martes, 8 de septiembre de 2015

El perro que acaricia blogs



Hola, ¿con el Clash? Qué tal, sí. Para saber a qué hora abren. Claro. Fenómeno. Quedamos así. Nos vemos, hasta luego. Chau... sí, chau. 

Este fue uno de los diálogos telefónicos que mantuve la semana pasada. Me dieron una semana de licencia obligatoria en el trabajo, lo que me obligó a quedarme en mi casa mucho más tiempo del que me hubiera gustado. No es que no pudiera salir, pasa que soy un vago de mierda. 

De todas maneras pude dedicar mucho tiempo al perro, a quien realmente creo que llegué a conocer, y tomar resoluciones. Quería tomar alguna resolución pero no sabía sobre qué tema, y eso fue lo más difícil. Decidí hacerme gay. García Lorca era gay. Oscar Wilde era gay. Jeff Buckley era gay. Manuel Puig era gay, y es mi escritor argentino favorito. De hecho, es mi escritor argentino que se llama Julio favorito, y ni siquiera se llama Julio. 

Algún día les voy a contar del día que quería ir a la marcha de la diversidad o el orgullo gay para levantar alguna mina, pero me equivoqué de evento y fui a la marcha por los desaparecidos. Pero hoy les voy a contar de esta semana en la que no pasó nada. Este post no es gracioso, pero ustedes leyendo sobre una semana de mi vida en la que no pasó nada, bueno, qué quieren que les diga. 

Por cierto, aprovecho este espacio de reflexión que es la introducción para decirles que ya me di cuenta que todos ustedes son actores y que esto es The Truman show, pero The Stirkov show, así que dejen de actuar y háganme la vida menos difícil, que igual para ustedes es lo mismo. Denme plata e igual me hago el que sufro. “Ay cómo sufro ñam ñam” comiéndome un flan en la playa. 

***

- ¿Te gusta?

- Sí, me gusta.

- Pero no pusiste "me gusta".

- Te lo digo acá, ¿te basta?

- No te sientas especial, no sos el primero al que llamo por esto. Ni siquiera me importa si te gusta, solo quiero que lo indiques… esperá que el perro me quiere decir algo, creo. 

Este tipo de diálogos se veía interrumpido porque Ramón, el perro, me miraba fijo. Yo ni siquiera estaba comiendo, pero él me miraba. Cuando me miraba yo no podía hacer otra cosa que mirarlo a él, así que colgué el teléfono y me dediqué a hacer eso. Es raro, no entiendo muy bien por qué me pasa, pero siempre tengo algo que me gusta mirar. El año pasado batí record de mirada por la ventana. Dos mil siete fue el año de mirada a la pared, dos mil diez el año de la mirada al techo. Estas cosas no sé ni por qué las digo, creo que me quedó esa estupidez de que ser sincero te ayuda de alguna manera a sentirte desahogado. Una vez fui a la psicóloga para ver qué pasaba si hablaba del todo sinceramente por una vez en la vida. Y no pasó nada.

***

Hay un pasea perros que lo viene a buscar dos por tres para llevárselo a pasear. Tiene llaves de la casa, lo cual me puso un poco nervioso al principio, pero ahora no porque igual no tengo nada para que me robe. ¿Qué me va a hacer, violarme? 

El tipo siempre entra y grita “me llevo a Frodooo”, “me llevo a Frodooo”. A ver, tarado, no se llama Frodo, se llama Ramón, ¿qué te pasa? La primera y la segunda vez se lo dije, “mirá que se llama Ramón”, “sí sí, claro, me confundí” me dice; se lo dije bien, le di el beneficio de la duda. Ya a la tercera que entra al grito de “me llevo a Frodo” ni me levanto de la cama para contestarle, dejá de romperme la pija con Frodo y llevate al perro de una puta vez. 

Me molestó porque estaba de calzoncillos en la cama con la computadora, no me podía levantar porque estaba ocupado haciendo algo que no sé qué era. Ya me acuerdo, le estaba diciendo a mi madre que si pone me gusta en alguna foto automáticamente la bajo. 

Una vez llegué a la casa y lo vi saliendo del baño. Me pidió perdón como siete u ocho veces. “Todo bien”. No sabía qué decirle, no entiendo que alguien te pida perdón por eso. La otra vez que me pidió perdón fue cuando se olvidó de las llaves de la casa, y de todas las casas de los otros perros, en la puerta de la nuestra, del lado de afuera. Cuando llegó a buscarlas ya no estaban. “Perdón, de corazón te pido perdón”. Hubiera sido más lógico que me pidiera perdón por el retraso, aún sin haber llegado tarde. 

Me dio pena por Ramón, aunque supongo que no hace tantos juicios. Cuando lo traen de pasear viene con sus perros amigos, pero son de esos perros amigos por obligación, si se los cruzara en cualquier otro contexto se ladrarían o se pelearían, pero aquí el perro amigo cimarrón lo miraba desde la puerta, tipo “así que esta es tu casa” y Ramón cansado y contento de haber paseado, “si los humanos dicen que tengo que hacerme amigo de estos perros, y bueno, me haré amigo, yo qué sé, me da lo mismo, son unos perros ahí, por favor que a alguien se le caiga un cacho de comida al piso hoy”.

Realmente no podía parar de pensar en qué mierda estaba pensando todo el día Ramón, porque no me da la cabeza para creer que no piensa. Qué piensa por ejemplo cuando me ve llegar. Cuando cocino. Por qué se hace tantas expectativas. Cómo es vivir con una ausencia absoluta de orgullo. ¿Es mejor? ¿Es peor? ¿Es igual?

Un día entré a una panadería y pedí una salsa de tomate Conaprole de litro, que tenían a la vista detrás de la caja. La que atendía me dijo “no, no está a la venta, es para uso nuestro”. Pero la estás exhibiendo, graciosa, pensé, y entonces le pregunté por el pan, “¿el pan sí está a la venta?”. “Jua jua jua”, les hizo muchísima gracia. Qué suerte que se diviertan, yo me quería ir porque me estaba meando. Al final me compré un pan negro de molde. Me dieron a elegir entre el chico y el grande. “¿Cuánto salen?”, pregunté. “Lo mismo”, me dijo, y se rió como si hubiera dicho una travesura. “Entonces dame el grande”. Era como un juego en el que estás haciendo trampa. Evidentemente no le habían explicado bien el guion del Truman Show o no se lo había aprendido del todo. Me fui pensando qué bueno que sería que dejaran de tomarme el pelo. 

Llegué a mi casa y dejé el pan, con la bolsa, arriba de la mesada de la cocina. Estuvo ahí toda la tarde. De noche me fui a dormir. Al otro día me levanté, fui a la cocina y ya no estaba. En el piso estaba la bolsa toda mordisqueada. El perro se había comido todo el pan, enterito. No dejó nada. 

“¿Qué hiciste? ¿¿Qué hiciste??”

Obviamente se dio cuenta e hizo toda la actuación de culpabilidad típica de un perro. 

“Con eso no alcanza. No alcanza con nada, no tengo para desayunar. Estoy tratando de salir del closet y vos me hacés esto”. 

“Perro”

“¿Qué? ¿Me dijiste perro?“

“…”

“Ramón.”

“…”

“Te comiste todo el pan y no le pusiste ni mermelada, después me decís perro a mí. Dejá de actuar". 

Y entonces empecé a fingir que estaba llorando para hacerlo sentir mal, le decía “por qué… por qué…” mientras hacía mis cosas, estuve un buen rato así, y después me sequé las lágrimas y me hice un omelette. 

La verdad es que Ramón es el ser animado con el más hablé en las últimas semanas, pero por lejos. A veces le hablaba largo y tendido, tipo conversación. Ustedes creerán que era una conversación conmigo mismo, pero no. Era con el perro. Pero otros días solo le decía una palabra o una frase, se la repetía muchas veces y no le decía nada más en todo el día. Hubo una semana en particular en la que tomé nota de lo que le decía. Fue así: 

Martes: Ramón. 

Miércoles: There has been an awakening. Have you felt it, Ramón? (contestaba que sí). 

Jueves: Peñarol. 

Viernes: Dejá de actuar para el Truman show, ya me di cuenta (a veces lo cambiaba por “el show de Pepe, o el Show de Stirkov”, y una vez dije “el show de Don Francisco” porque me confundí, y dije “la puta madre”). 

Sábado: ¿Alguna vez viste a un león con hambre comiendo pasto, Ramón? 

Domingo: Así son las cosas, Ramón. 

Igual les digo que llegar y que te venga a recibir el perro a veces tiene lo suyo. Me acuerdo el miércoles que hacía un frío de cagarse y yo llegaba a mi casa como a las once de la noche, caminando despacio porque estaba muerto y mirando para arriba, no importa pensando en qué pero diciendo “no” con la cabeza y pensando “sos un mongólico… sos un mongólico”, pero no agresivamente, como de una forma pasiva, casi como susurrándolo, como cuando dejás de creer en tus propias mentiras, o como alguien que sigue haciendo un chiste que es de mal gusto, ese momento en el que ya podemos no reírnos y solo nos sentimos mal por la parte del mal gusto. Entonces una noche como esa llegás y está el perro ahí, le chupa un huevo tu dilema moral y tu crimen perfecto, hasta parece que te dijera “yo también soy un animal, vamo’ arriba que no le importa a nadie y a mí tampoco, pará un minuto que me tengo que lamer el pito”; te hace sentir bien. Te festeja la mitad de lo que les festeja a tus otras dos compañeras de casa, pero ¿quién soy yo para medir o juzgar eso? Después abrís la heladera y se termina el sentimentalismo, empieza la cara profesional de expectativa y lástima para que le des algo. 


***

¿Alguien quiere algo del supermercado? 


Me levanté de una siesta, me sentía medio raro. Soñé que pescaba caracoles. Así que fui al supermercado, y decidí llevar a Ramón. El pobre había estado todo el día sentado en el sillón, me daba lástima. Nunca lo había sacado. Agarré la correa y salimos. Casi se muere de la emoción. Yo me sentí la mejor persona del mundo. Hijos de puta de Truman show, recompénsenme por esto. Me olvido que no me llamo Truman. Llegamos al supermercado y lo dejé atado afuera. 

Últimamente en este supermercado (Disco) tienen como una sección “ofertas” en las que básicamente ponen un montón de cajas mugrientas llenas de productos a 15 pesos. Siempre que voy a comprar algo termino viendo solamente estas cajas, que están repletas de basura. Pero las recorro y observo, miro las fechas de vencimiento, veo las otras, vuelvo a las mismas. Me cuesta alejarme y termino comprando siempre un par de esos productos, que en realidad deben estar tres o cuatro pesos más baratos de lo habitual, no creo que más. Lo que me sorprendió es que hay otros tipos que hacen lo mismo que yo: estamos todos entre los treinta y los cuarenta y pico, solos, con camperas, generalmente de lentes, buscando, revisando, mirando la fecha de vencimiento, trancando el paso, agarrando tres, cuatro productos de esos, ahorrando tres pesos en cada uno, comprando galletitas de chocolate horribles, solo porque son ofertas. Ni siquiera miramos las otras cosas, porque a los que miran los productos que no son ofertas los miramos y pensamos “fa, que imbécil” o “este cheto”, “lo que es que te sobre la guita”, “cuánta guita al pedo” y nosotros comprando zanahorias en lata, "arvejas rehidratadas" o galletitas brasileras a quince pesos. 

En el supermercado me dí cuenta de que tenía ganas de comerme un pancho de carrito o de puesto de panchos, así que no compré nada, me fui a buscar eso.


***

A veces me encuentro en la situación de que se me ocurre algo y no tengo dónde anotarlo, y realmente no encuentro un block de notas o algo similar en mi celular para escribirlo. Estoy en la calle, no tengo dónde escribir nada, ni lápiz, ni lapicera, ni papel. Casi ni tengo mano. Si pudiera perderla no la tendría. 

Lo que siempre termino haciendo es escribirle por whatsapp a un amigo cualquiera diciéndole “no le des bola a esto, te estoy usando de block de notas” y listo, pero el problema que viene surgiendo últimamente es que se ríen como unos idiotas y me siguen conversando, me hacen preguntas, cómo me va, qué hay de nuevo, y como son mis amigos y les respondo, las notas que motivaron esa especie de conversación terminan quedando muy arriba y después me cuesta encontrarlas, lo cual es un embole. Entonces decidí que lo mejor sería escribirle a alguien a quien no le escriba nunca y que no me importe, así cuando me pregunte qué es eso que le escribí no tengo que contestarle ni nada. Algo así como un vertedero de ideas, por decirlo de alguna forma. Además, es como que los contactos con los que no hablás por whatsapp no están vivos, como que no me imagino que puedan contestar realmente. 

Elegí a una y le mandé esto, que era lo que se me había ocurrido escribir y no tenía dónde: 

“Quedar mal con dios y con el diablo”

“No entiendo Santiago, a qué te referís?“

“Nada, no le des bola. Chau”.

“Pero por qué me lo mandaste”. 

“No sé, no importa. Chau”. 

“Pará, explicate?”

“Vos ponés el signo de interrogación en cualquier lado… no hay nada que explicar, no sé por qué te lo mandé, fue sin querer, no le des importancia, olvidate.”

“Me estás hablando en serio?”

“¿Te das cuenta que mi idea original está quedando muy arriba y ahora voy a tener que leer toda esta conversación patética cuando entre de nuevo a leerla?”

“Flaco, ¿qué mierda te pasa?”

“Basta, no escribas más”.

“Si fuiste vos el que empezaste! Te voy a denunciar”. 

“Ok, pésima idea elegirte, y eso que tenía otras opciones”. 

“Estás loco, siempre me pareció”.

“Siempre te pareció qué? Cerrá la conversación y a dormir que es tarde”. 

“Sos vos el que me mandó un mensaje a las diez y media de la noche. 

“Ni que fueran las dos de la mañana. Era para otra persona, perdoná, me equivoqué”. 

“Ah, bueno, y por qué no empezaste por ahí?” 

“Porque se me acaba de ocurrir”. 

“¿Para qué me escribiste entonces?”

“Ya pasamos por esto. Que tengas buenas noches. Lo voy a copiar de nuevo. QUEDAR MAL CON DIOS Y CON EL DIABLO”. 

“Enfermo”. 

“Mañana madrugo, dejá de mandarme mensajes que ya me acosté y no me gusta poner el celular en silencio. No tengo claro si suena igual el despertador o no”. 

“Suena igual”. 

“Imposible creerte, no me das confianza”. 

Todo este diálogo transcurrió mientras yo caminaba por la calle, prestándole atención solamente a mi celular. Entre las diez y las once de la noche. En un momento me di cuenta de que había estado caminando atrás de una mina como dos cuadras. ¿Vieron cuando caminás y no podés pasar a la otra persona, y la otra no puede alejarse? Era como que caminábamos a la misma velocidad exactamente. Ella se dio vuelta una o dos veces, apenas, como para confirmar que yo seguía ahí, y creo que se puso nerviosa, pero yo no podía hacer nada. No se puede vivir pensando quién piensa que lo vas a matar y quién no. 

El problema fue que en un momento, enseguida después de que guardé el celular, me di cuenta que tenía que acomodarme algo en el pantalón. Digamos que las cosas no estaban en su lugar, que tenía todo mal puesto, el paquete estaba como si lo hubiera guardado así nomás, con apuro, descuidadamente. Entonces pensé “típico que me lo empiezo a acomodar y la guacha esta se da vuelta justo en ese momento”, y estaba seguro de que iba a ser así, pero no podía dejar de hacerlo por esa especie de superstición, porque realmente estaba muy incómodo, terriblemente incómodo. Así que me metí la mano por adentro del pantalón y el calzoncillo, digamos que el contacto fue total, y mientras miré a la chiquilina para confirmar que no se diera vuelta, pero justo en ese momento, justo en ese instante, se dio vuelta y me vio, mirándola con mis lentes con graduación 3 de miopía, la mano adentro del pantalón y respirando por la boca por la agitación, la cabeza inclinada un poco hacia arriba no sé por qué; sin embargo, no hizo nada, siguió caminando un poquito más rápido, yo terminé de acomodar mis cosas, por primera vez en la vida puedo decir eso, y decidí que era el momento de pasarla, pero enseguida decidí que era el momento de parar para que ella se alejara, mejor. Me quedé parado en la vereda y aproveché para acomodarme de nuevo porque no había quedado bien, y justo pasó un taxi con dos amigas de mi madre. 

Me acordé de repente que era gay, cada tanto me olvidaba. Me cuesta mucho acordarme de esas resoluciones. 

***

Ahora viene la parte sensible, es como un voto de confianza que hago con ustedes pero esto es un mensaje que le escribí a mi ex, digo escribí porque no llegué a mandarlo, me parece. De todas formas no entiendo lo que significa: 

Salí a ver si podía comprarme un pancho, no encontré nada y empezó a llover como un pelotudo, la lluvia no es el pelotudo, soy yo, y el panchero, que tapa la olla y no te deja ver el pancho. Pero no encontré nada, y vine pensando que soy como el idiota de Dostoievski, en fin, me conocés, y yo también, te conozco, sé lo que estás pensando, me conocen, te conocen, nos conocemos, no conozco al panchero todavía y él no me conoce a mí y me voy a dormir. 

Me pareció que no pasaba el test de calidad como para mandarlo, así que borré y escribí: 

Salí a ver si podía comprarme un pancho y el panchero de mierda quién sabe dónde se metió, dónde se encuentra alguien que le venda un pancho a uno a esta hora de la noche, dónde se encuentran tantas cosas, me vas a decir que en mercado libre porque sos una hija de puta pero sabés qué? Me quedé sin internet y en el celular me anda lentísimo, ni siquiera eso. 

No estaba bien, lo cambié por esto: 

No estoy encontrando dónde comprarme un puto pancho y me voy a dormir, pero primero te quiero decir que aprendí a hacer pastafrola, lo que no entiendo es cómo hacés para que el dulce de membrillo no quede tan duro, se derrite con el calor nomás? Ablandarlo con un tenedor es un embole, estás como diez horas. 

Lo cambié, al final le mandé esto: 

Lo único que quería era comerme un pancho y sabés qué? Dejá. Buenas noches para todos ;)



***

También le escribí a una chica con la que estuve saliendo hace un tiempo. Le escribí textualmente esto: 

Blablablablablablabla bla bla bla bla bla bla bla. ¿Querés salir de nuevo conmigo? 

Ella me respondió bastante rápido. Textual: 

bla bla bla no. 

Y después a otra: 

tengo una propuesta que no vas a poder aceptar

Y no contestó. Pero me acordé que ahora soy gay y le escribí a un conocido gay que tengo en whatsapp. 

Hola. Salí del closet. 

Y otro: 

Me refiero a que yo salí del closet, no que vos salgas. Primera persona del pretérito perfecto simple, no imperativo de segunda persona. No es una orden, es una afirmación. Salí del closet yo, hace unos días. 

Tampoco me contestó. 

***

Llegué a mi casa después de todas estas vueltas y del fracaso (discutible) de mis mensajes, y ya habían llegado Lucila y Guillerma, mis compañeras de casa. Fue la ida al supermercado más larga del mes, por lo menos. 

- Santi, ¿sabés dónde está Ramón?

- Ah, sí. Está en mi cuarto durmiendo. 

- Ah. ¿No era que no lo dejabas entrar a tu cuarto? 

- Y bueno, por una vez… ya vengo, voy a sacar la basura. 

Como ellas estaban cada una en su cuarto, grité “vamos Ramón, vamos a pasear… me llevo a Ramón”. “Ok” me dijo una. 

Por si no entendieron, no saqué la basura y no me llevé al perro, porque lo había dejado en el supermercado hacía como dos horas. Atado afuera. Había salido del super y obviamente me había olvidado de Ramón, pero totalmente. Ni lo miré cuando me fui.  El supermercado ahora ya estaba cerrado. Yo pensaba “que esté ahí el perro”, pero no pensaba en las consecuencias de que no estuviera, porque mientras corría al super y trataba de no resbalarme con el piso mojado, chequeaba si alguien me había contestado algo por whatsapp. Nada. 

Llegué y ahí estaba Ramón. Estaba nervioso, con las orejas paradas, medio mojado. Me vio y se alegró, pero no me dijo nada, solo movió la cola. Estaba demasiado cansado como para dar saltos. No lo acaricié porque hubiera sido como admitir mi error, así que actué con naturalidad, lo desaté y volvimos a casa. “Ramón, ¿por qué no me avisaste que te quedabas? Si fuera por vos te quedabas toda la noche acá, ¿te das cuenta? Me tenés que avisar, no es cuestión de hacer siempre lo que vos quieras. Que sea la última vez, si no te empiezo a decir Frodo”. Con estos bichos es así, si no les decís nada te pasan por arriba.