salido el sol. Fui en bicicleta, estuve cerca de una hora, pero me gustaba la idea de hacer ejercicio desde temprano, aprovechar el domingo. Paré a vomitar solo un par de veces y en un momento me desvié porque empecé a seguir a unas personas que estaban caminando y me gustaba cómo se habían vestido. Había llevado una cámara de fotos, los seguí hasta que me descubrieron y entraron a la escuela, ahí me reí, los saludé de lejos y me fui lo más rápido que pude.

Pero ir en bicicleta hasta Carrasco no hubiera sido ninguna hazaña si no fuera por lo que llevaba en la espalda, atado, además de la mochila: un cerdo de trece kilos en una bolsa de nylon de Macromercado. Eso fue lo que más me hizo transpirar, por un momento no sabía donde empezaba la transpiración del chancho y dónde la mía. El chancho hacía ruidos y me pareció entender que en algún momento me preguntó "cuánto falta". Hasta la bicicleta parecía transpirar. Me tuve que sacar los lentes porque estaban todos mojados. La cabeza del cerdo transpiraba también, y emergía de la bolsa. El hocico lo tenía al lado de mi oreja. Me hubiera gustado llevarlo como a ET, en un canastito adelante y tapado con una manta, pero la rusticidad me acompaña siempre y lo tenía agarrado a mi espalda, sudando a través de una bolsa. Otro detalle que todavía no mencioné es que estaba muerto, lo compré en una carnicería el día anterior. Cuando me lo dieron le dije al carnicero "te encargué un lechón, nunca dije que lo quería muerto", pero no les hizo gracia el chiste. Porque no lo dije, solo lo pensé.

Finalmente llegué a la casa, entonces. Le dije al chancho "ya llegamos, manteca", y toqué timbre. Tardaron como cuatro minutos en responderme. Una empleada, por supuesto.

- ¿Síiii...?
- Soy Santiago.
- ¿Qué Santiago?

Qué nombre de mierda que tengo, no rima con nada.

- Soy el novio de Cecilia.

No soy el novio de Cecilia, estuve saliendo con ella como un mes pero bueno, no voy a explicar esto por un intercomunicador.

- Ah, perdón, adelanteee...

Entré y me recibió una de las cinco empleadas que tenían adentro. Era como un puto palacio esa casa. Fui directo al jardín con el chancho. Era como un parque, pensé en pedirme un Uber para llegar hasta el parrillero. La piscina era de club, gigante. Estaba en el fondo, a media cuadra de una casita donde vivía el más chico de la familia (que conoceremos como "el curioso"). Era como una casa, pero en el jardín. No entendía cómo podía entrar eso en una misma manzana. Esa casita del fondo tenía cocina, dos cuartos, living. Hasta tenía su propio jardín, y una casita más chica para el perro. La casa del perro también tenía habitaciones. Tenía ventanas. Me pareció que también tenía medidor de UTE.

Esta era la casa de los padres de Cecilia, que estaban de viaje. Una semana antes había salido con ella y con sus hermanos: dos hermanos y dos hermanas. Gente rica, hijos de millonarios. Me parecieron simpáticos, centrados, buena gente. Estábamos medio borrachos y hablamos de hacer un asado un día. Alguien propuso hacer un lechón la semana siguiente y yo dije que me ofrecía a comprarlo y hacerlo si alguien me acompañaba. La preparación en la parrilla lleva horas, más de cinco. Me dijeron "no, es muy dificil". "Ustedes porque no saben nada, dejen al tío que sabe". "Dale, nos juntamos todos de mañana y lo hacemos, tomamos unos mates, o unos whiskys, nos damos un baño en la piscina". Me pareció excelente. Vine temprano porque no me gusta que la gente opine cuando armo el fuego, pero me imaginé que todos llegarían tipo a las nueve. Supuse que ya se me habrían ido las ganas de vomitar a esa hora. 

***

La casa estaba impresionante. Me hubiera encantado festejar mi cumpleaños ahí. Mi último cumpleaños fue un fiasco. Salí con una alumna inglesa y tuve un problema de comunicación que terminó siendo importante. Nos íbamos a encontrar en el bar Las Flores. Yo llegué veinte minutos tarde y todo transpirado, como siempre, porque fui caminando rápido y en subida. Ni siquiera tenía ganas de salir, no sé ni por qué mierda fui. Ella estaba sola y no había casi nadie. 



- Today is my birthday.

- Really? Your birthday?
- No, I mean. It could be. It´s tomorrow. Or next week.
- Oh, ok.
- What?

En fin, ella se pidió una bebida, no me acuerdo qué era, pero era tipo un ron con coca, solo que no era ron. A mí me dio curiosidad y la probé, me pareció que estaba bien pero que era una tontería que estuviera con coca, porque quedó como todos esos tragos, coca con alcohol. Entonces quise decirle que a mí me gustaría probar esa bebida pero sola, sin la coca. Y ahí se interpuso nuevamente la barrera idiomática. Tomar una bebida sola es straight, no alone, que es la traducción literal. 

- Do you drink it alone as well?

- Usually with my friends.
- Yes, but, alone?
- Perhaps.
- I would like to drink it alone too.
- Ok, you can buy some later, I don´t know...
- No, I mean, I want to drink it alone now, right now. I´m gonna order one and I'm gonna drink it alone. - Y me reí como diciendo “qué te pasa”.

Ella se levantó y agarró sus cosas y se fue, pensé que estaba yendo al baño pero nunca volvió así que supongo que no fue al baño, o si fue se desmayó ahí o algo. Eso se me ocurrió mucho rato después de que yo también me fui. Llegué a mi casa y me puse a mirar precios de medio tanques en mercado libre. 



***

Eran las nueve y media, ya había salido el sol y yo todavía estaba solo. El fuego ya estaba bien prendido, el cerdo estaba en la parrilla adobado y condimentado. Vino el jardinero. Me dijo su nombre pero no me lo acuerdo. Buen tipo, acento canario, se me puso a hablar.

- ¿Y? ¿Lo dejaron solo con el chancho?
- La historia de mi vida. No sé qué quiere decir eso pero bueno. Igual ahora vienen, me dijeron que venían temprano todos, a ayudar.
- Jaja.

Pasó una moto que iba tan rápido y hacía tanto ruido que nos distrajo y nos interrumpió, pero seguimos.

- ¿Qué?
- ¿Y vos sos amigo de ellos?
- De cecilia.
- Ah... los patrones no están, están de viaje ahora. Si no el señor ya estaba por acá.
- Bueno.

Me ofreció mate y le dije que no, pero le acepté el whisky. Por hacer algo, si no me embolaba. Me dejó la botella, casi llena. La del patrón. Le pregunté por su familia. Me dijo que tenía un hijo pero solo lo había visto una vez. Braian. No me dijo qué pasó ni le pregunté. Me habló también de su infancia, y cuando era jóven. Dijo que antes había tenido mucha plata. Mientras me hablaba yo dominaba una pelota que había encontrado al lado de la leña. Me moría de ganas de jugar al fútbol. Estaba podrido de mirar al chancho, estaba como riéndose.


***

Había un tipo limpiando la piscina también. El Victor. Tendría entre veinte y veinticinco, medio planchita. Lo convencí de jugar un cabeza en el jardín, le dije que los dueños no estaban. Mientras jugábamos me contaba de sus hazañas deportivas, que al parecer eran muchas. Goles desde la mitad de la cancha. Remontadas imposibles. Me molestó un poquito que fuera tan exagerado, que todo fuera tan heroico cuando él participaba.

- Una vez, en la escuela, en el campeonate interescolar, metí un golazo tan zarpado que nos dieron a todos el lunes y el martes libre, de asueto, para que pudiéramos procesarlo.

Eso se lo escuché decir antes a otra persona pero en otro deporte, me pareció medio raro. De todas maneras, me ganó veinte a diecisiete. Ya eran como las once la mañana, el chancho comenzaba a tomar color. Me senté con el Victor a tomar un whisky y me contó de su noche de sábado. Hay gente que entra en confianza rápido.

- Ayer salí y a la una ya estaba en pedo, y estaba en la parada de ómnibus esperando el trescientos y viene una gurisa que me convidó un vino, al final nos tomamos todo el vino y nos fuimos para la casa de ella, nos quedamos escabiando ahí tranqui, no pintó nada pero nos quedamos de charla, más problemas tenía esa gurisa... después me fui como a las cuatro y le escribí a mí ex, ya estaba re en pedo, nunca me contestó. ¡Encajando cualquiera eh!
- Sí sí...

Cualquiera, claro. Me vinieron como flashbacks de la noche anterior.

Cayéndome en un baño de bar. Tomando un taxi, pidiéndole que siguiera a otro taxi, que al final era el equivocado. Luna a través de los árboles, me da miedo que distraiga al taxista. Travesti con lentes de contacto que abre la puerta del taxi, desde adentro, y salta con el taxi un poco en movimiento. No recuerdo cuándo ni por qué se subió, y menos por qué se tiró. Sentirme mal por algo que dije... gritar de dolor en el taxi, un grito constante, inexpresivo... bajar a comprar vino, volver porque no me quieren vender... intercambio de palabras con el taxista... bajar al cajero a buscar plata... correr y sorprenderme de lo rápido que corro... noche rosada, una almohada que no era almohada...

- Sí, sí -repetí-. Yo tranqui, no salí. Por culpa de este hijo de puta -y señalé al lechón.

***

El Victor se fue, yo me tiré en el pasto al sol y me quedé dormido. Tuve un sueño. Soñé que llegaba a un lugar, una ciudad, pero en realidad era por Jacinto Vera, cerca del predio militar ese que hay, y había unos juegos olímpicos. Me encontraba con mi amigo que hace dos años que no veo porque vive en el exterior, le daba un abrazo y le decía "che, parece que hay unos juegos olímpicos acá. Mirá, estuve mirando bien, me parece que si me presento, puedo ganar en todo. Pero en todo, ¿eh? Lanzamiento de bala, por ejemplo, es una pavada, ya miré un tutorial, agarrás la bala así, te la ponés medio atrás de la nuca, a la mierda, no la ves más. Ciento diez metros vallas también, saltás y seguís corriendo, me tengo fé". Entonces empezaba a dirigirme hacia donde estaba la primer disciplina y me encontraba con Cecilia, y me decía "pará, antes vení que te quiero presentar a mi madre, quiero que la saludes", y entonces yo iba con ella y ahora estábamos como en un living, y mientras yo miraba de reojo y esperaba que la madre quedara libre, porque estaba hablando con otras personas como si fuera en una especie de fiesta, y yo estaba ahí esperando como haciendo una fila, esperando para saludarla, y mientras ya me estaba pediendo los juegos y yo pensaba fa, que se apure. De repente me la presentó y dijo "te presento a mi amigo Santiago, es mi amigo más violento" y yo no decía nada pero pensaba "en realidad yo no soy violento, no sé por qué eligió ese adjetivo, ¿habré hecho algo? Y mientras me terminaba de perder los juegos por saludar a esta gente.

***

Me desperté sin transpirar, que es el equivalente a mi estado de excitación. Transpirar es lo normal. Ya eran como las doce. Ninguno de los hermanitos ni la propia Cecilia me habían contestado los mensajes, ninguno había aparecido. Pensé si me podría comer el cerdo yo solo. Con el Victor y el jardinero, capaz. Convidar a las empleadas. Me embolaba todo, me sentía un idiota. Empecé a enojarme. Miraba el fuego durante minutos. Los lentes me protegían del humo, pero los tenía todos manchados de grasa y sudor. Estaba sudando hacía más de cinco horas. Mucho más. Sudaba hacía días, semanas, meses. Sentí como si toda mi vida hubiera estado sudando. Sudando con frío, con calor. Divirtiéndome, aburriéndome, durmiendo, sonriendo esperando que me saquen una foto que en realidad no salía porque era un video.

***

En un momento se acercó un niño. Era el hermanito chico de Cecilia, lo habían ido a buscar después de una actividad cheta de fin de semana o algo así. Se me acercó, miró el lechón y me preguntó, ignorando mi saludo:

- ¿Vos le querés tocar las tetas a mi hermana?
- Eh... no...
- Puto.

Y se fue.

***


Llegaron todos a las dos. Dos de la tarde. Yo estaba mirando el fuego, a un metro de distancia. No me di vuelta. Las gotas de sudor en el piso marcaban un perímetro que era peligroso cruzar. Los empleados de la casa ya lo sabían, pero los hermanitos ricos todavía no y era un riesgo para ellos. Los escuché comentando lo que habían hecho la noche anterior, mientras se acercaban. Lo cansados que habían terminado. Lo tarde que los había pasado a buscar uno de ellos. Lo lindo que estaba el día. El hambre que tenían. Cecilia todavía no había llegado, ni siquiera. Había dicho que llegaba más tarde.

- ¡Opa! ¿Ya arrancaste? ¿Cómo va eso? -me dijo uno de los pibes. El simpático, vamos a bautizarlo.
- Bien.

Ese "bien" sonó a ultratumba. Tuvo reverb. 

- ¿El lechón? - preguntó otro, que bauticé "el curioso". "El simpático" se acercó un poco al perímetro pero vio que no estaba.

- ¿No pintó el lechón?

Me dí vuelta y vieron mi rostro por primera vez cuando dije estas palabras.

- Cuando el lechón está pronto, no necesita anunciarse. No tiene tiempo, no tiene lugar, no tiene un lenguaje que lo acepte, que lo abarque. Las fronteras, los elementos, no significan nada para él. Ya incorporó todo lo mejor de nosotros. Las mejores obras de arte que la humanidad ha dado pueden discutirse. Dependiendo de su marco de referencia, cada persona puede ver en ella algo diferente. Pero el lechón maneja el lenguaje de los absolutos. Cuando el lechón prospera, toca el cosmos. No pregunten por el lechón. Cuando ustedes estén listos para él, él vendrá a ustedes. ¿Quién puede hablar en nombre de otro, realmente? Yo no soy el lechón. Pero, hoy, si pudiera ser alguien más, sería él. El lechón se hará presente cuando él lo crea necesario. Si me disculpan...

Agarré la bici y me fui. Le pedí a la empleada que me abrió cuando llegué que me abriera la puerta nuevamente.

***

Lunes en el trabajo, con el diccionario de mentiras en la mano, recuerdo el mejor momento de mi fin de semana. Primero, poniendo el lechón arriba de la mesada de mármol. Rociando con whisky las patas traseras para enfriarlas, hasta poder agarrarlo. Sentir su peso, bastante menor a cuando lo llevé. Comenzar a girar para hacer uso de la fuerza centrífuga, como en el lanzamiento de martillo olímpico. Lanzarlo cerca de cinco metros hasta la piscina, para verlo aterrizar y flotar en el agua, desprendiendo grasa y adobo en la superficie limpia Pero sobre todo ese instante en el que el cerdo volaba haciendo círculos, que si pudiera haberlo fotografiado probablemente no se vería tan bien como se ve ahora en mi cabeza.


Mantengo el silencio. Hasta ahí, todo bien, pero con las palabras es así: lo último que decís puede derribar todo lo anterior. Es como un gol en la hora, te caga todo lo bueno que hayas hecho antes y no tiene contestación, es infalible. Siempre me gustó el golero que va a cabecear al otra área en el último minuto del partido, es lo que más me gusta del fútbol de hecho. Pero vamos a terminar un cuento bien.

Cierro el diccionario de mentiras, y lo apoyo delicadamente arriba de la mesa.

- Tranqui el fin de semana. En serio, no hice nada.


Y en realidad, era cierto.