martes, 16 de junio de 2015

Taller de conversación telefónica



El otro día fui a un supermercado del barrio y en la cartelera donde se ponen los avisos (no sabía que seguía existiendo este tipo de carteleras) me encontré con un volante impreso a color que decía “Taller de conversación telefónica”. Decidí sacarle una foto para estudiarlo más tarde. Se me derretía el helado imaginario. 


Cuando salí, un tipo de musculosa y los brazos llenos de cicatrices me dijo, después de cruzarnos, “hermosa te queda la campera de mujer, amigo”. Me di vuelta pero él por suerte no, así que no hicimos contacto visual. Mejor, era tan ex-convicto que iba a la parada de ómnibus y quería parar los que decían “expreso”, porque se sentía identificado. Y yo lo único que sé robar es el tiempo.


***

No me acordé del cartel hasta la noche de ese día, cuando estaba haciendo mi actividad favorita, que es mirar panchos mientras están en el agua. A veces me hago panchos solo para mirarlos, ni siquiera me los quiero comer. Me gusta ver cómo flotan, cómo se hacen ver, cómo dialogan. En ningún otro momento estoy más tranquilo. No lo hago muy seguido, lo de no comerlos, se imaginarán. No soy rico. Se los doy al perro, y después le digo “perro cheto, andás comiendo panchos”. Mientras lo hacía me dieron ganas de hablar por teléfono de línea con alguien. Contar lo del ex-convicto. Fue todo un evento, porque en general hablar por teléfono nunca me gustó. Nunca fue lo mio.

Siempre me dijeron que soy horrible hablando por teléfono. No es que me hayan dicho que soy excelente para todo lo demás, pero eso en particular ha sido bastante unánime: amigos, padres, novias, bomberos, delivery de pizza, y hasta padres de amigos, cuando llamabas y tenías que hablar con ellos, saludarlos un cacho. 

Me acuerdo de hace unos años cuando vivía con mi hermana, y me llamaban por teléfono y atendía mi sobrina, que tenía entre 10 y 12 años, creo. Y enseguida me gritaba, desde abajo, en dirección a la escalera de mi cuarto, “Santi, teléfono”. “Quién es”. “(nombre de ex)”. Era uno de los mejores momentos del día, el momento en el que se iba toda la mierda que tenías en la cabeza. Poco después, cuando me ponía a hablar, enseguida me transformaba en un muerto. No sé por qué. 

En realidad, ahora que lo pienso, a veces también me llamaba Carlos, mi amigo. Después de hablar un rato me decía “sos autista o qué te pasa, contestame la pregunta, a ver, ¿sí o no?”. Y yo “hmmm…”. Cuando mi sobrina me avisaba y yo preguntaba “quién es”, esperando encontrar como respuesta un nombre de mujer, dulce, lindo, y me respondían “CARRLOSSS” era un momento un poco duro, como que me asustaba. Incluso la voz de mi sobrina parecía cambiar, era como rasposa, como de fumadora. 

Y a veces, cuando agarraba el teléfono ni siquiera era Carlos mi amigo, eran otros Carlos. Carlos que no conocía. All tomorrows Carlos. 

Tenía ganas de mejorar, hacer algo por la vida, superarme. Después me quedaba aprender a nadar y aprender a fingir interés. Pero ya me imaginaba hablando con mis amigos por teléfono, era como una especie de rehabilitación, “hola, cómo andás… jajaja, sí, ¿viste? Ahora soy otro, totalmente. ¿Hoy? No, no puedo, ya arreglé para hacer otra cosa… por teléfono… sí, en serio… jaja, dale… dale, te llamo cuando pueda pagarte, me había olvidado…”

“Centro de talleres Durazno”, decía la tarjeta. Al parecer era como una casa grande, muy grande, donde se dictaban diferentes talleres. Lo hablé con mis panchos, para ver qué pensaban. Porque siempre que tengo un problema para resolver lo discuto con unos panchos. 


***

Llegué un martes de tarde y la puerta estaba abierta. Entraba gente cada tanto, era como una facultad poco concurrida. De entrada ya me sentí como que tenía un problema, como cuando vas al psiquiatra o como cuando estás por entrar a trabajar. 

Enseguida me chistaron, ese sonido horrible que lamentablemente tiene hasta un verbo propio y que no debería existir. Era una mujer que estaba en una especie de recepción. Me acerqué. 

- ¿Es tu primera vez acá? 

Otra vez esa pregunta. 

- Yo qué sé. 

Pensé en los panchos, y enseguida pensé “siempre que estás incómodo pensás en panchos”. 

- ¿Qué buscabas? 

- El taller de conversación teléfonica. 

- Salón 2. 

- Gracias. 

***

Había unas cinco personas en total, y el profesor o como se llame a los que dan talleres decidió presentarse. 

- Hola, mi nombre es Walternativo, me voy a encargar de organizar un poco este taller, la idea es que…

En realidad cuando escuché el nombre me dio un escalofrío y obviamente no pude seguir escuchando ni mirando. Solo sé que después de que terminó de hacer una presentación corta, alguien le pidió que repitiera su nombre. Algunas personas, en esas situaciones, tratan de ser más diplomáticas y de hacernos sentir cómodos a todos con frases como “sí, es raro, pero es el nombre que me tocó”, “no es un nombre muy ortodoxo, ya sé”, o lo que sea, pero él no lo intentaba, más bien parecía hacer de su seriedad una declaración. Una levantó la mano. 

- ¿Te podemos decir Walter?

- ¿Vos cómo te llamás? 

- Carolina. 

- ¿Te puedo decir Caro?

- Sí, claro. 

- Bueno, a mí me tenés que decir Walternativo. 


Así eran las cosas. 

***

Estas son algunas de las notas que tomé en mi cuaderno durante la clase. 

Walternativo

El teléfono es al Facebook lo que la bandeja de vinilos a los CD. 

Llamar por teléfono para pasarle una canción a otra persona, cómo no. 

Lo que no podés hacer es ponerle cosas en el muro y que se entere todo el mundo. Tendrías que llamar a todo el mundo, perder toda la gracia. Regreso a la privacidad. 

Walternativo

Si no tenés nada para decir entrás con el tono falso del “holaaaa” hiperamable, pero en realidad de adentro salen diez anacondas buscando presa. 

Con la otra mano podés jugar con el cable, pero no es lo ideal. La idea no es estar tan ansioso. Mejor sería dibujar algo, por ejemplo. “¿Se puede mirar televisión? No seas terraja”. 

Alfajor Walternativo

***

Hablar por teléfono demanda tiempo. Estas no son llamadas funcionales, realmente. Para eso está el resto de la tecnología. Estas son llamadas para hablar, para tener una conversación por teléfono de línea, no por celular. Por un teléfono que no se pueda quedar sin batería, que no pierda señal. 

Hace unos años, cuando existían los perfiles de Myspace, Rowland S. Howard tenía uno. Creo que todavía no estaba muerto. En la parte de “intereses”, él había puesto tres cosas: “hablar con chicas por teléfono”, “fumar”, “fumar mientras hablo con chicas por teléfono”. Al parecer es algo así como la biblia de la llamada. 

Según Walternativo, tenés que estar en una habitación oscura, sin luces prendidas o sólo una lamparita de 40 watts o menos. Que tenga una ventana, de ser posible. Teléfono de línea, pero no inalámbrico. Lo siento pero el inalámbrico no funciona. No hay necesariamente una dinámica de mensaje-respuesta, el silencio existe en su medida justa. Controlar el silencio es fundamental. Si no sos capaz de soportar un silencio, ni llames. Hacete unos panchos. 

***

También se me ocurrieron otros talleres que estaría bueno que este centro ofreciera. Incluso capaz que yo podía ofrecerme a dictar alguno. 

Taller de improvisación de fiestas – Vos pensabas que el trencito se hacía con las manos en los hombros y no en la cintura. Y es lógico que pensaras eso, porque sos un ridículo. Por eso la espontaneidad escapa a tu vida, no la conocés. Pero tenemos una buena noticia para vos: la improvisación no es para los espontáneos, es para los que somos incapaces de tener un plan. Cuenta la leyenda que hubo una vez una mujer que proponía trencitos para salir de cualquier situación incómoda. Conocé su legado. 

Taller de Stalker – ¿Qué es esa mierda de “stalker”? ¿No tenemos una palabra en español para eso, que tenemos que andar usando una en inglés? La diferencia es esa, el stalker se está volviendo un término geek para alguien que te mira las fotos en el Facebook, que investiga lo que hacés, que es lo más noble que se puede hacer por otra persona: interesarse por ella, ver de qué se trata su vida, averiguar, informarse. Este taller está orientado a los que quieren saber dónde delinear el límite, a construir esa herramienta tan valiosa para el ser humano que llamamos “sentido común”. ¿Qué tiene de malo revisar las fotos de una persona que tenés el Facebook, para qué mierda las sube? ¿Para qué no las mires? Dejá de sentir culpa, para eso está el amigo de tu madre que se parece tanto a vos. 



Taller de uso de Twitter – Tan fácil como hacer de cuenta que no te gustan los lunes, que tu vida está fuera de control, que todo te sale mal, que sos demasiado inteligente para que te salgan bien las cosas, que estás rodeado de mal gusto y eso te hace un incomprendido. Fingí que tu vida es graciosa, que tenés criterio, que te importan las cosas de las que se hablan o que no te importa, pero hablá de ellas. Seguí gente que te parece idiota para después tener de quién distanciarte. Y adoptá el lenguaje. 

Taller de primera cita con una mina – Hoy tratá de tirar desodorante de ambiente. Tendé la cama. No dejes los championes en el suelo. No dejes la compu en play algun video porno que cuando la levantás, queda en el mismo lugar y empieza solo. Una vuelta hice eso y la abri en la cocina a la compu y habia una mina con negros que se la estaban garchando, volumen re alto y estaba mi madre. En la cocina, mi madre en la cocina, no en el video. Me hice el re boludo "ah es una pelicula". Claro que sí, una pelicula porno.

Taller de carecer absolutamente de todo tipo de criterio: Si estás pensando “la voy a pudrir”, no la estás pudriendo. Si estás pensando “la estoy pudriendo”, tampoco. Solo cuando no sos consciente de lo que hacés es cuando realmente te estás yendo al carajo. Así que antes de ese punto no digas nada porque realmente lo que estás haciendo es mariconear. 

Taller de uso de Tinder: (salón oscuro, silencio, luces apagadas… hay gente, pero solo se miran. Parece que se miran pero no, miran un churrasco)

Taller de tirar desodorante ambiente. 

Taller de ida al Clash.

Taller de creación de talleres.

Taller de ser un cheto mantenido inútil. 

Taller de panchos: No de cómo ser un pancho, de cómo hacerlo de una manera no exclusivamente práctica. 

***

Con respecto a los demás asistentes, no se me ocurre mucho para decir. Éramos cuatro. Alejandra, Sebastián, Pascual (que no hablaba y era rarito) y no sé cómo se llamaba la otra. Carolina. 

***

Walternativo tenía un enfoque interesante para incentivar la reflexión en el taller. Daba vueltas, era como una especie de Miyagi del teléfono. Hablaba de paciencia, serenidad, crear una llamada, dejar que crezca, que cobre sentido por sí misma. Transmitir esta idea no siempre es fácil, pero él lo sabía hacer porque me admitió que vio Karate Kid casi tantas veces como yo. 

- Hablar por teléfono es como plantar un árbol. ¿Alguna vez plantaron un árbol? – Levantaron la mano todos menos Pascual, el raro del grupo. Le preguntaron, lo fueron a buscar. Yo tampoco planté pero levanté igual. 

- ¿Nunca? –le preguntaron.

- Yo planté un perro. No creció nada. 

Se rieron todos menos yo. No sé si fue risa nerviosa o si es que nadie tiene escrúpulos. Igual yo tampoco los tengo. Digamos que los planté. 

Esa noche fue rara, Pascual intervino dos veces. 

- ¿Está bien agarrar el tubo con el hombro, para tener una mano extra? 

- Sí, obvio. Pero te va a sobrar una mano. 

- Nunca sobran manos, algo para hacer siempre se le encuentra. 

Siguió un silencio, creo que incómodo. 



Otro día que Alejandra estaba contando algo de cuando la llamaron para darle una mala noticia, Walternativo esperó a que terminara de hablar y después le dijo: 

- ¿No tenés algo menos patético para contarnos? 

Yo lo entendí, a veces hay que ser medio duro para que el taller o la clase no se convierta en un grupo de autoayuda o de paja mental colectiva. Siguió hablando Walternativo. 

- El otro día estábamos en una confitería con mi novia y el mozo me trajo un capuccino con un corazón dibujado en la espuma. Lo quedé mirando serio. No sé a qué iba esto… ah, sí. No se crean que pueden decir lo que quieran. Hay gente escuchando también. Ustedes tienen que pensar en que hay un interlocutor. Casi todo lo que tienen para decir no es interesante. Así que tengan un poco de cuidado. Si no, no va a funcionar. Y no me refiero solo a la llamada, sino también al taller. 



***

La última semana del taller la gente estaba inquieta. Todos queríamos practicar una llamada, hacer de cuenta que hablábamos. Walternativo nos miraba sonriendo. Entonces, habló: 

- En la vida no se puede “practicar”. ¿Cómo podés recrear una situación real? Más allá de algún que otro esquema, la llamada por teléfono buena no tiene un plan, y no tiene defensa. Tiene que ser espontánea. No porque de esa manera vaya a estar mejor, sino porque de lo contrario la otra persona se va a dar cuenta que no lo es. ¿Cómo podemos recrear una situación en la que dos personas saben que están hablando y que la conversación es solo para ellos? Nadie va a grabar la conversación, nadie se la va a mostrar a otra persona. Solo se la van a reproducir mal, con todo el peso de la subjetividad propia, de la mala memoria. Solo se puede repetir lo que se quiere y de la manera que se quiere. ¿Cómo podríamos practicar eso? 

- ¿Y qué vamos a hacer en esta última clase? 

- Vamos a escuchar una grabación de una conversación mia. 

Nos emocionamos todos. Nos acomodamos en nuestras sillas. Pascual, que nunca anotaba nada, sacó una hoja y pidió una lapicera prestada. 

- (tono)
- Hola, ¿Cómo andás?
- Qué hacés, Walternito, todo bien?
- ¿Cómo andas?

(conversación, invitación )…

- "No me lo digas dos veces" no, ni me lo llegues a insinuar. ¿Va a ir alguna mina?
- No creo, capaz que va una…
- Con ese “capaz” ni en pedo salgo de al lado de la estufa a leña.
- Es que no tengo ni idea.
- Incertidumbre. Dudas. Con eso me querés convencer.
- Una por lo menos va a haber. El tema es que también van otros pibes.
- Bueno, tratá de que haya por lo menos dos o tres minas más.
- ¿Qué soy, una boca de putas? ¿Cuántas minas querés que consiga, treinta?
- Que se pueda armar un cuadrito de fútbol si se puede.
- No jodás, acordate que soy gay y sinceramente la suma de mujeres no me aporta nada.
- Bueno, hablemos entonces de etnias. ¿Podrás conseguir una filipina?
- A ver, de nuevo: yo no consigo minas, ni siquiera conozco a las que van, ¿de qué me hablás? ¿te pensás que tengo una base de datos de pendejas?
- Me parece que sabés más de lo que estás diciendo, y tenés más poder del que querés admitir.
- ¿Qué?

Ahí se interrumpió la conversación. No sé los demás, pero yo no la entendí. Walternativo nos explicó. 

- Perdón, esa no era. 


Llegué a mi casa y me dispuse a hacer mi primera llamada. Puse una canción de Elvis en la computadora. Le enchufé unos parlantes. “Voy a decir que es un vinilo”, pensé. Si me escuchara Walternativo me mata. Me pregunté cómo sería hablar por teléfono con Walternativo. “Fa, debe ser lo máximo”, pensé por un momento. Me di cuenta que si Walternativo escuchara eso me diría marica o algo así. ¿Por qué todo lo que pienso, pienso que podría escucharlo Walternativo? A veces me pasa. 

Apagué la luz, puse los cigarros arriba de la cama, fui a buscar el encendedor y empecé a llamar. Tengo un teléfono en mi cuarto. Cuando me faltaban tres números me fijé si el cable llegaba hasta la cocina. No llegaba, así que decidí hacer la llamada más tarde. Primero me quería hacer unos panchos. 

***

Entonces me senté en la cama, recostado en la pared, abrí la ventana, terminé de comerme un pancho, levanté el tubo y empecé a discar. 

Tengo que confesar que esta fue la segunda llamada, la primera tuve que cortar porque me confundí y empecé a hablar como Jaime Roos. Había estado todo el día hablándole al perro con esa voz y hubo algo que no funcionó bien en mi cabeza.