jueves, 22 de octubre de 2015

Churrascos en la noche


Hace unos días vi un evento en Facebook (después les voy a decir de qué) y decidí escribir esta historia, que no merece ser contada pero me parece importante para poner el tema arriba de la mesa, no sé de qué mesa, pero de alguna mesa. Últimamente no pongo nada sobre la mesa, de hecho estoy comiendo parado, con el plato en la mesada de la cocina. Despacio, haciendo otras cosas al mismo tiempo. También descubrí que mi actividad favorita es iluminar churrascos en la noche: ya van tres o cuatro veces que me levanto de madrugada porque me cuesta dormir, y si hay carne en la heladera, la saco, la pongo sobre un plato y la ilumino con una linterna, con el resto de las luces apagadas. Me da una tranquilidad media rara. Generalmente estoy así unos veinte o veinticinco minutos hasta que la guardo otra vez en la heladera y vuelvo a acostarme. Creo que nunca nadie me vio, o si me vieron no me dijeron nada. Otro día les cuento cómo empezó esto. 


Otra cosa que me da tranquilidad es, cuando me baño en alguna casa que no es la mía, tirar shampú, como si fuera kétchup en un plato imaginario. Lo veo caer, mezclarse con el agua y siento como mucha serenidad, después duermo mejor. 


Aprovecho este espacio para comunicarles que me dedico a dar clases de español para extranjeros y estoy buscando alumnos porque estoy casi sin trabajo. Pero alumnos de verdad. Si conocen a alguien me lo pasan. La última en pasarme una alumna fue mi ex novia. Me pasó el teléfono de una que supuestamente era brasilera y quería tomar clases: ya le había pasado mi tarifa y solo tenía que arreglar el horario. Me comuniqué por Whatsapp y arreglamos para que yo fuera a su casa determinado día. Cuando llegué me empezó a parecer todo medio raro. Para empezar, hablaba perfecto. 

- Hola, ¿cómo estás? Permiso. 
- Adelante Santiago, tomá asiento. 
- ¿Vamos a tener la clase acá? 
- ¿… perdón? 
- Me refiero a si querés tener la clase en esta habitación o…
- Pero, ¿qué clase? ¿Vos viniste por una consulta, verdad? 
- Una consulta… no. Soy profesor de español para extranjeros. ¿Vos no sos brasilera?
- No, soy psicóloga. 
- ¿Pero de Brasil? 
- No, de Uruguay. 
- …
- …
- ¿Hablás español? 
- Por supuesto. 
- Ah, claro. Bueno, mi novia me mandó acá. Mi ex. Me dijo “te conseguí una” y pensé que hablaba de una alumna. 
-…
- Primero pensé que me hablaba de una mina, no entendía nada.
-...
- ¿Me podés pagar la clase igual? 
- No. 
- ¿Y te tengo que pagar la consulta? 
- Sí. 
- Ok, me quedo a hablar, por lo menos. ¿Podemos hablar de Star Wars? 


***


En mis días de Hamburgo empecé a interesarme en cualquier tipo de evento, para hacer algo. No tenía trabajo, estaba cansado de caminar todo el día o andar en bici sin hablar con locales, así que empecé a poner “asistiré” a todos los eventos con los que me cruzaba en Facebook. 

Uno de ellos era el “The World’s Biggest Eye Contact Experiment: Hamburgo”. Si buscan el evento van a ver que se hace uno ahora en Montevideo, en noviembre. La idea es básicamente ir y hacer contacto visual con una persona. Como me embola explicar de qué se trata, pego lo que dice en la página: 

La idea es simple

1. Vamos a tener carteles claros que dirán "¿Dónde ha ido la conexión humana? Comparte 1 minuto de contacto visual para descubrir ... "

2. A continuación, nos sentamos en las mantas de picnic con almohadas 2x cada uno e invitar a los miembros del público para venir y compartir un momento de contacto visual con nosotros. 

3. Disfrute de la tarde juntos y luego subir el vídeo a la Libertadores en Perth, Australia, donde van a editar todas las imágenes de vídeo global para crear un vídeo increíble para ser compartido por todo el mundo! 


Está escrito así, como escrito por mi primo el retrasado mental, no sé si es para generar simpatía o por el retraso en sí mismo. Pero el de Hamburgo estaba en alemán y lo que yo entendía era muy poco, así que pegué el texto en ese otro gran retrasado virtual que es Google Translate y vi de qué se trataba, y compré. Fui a reuniones de Couchsurfing, ¿no voy a ir a esto? Nunca imaginé que iba a ser víctima de la peor discriminación desde la Segunda Guerra Mundial. 

El resto de la historia transcurrió en alemán también pero la voy a escribir en español porque hoy por hoy ningún alemán me lee, me parece. Sería ridículo. 

Llegué en la bicicleta, la até a un poste y empecé a caminar entre la gente que estaba sentada. Era raro, me sentía nervioso; tenía miedo de que alguien me interceptara y me invitara a hacer el contacto visual. Todavía no estaba preparado. Había algo en la postura en la que se sentaban todos que no me gustaba. Como muy rectos, una postura correcta, sana, alcahueta. 

En un momento vi a una chica, una rubia alemana de unos veinticinco años que buscaba con quién practicar el contacto en cuestión. “Esto no está tan mal”, pensé. Le hablé en mi pobre alemán. Ella sonreía pero no hablaba. 

- Hola, ¿cómo andás? 
- …
- ¿Todo bien? 
- …
- Ah, ¿no se puede hablar? 
- …
- ¿Un poquito? 
- …
- ¿Un poquitito? 
-…

Me aburrí y le hablé un poco en español. 


- Te reíste, perdiste. 
-…
- Ah, cierto que no es un “serio”. 
-…
- Yo siempre perdía al serio, y después me sentía terrible retrasado mental, es lo peor que te puede pasar en la vida, perder un serio. Y jugarlo también. Pedir para jugar otro. Impresentable. 
- …
- Yo lo jugaba con el idiota de mi primo, pero no sabía que era retrasado, aunque sospechaba. Me lo dijeron de más grande. 
- …
- Igual a veces ganaba él, de hecho estaba bastante parejo. 
- …
- Cuando me dijeron que él tenía ese problema me acordé de todas las veces que me había ganado y me reí de nuevo y le pregunté a mi madre si yo también tenía un retardo. 

Ella miraba con su sonrisa pero en un momento le empezó a dar como vergüenza o no entendí qué le pasaba, y ahí decidí no hablarle más. Fue un poco triste porque yo me sentía muy solo en Hamburgo y la verdad que necesitaba hablar con alguien, pero respeté las reglas de juego y me quedé en silencio. 

Después de un rato me levanté y me fui a buscar a otra persona. Quería empezar de cero, empezar bien, en silencio. Recién en ese momento me di cuenta de una cosa y me vino como un escalofrío, porque no me había dado cuenta antes o me había olvidado: soy bastante bizco de nacimiento, a un nivel que ahora no me importa mucho pero que a la gente le impresiona. La gente en general tiene problemas para mirarme a los ojos, no saben bien qué ojo mirar. Me jodían mucho con eso en la escuela, “bizcocho”, “pan con grasa”, “Biscayzacú”, “viscoso” (ese me ponía medio mal porque además me daba asco): fue como una tortura, más o menos hasta sexto, año en que uno de los bullys me dijo “se termina el año y no sabemos a qué ojo mirarte, Pepe”, y yo le dije “entonces mirame ESTA” y tuve mis primeros y últimos quince minutos de fama escolar. Lo que duraba medio recreo. A veces lo repito frente al espejo para sentirme bien. 

Pero en ese momento me acordé de eso y pensé, bueno, capaz que a la gente le incomoda o no lo entiende. No me importa, yo tengo derecho igual que ellos a estar acá. Pero es difícil defenderte cuando no hablás el idioma local, o lo hablás medio mal. 

Me senté con otro y empecé de nuevo. Me di cuenta enseguida de que no sabía bien a dónde mirar, pero intenté predicar con el ejemplo y lo miré a un ojo solo. Después de un minuto se paró y se fue, no me dijo nada. Esperé a ver si venía a sentarse otra persona pero al final pensé que lo mejor era pararme yo y buscar, y es lo que hice. 

Al siguiente me saqué las ganas y abrí un paquete de galletitas que había llevado. Unas con un baño de chocolate que, fah, no puedo ni pensar en eso porque me pongo a llorar. Salían menos de un euro. Me comí las galletitas como un cretino, llovían las migas por todos lados. Era como una tormenta de arena, las migas no caían sino que volaban. El tipo se paró, creo que le entró un cacho de miga en el ojo. 

Me senté con la cuarta y fue la última. Me pasó algo que me pasa a veces: cuando me pongo nervioso me tiembla un ojo. Y cuando me pongo muy nervioso me tiembla mucho. Me han llegado a preguntar durante una clase, en la facultad. En una clase de más de sesenta o setenta personas, que el profesor te pregunte por qué te tiembla tanto el ojo ya es medio raro. Siempre pensé que si se da cuenta es porque es algo muy notorio, pero mis amigos me dicen que nada que ver. 

Igual a esta chica no le gustó. Era una adolescente. Yo traté de quedarme lo más serio posible para dejar de reírme como un mongólico, pero me puse tenso, apreté los dientes. Respiraba muy fuerte por la nariz, se me abrían y cerraban los orificios nasales más rápido de lo normal. Empecé a ser tan autoconsciente de mi cara que el labio inferior también me tembló, porque cambié y traté de respirar por la boca. Levanté el mentón para que no se notara tanto. Por un momento me pareció que la chiquilina se quería poner a llorar, y le dije “tranquila” en alemán, pero sonó como amenazante porque cuando trato de adoptar el acento berlinés a veces me sale como una orden militar. Intenté mirarla a los dos ojos, cambiando de uno al otro todo el tiempo, como mirando un partido de ping-pong, para tratar de que se me pasara. Me pareció que se quería parar y le dije “quieta”. Vino uno de los organizadores junto con la primera con la que me había sentado, que me había “denunciado”, por decirlo de alguna manera. Por hablar. 


- Perdón, pero no estás haciendo bien la actividad. Tenemos que pedirte que te vayas. 
- ¿Pero cuál es el problema? 
- No mirás a la gente. 
- Sí, la estoy mirando. Pero mis ojos son así. 


Obviamente no conocía la palabra “Bizco” en alemán. No la conozco en ningún idioma, apenas puedo escribirla en español. 

- Lo siento pero tenés que irte. 
- No es mi culpa, soy así. Quiero participar. 
- Ni siquiera me estás mirando ahora. Vinimos para mirarnos, no para discutir. Por favor andate. 

Cuando miré de nuevo ya eran varios los que había alrededor mío. Estaban serios, nadie se reía. Me declararon culpable sin juicio, así que me paré y me dispuse a irme. Pero en un momento dije, no puede ser, y cambié de idea. Me quedé parado sin moverme, no quería caminar. Entonces me empezaron a empujar dos chiquilinas, pendejas. A una le corrí el brazo cuando me quiso empujar de nuevo y eso derivó en que uno de los hippies me diera una palmada imprevista en la nuca y otro una patadita en el culo. Además empezó como un murmullo, un rumorcito en alemán. Empecé a caminar de nuevo, me dolía la nuca y la cabeza, pero no el orgullo. Siempre pienso en el orgullo en estas situaciones, rastreo pero no encuentro nada, realmente no comprendo ese sentimiento. 


Esa noche tenía otros eventos a los que ir, en particular porque era una noche de museos abiertos, algo así como “museos en la noche”. Pero, ¿adivinen qué? No salí, tenía un evento mucho mejor. Seguro ya saben cuál era.