miércoles, 23 de diciembre de 2015

Ya sé, ya sé y todos los ya sé del mundo



Cae la noche del viernes, es la hora de la cena, hace calor, se escucha el ruido de alas de murciélago, se escuchan motos a lo lejos. Hablo con el maestro, cuya existencia conocen pocos pero nadie sabe su verdadera identidad. Como aprendiz siempre escucho lo que me dice. Es un poco como Darth Vader ante el emperador, como Harry Potter cuando hablaba con Gandalf antes de dejar que lo maten, como Maradona cuando llamaba de madrugada a Pelé y todavía eran amigos, antes del mundial del ochenta y seis. Me comunico por chat porque se niega a revelar su verdadera voz.

- ¿Qué vas a hacer hoy?

- Tengo la fiesta de fin de año de mi trabajo. No quiero ir pero la verdad no tengo otra cosa para hacer y hay comida y bebida gratis. Supongo que intentaré pudrirla de alguna manera.

- Las fiestas de fin de año están buenas. Están todos contentos.

- Tengo ganas de comer y tomar y ojalá pudiera también caerle a alguien pero la verdad que no hay nada. 

- Re contraaaaaaaaaaaa andá. Más sabiendo todo eso, con todas las ganas, ese chivito en la boca. A mordiscazo.
Ñaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Ñaaaaaaaaaaaaaaacaaaaaaaaaa
La cerveza tragala directo.
Y toda la noche conversándote a alguien, no jodas, alguien tiene que haber.
Toda la noche.
Hablándole a una mina con la boca siempre con comida o cerveza.

- Sabés que siempre sigo tus consejos. Seguramente lo haga, tengo mucha hambre.

- Bien. Las explicaciones para la hora del café, acá venis a quedar como un tarado.

- Nunca te defraudé.  Si me agarran mal puede pasar cualquier cosa.

- Siempre hay que llevar todo a que te agarre mal. Todo siempre se olvida, igual.

- Sí, no me importa.

- Pila de cosas que yo hice desaparecieron mágicamente.

- Yo también.

- Lo importante que comas mucho pero en plan tipo cumpleaños de niño, "tratá de comer algo porque después llegás y tenés hambre pero en el cumpleaños no comiste nadaaaaaaaaa"
"Y ahora te tengo que cocinar guriiiiiiiiii de mierdaaaaaaa"
Me voy a hacer algo para comer, hablamos después.  

***

Lo más rescatable de la cena fue que cuando me fui agarré dos panes de pita rellenos, uno en cada mano, y me fui de la fiesta, porque al final había sido solo una cena. Era medio temprano y estaba demasiado lindo para no estar afuera. Me compré una cervecita chica y unos cigarros, que hacía como dos años que no compraba. Siempre le pido a alguien, fumo poco y mal pero me encanta. Fue difícil hacerlo con los dos panes de pita en las manos, los tuve que agarrar con una sola y hacer toda la transacción con la otra. A esa altura ya había caminado entre veinticinco y treinta cuadras. Pero la verdad es que me los quería comer de desayuno y no me entraban en ningún bolsillo.

Me senté en una plaza donde había una multitud mirando una especie de espectáculo de algo. “A ver qué hacen estos pajeros” pensé, pero nunca lo descubrí porque ni siquiera presté atención, me entretuve con la imagen del bebé canceroso, quemado y roswelliano de la caja de cigarros.

De repente la cerveza hizo su efecto secundario y me estaba meando. Le pregunté a uno que estaba sentado en un escalón, a dos metros de mí, más o menos, pero me acerqué primero.

- Disculpá… digamos que uno quisiera mear por acá. ¿A dónde podría ir?
- ¿Pegar?
- Sí.  
- Hay un loco que pasa faso y merca, “el ***”, es uno que andaba por la vuelta hace un rato.
- ¿Si lo ves me avisás?
- Sí.

En esa última respuesta se notó que se dio cuenta de que no estaba haciendo lo correcto, así que lo dijo con poco convencimiento y no me habló más. Yo me fui a mear atrás de un árbol.

Cuando meaba pasó caminando un gato que era igual a Gunter, el único y mejor gato que tuve. En esa época no sabía todavía que tantas personas en el mundo estaban obsesionadas con sus gatos, ni se podía prever la cantidad de miles de millones de fotos de gatos que vería en la siguiente década. Videos de gatos, fotos de gatos, audios de gatos, biografías de gatos, ONG’s de gatos, líneas telefónicas de denuncias anónimas de maltratos a gatos, series animadas sobre gatos, series no animadas sobre gatos, gatos sobre gatos. No sabía que los gatos iban a ocupar nuestro lugar, que los humanos ya nos darían asco en el futuro, que solo los gatos serían aceptados, dignos, respetables. Todavía sentía confianza al lado de un gato, no como ahora que me siento inferior, poco digno, inseguro. Pendiente de la opinión del gato, que casi nunca manifiesta.

Hace unos años salí con una mina de noche, y en un momento íbamos por una callecita de La blanqueada, creo, y nos cruzamos con un gato, y ella lo agarró, lo alzó, lo empezó a acariciar y a darle besos, y yo pensaba "con esa boca vamos a apretar después", pero no, terminó yéndose con el gato. He leído que al parecer es algo que ocurre seguido. 
  
En resumen, este es el espacio de recuerdo para mi gato Gunter, que no es su verdadero nombre pero bueno, es navidad. 

***

Yo vivía con mi hermana y sus hijos, hace como nueve años, y este gato se había instalado en la casa porque nadie lo había querido adoptar. Sus tres hermanos se fueron rápido, pero tenía un problema en las patas de atrás, no podía caminar y nadie lo elegía. Además parecía autista, no maullaba casi nunca. Una vez yo estaba en el sillón y lo quise acariciar, pero me quedaba medio lejos y lo tuve que agarrar de las patas de atrás. No le gustó y me mordió. Fue la primera vez que reaccionó, me sorprendió un poco. Pero tenía razón. 

Su madre era la mascota oficial de la casa, y en determinado momento lo empezó a odiar. Cada vez que pasaba a su lado intentaba lastimarlo, le tiraba el arañazo. No sé si eso es normal en los gatos pero no me importa, para mí era una hija de puta. La mayoría de los animales son unos hijos de puta, si te ponés a pensar. El humano es el animal más bueno, después del perro y capaz que el carpincho. Mi padre me invitó a comer milanesa de carpincho una vez, pero le dije que no podía.

***

Los ataques de su madre no le importaban, pero sí le importó que cuando se le arregló lo de las patas lo hicimos dormir afuera. Una vez se pasó maullando toda la noche, en todas las ventanas de la casa. Iba de una a otra; de la cocina a mi cuarto, pasando por la azotea. Después de una hora así, cada vez que se acercaba a mi ventana yo pensaba “gato hijo de puta” pero no lo decía para que no pensara que sus maullidos tenían efecto alguno en alguien, y para que se sintiera devastado por la soledad y la ausencia absoluta de sentido en la vida. Es como cuando matás a alguien apretándolo con la almohada, que siempre me pareció un poquito cariñoso, desde cierto punto de vista. Por un momento pensé que se iba a morir de la tristeza y que no había otra opción y el mundo era así y bueno, yo no puedo hacer nada.

La primera noche hice un esfuerzo y lo soporté, supongo que terminó quedándose dormido también él. Llegué a pensar que se había hecho hombre. Pero en lugar de eso, decidió duplicar sus esfuerzos a la noche siguiente. No paraba de maullar, y mucho más fuerte. Era como una guerra, parecía joda. Iba de una ventana a la otra, se quedaba cinco o diez minutos maullando y se volvía a la otra. No lo podíamos entrar porque su madre lo atacaba y lo podía lastimar, era muy chico todavía. Nunca le tiró un manotazo a su madre. Yo tampoco, pero la bloqueé en el celular en mis últimos tres cumpleaños.

Cuando fue a cumplirse la tercera hora de maullido ya empezaba a sonar como si se hubiera roto algo, un ruido raro cuando terminaba su “miau”, como una respiración áspera. Parecía que se fuera a morir, que se estuviera dando disparos de Ventolin. Gato puto, pensé, gato de mierda. Melodramático. 

Sin embargo, cuando le abrí la ventana de la cocina y lo vi entrar tan apurado, desesperado, fue como si lo viera por primera vez: era hermoso, se parecía a Silvestre, negro con un poco de blanco. Temblaba y seguía maullando. Lo empecé a acariciar y no me dejó soltarlo. No era que me molestara, pero me aburría; sin embargo, luego de media hora de acariciarlo, si lo soltaba, volvía a maullar con la voz esa de Canario Luna que tenía. Quiero escuchar, el grito del canillaaaa. Entonces seguí. Una hora. Hora y media. Me daba cuenta de que no tenía sentido pero no se me ocurría nada que pudiera hacer. Nunca me iba a dejar dormir. Lo dejé dormido después de dos horas.

A partir de ese día se ganó como cierto respeto. Era como un perro, venía cuando yo lo llamaba, sin expectativas, solo venía con cara de cansado y se acercaba. Tenía corazón. Más de grande, otro día que no lo dejábamos entrar, se tiró al living desde las ventanas que daban a la azotea: no sé calcular muy bien, pero era un techo alto, cuatro metros tal vez. Hizo un ruido espantoso, pero ya estaba adentro. Comió algo y se fue a dormir.

Generalmente yo me desvelaba y bajaba a la cocina a comer algo o tomar un té y fumar. Ahí venía Gunter y me acompañaba, igual que un perro. En esa época yo trataba de escribir pero no me presionaba mucho. Escribía poesía. No me salía. Me acuerdo que una decía algo así:

corazón agitado sin causa
escucha el ruido de afuera
y siempre llega tarde
somos la licuadora, extraño
somos la gotera perfecta

A veces escribía solo una frase. Otras veces escribía solo una palabra, y otras escribía un par de letras que me gustaban. Otras veces dibujaba una buena pija. No tenía internet. 

Pero Gunter siempre estaba ahí, con cara de dormido, sin joder nunca, sin subirse a la mesa nunca. Me fumaba un pucho y hablábamos, en general hablaba yo y él me escuchaba. Un día desapareció por dos semanas. Por un momento pensamos que no iba a volver, pero en realidad yo sabía que sí, porque lo conocía. No era tan aventurero, no tenía mucha energía. Seguramente no estaba volviendo porque estaba lejos y le daba pereza. Igual no podía no decirle nada cuando volvió, así que le pregunté si se había ido a buscar una gata y me dio a entender que sí, pero no quiso hablar del tema.

Poco tiempo después me fui yo por dos meses, y volví un domingo a las siete de la mañana. Gunter vino a la puerta a recibirme, fue el único.

- Miau.
- Ya sé, loco. Ya sé.


***

Comenzó a venir lastimado como cuatro años después, y estuvo así mucho tiempo. Un veterinario nos dijo que en realidad era una enfermedad hormonal o algo así. Le dimos inyecciones periódicas de no sé qué cosa, pero no sirvieron demasiado, solo un poco. La sangre le chorreaba por todos lados, estaba sucio, nunca se lavaba. Daba mucha lástima verlo llegar todo sangrando una vez por semana, Los pelos blancos de la cara con la sangre toda sucia, la cara de cansado, extenuado.

Venía todos los días con heridas y tajos, agujeros en la piel que le dejaban la carne a la vista, casi hasta el hueso. No sabíamos qué le pasaba, pensábamos que tenía muchas peleas con los otros gatos del barrio y que venía destrozado por defender la casa. ¿Por defenderla de qué?

***

La última vez que lo vi estaba tirado en el patio, en la tierra junto a las plantas. Casi no se movía, no comía y no tomaba agua. Estaba mugriento: tenía polvo y hasta hojitas pegadas en el pelo. Pero no tenía heridas. Lo había visto el veterinario y había dicho que tenía una insuficiencia renal. Le preguntaron qué se podía hacer. “Ayudarlo”.  Así que esa tarde iba el veterinario.

- Se muere por inyectarle esa mierda el veterinario, ¿eh?
- Es lo único que puede hacer.
- Dale, dejalo sacarse las ganas, que disfrute de su sadismo, lo necesita para dormir bien.
- No es eso.
- Se muere por matar a un gatito, cobra por matar gatos, es más fácil que pensar cómo curarlos.
- No es así.
- Aparte dice “ayudarlo”. Cuidado con pedirle ayuda al veterinario, tiene una idea macabra de la ayuda.  

Era domingo y yo entraba a trabajar de dos a diez de la noche, lo cual quería decir que no iba a estar cuando el tipo fuera; así que me quise despedir. Pero sin que fuera nada muy dramático, solo quería acariciarlo, era como una obligación, lo mínimo. Estuvo enfermo mucho tiempo, mucho tiempo sangrando a diario; se notaba que ya estaba agotado. No abría casi los ojos. Y a pesar de que hacía días que agonizaba y daba pena verlo, cuando lo acaricié hizo un ronroneo como la primera vez. Era implacable. “Qué gato”, le dije. "Chau". Y me dijo algo con telepatía, con voz de humano, una voz cansada. Fue algo muy lindo y simple que prefiero no compartir. 

Para hacerlo decidió adoptar la voz del Canario Luna. Yo hubiera elegido a Zitarrosa o a Pedro Dalton. 

Traté de estar atento a la llamada de mi casa, pero había mucho trabajo y me entretuve. Trabajaba en una librería del shopping, un embole. Pasó la hora en que tenía que ir el veterinario, pero nadie me llamaba, lo cual me intrigó y me generó cierta expectativa. Algo había pasado. Gunter daba batalla, era típico de él y era raro que no me hubiera dado cuenta antes. ¿Se pensaban que se iba a dejar tocar por ese sádico de mierda, ese veterinariucho? ¿De verdad pensaban eso?

Me sonó el celular, pero era mi padre.

- ¿Querés venir a comer mañana? Voy a hacer mulita al horno con papas.
- No puedo, gracias. 
- ¿Cómo anda tu madre?
- No sé, papá, no hablo con mamá, no la atiendo. A vos te atiendo porque no te tengo registrado.

En un momento en que el local se vació un poco, llamé a mi casa, y atendió mi hermana. 
- ¿Y? ¿Fue el veterinario? 
- Sí, ya vino.
- ¿Y? ¿Qué pasó?
- Y… Santi… ¿qué querés que te diga? Pasó lo que tenía que pasar.
- Ah. Claro.

No tuve tiempo de sentirme idiota, pero tampoco me dejaron sentirme mal, porque ni bien corté una gorda me pidió que le recomendara un libro para una niña de doce años, que al igual que todos los niños estaba “muy avanzada para su edad”. Le mostré libros, pasé páginas, le expliqué, y cuando me quedaba un segundo libre, pensaba en la llamada, pero no más de un segundo. Fue casi como enterarse del resultado de un partido de fútbol. Perdió Uruguay. Ah.

***

En el ómnibus de vuelta fui pensando en la llamada que tenía que hacerle a mi novia, para contarle. Repetía los diálogos en mi imaginación, recreaba la historia. Le contaba por qué Gunter había sido héroe, un referente para su especie.

Cuando llegué a mi casa no había nadie, todo oscuro, silencio. Subí a mi cuarto con el teléfono, de línea y dejé todo apagado. Me quedé encerrado en el cuarto, sentado en la cama contra la pared, con todo oscuro. No veía nada. Hice la llamada.

- Bueno, contáme…
- Bueno… nada… fue el conchudo hijo de puta del veterinario y… este… eh… 

Hasta ese momento estaba bien, pero cuando tuve que vocalizar algo relacionado con el tema, explicarlo, decirlo YO, se me cerró la garganta y tuve que cortar y pensé, debe ser la tercera vez que lloro en la vida adulta, o la segunda, pero había empezado sin pensar en absoluto y era como una tormenta de verano; un desahogo, como un polvo. Pero en general la tristeza me dura lo que demora en pasarte el ómnibus. El problema es cuando te equivocás de parada, que en el fondo siempre es un poco a propósito o por idiota. Y las cosas que hacemos y están mal, y pensamos que son inconscientemente a propósito, en realidad no lo son. Son por ser idiota, es mucho más simple. Esto me está dando hambre. 

No le conté a nadie, porque ahí te dicen el “bueno pero ya sabías, ¿no?”, y vienen todos los ya sé, ya sé. 

Después me llamó mi padre a invitarme a comer yacaré. Le dije que me había hecho vegetariano.

- El yacaré es exquisito.
- Pero no como.
- ¿Comés salsa de soja, vos? 
- Sí, papá, pero dejá de invitarme a comer animales nuevos, me da asco. 
- Ah, jaja, como tu madre.
- ¿Y qué querés?

***

Y en algún lugar del mundo, en algún momento de diciembre, en alguna noche: tienes 36 mensajes sin leer.

tengo qu contrlarme
El lobo quiere salir
salir
aslir
slirs
alir
salir
salir
salir
salir
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