miércoles, 29 de octubre de 2014

El fútbol de las putas

Hay cierto determinismo en la condición humana, pero no me refiero al determinismo social de ser pobre o iletrado, sino el determinismo que establece que uno sea uno mismo, el de ser un hijo de puta y no poder cambiar, o no querer, que es lo mismo, si querer es poder; entonces, ser un hijo de puta y comportarse como tal.

Me moría de ganas de jugar al fútbol, así que lo que hice fue buscar por internet algún grupo que se juntara a jugar al fútbol. Encontré uno que, obviamente, como todo en Berlín, estaba compuesto por personas de todo el mundo. Por lo que vi, se juntaban en una especie de cancha de cemento, al aire libre, que estaba a unos 25 minutos en bicicleta de mi casa. Recuerdo estar como tres minutos a punto de hacer click en “inscribirme”. Siempre me da esa duda antes de inscribirme en algo, esa cosita. Cuchicuchi.

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Hacía días que venía pensando que debería existir una especie de casa de putas pero de fútbol. Funcionaría de la siguiente manera: así como hay gente que no consigue mujeres con las que tener sexo, hay hombres (entre ellos, yo) que no consiguen con quién jugar al fútbol. Entonces, vas a esta cancha (de fútbol sala o fútbol cinco) y jugás contra otros 9 (si vas acompañado, podés jugar contra menos, es decir, vas a necesitar menos “gente paga”). Podés elegir a los jugadores, por supuesto, de acuerdo a lo que quieras. Para solicitar que se dejen meter un gol, un caño, etc etc, pagás un extra. Si lo hacés por mérito propio no deberían cobrarte nada. Podés solicitar que te dejen meter una buena patada mala leche, imprevista, y que no te expulsen, pero sale caro. Igual en general se hace, es parte del encanto de irte de putas de fútbol. La sensación de qué podés hacer cualquier cosa, de que podés humillar a alguien.  De que no humillar a alguien es humillarse a uno mismo.

Cuando termina, en general se hace un asado. No necesariamente con ducha de por medio: me imagino pidiéndole al encargado de la cancha de fútbol de las putas y recibiendo como respuesta la misma expresión de extrañamiento que se puede recibir yendo a un bar de viejos del centro de Montevideo y preguntando si hay jabón en el baño. Algo así como “¿lo qué? ¿qué pasa?“.  Después del asado, o durante, vienen unas putas, porque de tanto hablar de putas te dan ganas de que haya putas de verdad, y mientras, se mira un partido en una tele gigante, pero las putas no pueden mirar el partido. También podés pedir el combo Maradona. Entonces hay merca y podes tener un hijo no reconocido. Incluso podés pedir que venga tu hijo de grande: es un actor que se presenta y al que le decís que no sos su padre. No sé qué tan popular sería esa opción, pero viene con picada (Nota de edición: el combo Maradona no se actualiza con las nuevas proezas de Maradona, digamos que se mantiene en cierto nivel. Por poner un ejemplo, julio 2014).

Sería carísimo, nunca podría pagarlo, así que solamente sueño con eso. A veces pienso en eso cuando trato de quedarme dormido, porque me gusta dormirme pensando en cosas lindas, pero me confundo y en mi historia estoy jugando al fútbol con las putas, que aparte no disponen de la vestimenta adecuada, y es un poco como jugar solo, como siempre. Creo que pensando en esto extrañé Uruguay; experimenté esa sensación o ese lugar común de “con los recursos de Uruguay y las ideas de Europa”, o al revés. La idea era la de las putas del fútbol; el recurso, no sé, supongo que una sociedad tolerante con los asados idos al carajo.

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Cuando llegué, había un grupito de tipos socializando o tratando de hacerlo. Dos brasileros, un español, un portugués y no me acuerdo de dónde era el otro. Yo hice lo mismo y lo conseguí en la misma medida que ellos: poco. No sé por qué todos se limitaban en el entusiasmo, no llegaban a soltarse, a estar contentos. Parecía como si no se quisieran comprometer, como si hacerse amigos de los otros fuera a significar que enseguida les iban a pedir plata prestada. Capaz que podía pasar si se hacían amigos míos, pero me molestaba porque era muy improbable a pesar de que era cierto. Es como cuando el asesino se enoja porque la víctima se da cuenta que está cerca de un asesino serial. Es verdad, te diste cuenta de algo cierto, ¿pero por qué, si no tenés motivos para darte cuenta? ¿Por qué ser tan irracional?

Entonces fuimos todos hacia la cancha, un poco más allá, donde los alemanes del grupo parecían tener todo dominado.

El comienzo del partido fue de las cosas más desmotivantes que me pasó en la vida. Es difícil incluso revivirlo. El organizador del partido (es decir, el organizador del grupo, que organizaba esto prácticamente todos los sábados) caminó o se arrastró hasta el medio de la cancha, como si ya hubiera jugado al fútbol por dos horas, y dijo algo como “somos muchos, así que tenemos que hacer tres equipos… hay siete que tienen que esperar afuera…”. Era como tu abuelo diciendote sus últimas palabras en su lecho de muerte. 

¿Cómo lo hubiera hecho yo?

“Bueno muchachos, vamos a dividirnos en grupos, tres grupos, tres equipos, uno tiene que esperar afuera. Yo voy a estar con un grupo, mi amigo Michael con otro, y Karl con el otro. Hacemos un piedra papel tijera para ver quiénes juegan primero. Igual los partidos duran doce minutos cada uno. Vamo arriba eh!,” y aplausos. Pero no.

“Somos muchos, así que tenemos que hacer tres equipos… hay siete que tienen que esperar afuera… si pueden mátenme…”

Instintivamente me quedé en el grupo de afuera, el discurso de presentación había sido como ver al tío borracho disfrazándose de papá noel, no sabía si quería irme o si quería jugar y meter diez goles. Era como entrar con la puta al cuarto y que la puta estornudara, se desvistiera y te pidiera que te apuraras porque le parecía que se estaba por engripar. Pensé que la puta lo hace y te quedás igual, así que no me fui. 

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De más está de decir que los de afuera no hablábamos entre nosotros. En ese momento alcancé casi sin querer una nueva interpretación del “los de afuera son de palo”; nunca más cierto. La mayoría ni siquiera se atrevía a mirarse. Podías oler el nerviosismo, la timidez en todos y cada uno. Si los mirabas atentamente, descubrías sus tics (creo que todos teníamos  tics). Yo los miraba y pensaba “esta gente tiene trabajo”. Eso suponía yo, no era necesariamente cierto.

Había una mujer, una rubia que no parecía alemana, pero lo era. Parecía una rubia uruguaya. Estaba filmando el “partido” con una cámara, ante la eventualidad de que pasara algo inesperado, supongo.  La imagen no encajaba con el resto de la escena. Yo estaba ensayando algo similar a una entrada en calor, y cuando pasé por al lado casi me sonríe, como por compromiso. Me pareció escuchar que alguien decía “querendona”, pero no me di cuenta de quién. Incluso tuve la duda de si lo escuché en Español o en otro idioma, pero ¿en qué otro idioma conozco esa palabra?

No quiero hablar más de cuando estábamos afuera esperando nuestro turno porque es demasiado triste, mejor pasemos directo a la parte en la que ya estaba jugando.

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Había fantaseado durante mucho tiempo con jugar al fútbol en otro continente, ver cómo era. Obviamente que presumía que iba a ser igual, y realmente fue igual. Nadie jugaba muy bien, y casi nadie pasaba mucha vergüenza. Pero lo que me sorprendió fue que casi nadie se pasaba la pelota. Es decir: lo entendería en un campito donde todos los que juegan, juegan muy bien, se juegan todo, en un sentido sudamericano del concepto (más individualista), y pueden eludir a dos, tres, cuatro, hacer moñas, enganchar, ir para adelante y para atrás, etc. Pero estos no podían hacer nada. Casi nunca se eludían a uno. No pensaban en lo que iban a hacer. Pateaban mal, desde cualquier lado. Siempre tomaban la peor decisión. 

Las veces que tuve la suerte de que la pelota, por algún motivo, cayera en mis pies (porque repito, nadie la pasaba), al instante buscaba con quién conectarme. Hice buenos pases, antes de intentar cualquier jugada personal, pensando que iba a estimular a los demás a querer hacer lo mismo. A querer ganar. Pero nada.  Solo con un italiano logré conectarme. Era el único con el que compartía el concepto de pared.  A él se la podías pasar y sabías hacia donde tenías que correr, que él te la iba a pasar de nuevo. No era muy difícil, era solamente correr para adelante o para donde no hubiera nadie. Hicimos lo mismo dos o tres veces y fueron las únicas jugadas lindas del partido de 12 minutos. El resto una mierda: la pelota picaba mucho, todas tenían una quejita, algo que les dolía. Creo que uno me pidió, en alemán, bajito, cuando lo tenía al lado, que por favor le pegara una patada, pero recién lo entendí como treinta segundos después de que me lo dijo. Lo tuve que pensar, pero me pareció medio raro. ¿Me habrá querido decir eso?

Mientras no tenía contacto con la pelota me imaginaba cómo sería la relación con los amigos habituales en mi universo del fútbol imaginario. La gente que sale de putas no lo hace solamente por no tener con quien coger. Está también esa necesidad de infidelidad. Lo mismo con los que pagarían por jugar con gente contratada, mintiéndoles a sus amigos sobre sus verdaderos planes para el viernes de tarde o sábado de mañana. Juntándose a jugar al fútbol a escondidas, dándose “una escapadita” (un picadito). Capaz que también un picadito los lunes de mañana, antes de la oficina. “Claaaro”. Inventando excusas para la transpiración, en caso de que se vieran luego del partido. Excusas inverosímiles, para jugar con la credibilidad, que es parte del encanto. Sería mucho más fácil, no vemos tanto a los amigos. Yo no los veo nunca, pensé, están a miles de kilómetros.

***

Para la siguiente pausa también me había ilusionado con que todo fuera un poquito más social, pero no lo fue tanto. Intenté empezar yo hablar con los demás, tratando de que la charla no fuera hacia el mismo lugar común que ya me tenía podrido hacia dos meses: de dónde sos, cuánto hace que estás acá, qué hacés. Pero no pude, todo fue para ahí. No parecían entender que eso está bueno para un levante, que podíamos aprovechar para hablar de fútbol, de algo diferente. De algo que estuviera pasando, que pudiera necesitar de una opinión. ¿De dónde sos? Andá a cagar.

Las pocas palabras que intercambiamos todos en el descanso, se perdieron cuando entramos de nuevo a la cancha. Éramos desconocidos de nuevo. Intenté algunas jugadas individuales pero no me salieron bien, porque las terminé mal, y en la última sentí un dolor en la cadera que nunca había sentido. Traté de seguir corriendo pero cada vez que lo intentaba volvía a sentir el dolor; no podía correr. Me preocupé porque no tenía cobertura médica, y no era buena idea lesionarse: cada visita al médico costaba más o menos 75 euros. Era la mitad de nuestro tercer o cuarto partido y decidí irme, preparando la frase en alemán para cuando me preguntaran por qué me iba, así no improvisaba. Me salió más o menos bien, solo que faltó la oportunidad de decirla, porque nadie me preguntó nada. Era como si la puta no te dijera nada cuando de repente te sintieras mal, te pusieras el pantalón y dijeras chau y te fueras. A uno no debería importarle pero todos tenemos nuestro corazoncito, del que nos acordamos solo cuando está roto. El mio no estaba roto, en realidad, estaba triste porque todos eran unos muertos.  Salvo que pasara algo raro, no iba a volver el sábado siguiente.

Fui a donde estaba mi bicicleta, le saqué la cadena con la que la tenía atada, me subí y comprobé que por suerte no me dolía mucho cuando pedaleaba. Era casi de noche y me alegré de estar yéndome, porque no tenía luz en mi bicicleta, ni ningún tipo de protección, ni nada fluorescente, lo cual me parece que era ilegal.

Cuando comencé a pedalear, esos primeros impulsos que son los más difíciles, vi que venía corriendo hacia mí uno de los alemanes que habían estado en mi equipo. Es un país hospitalario después de todo, pensé, ahora se preocupa por mí. “Ey”, me gritó, y cuando vio que lo vi venir y paré, comenzó a trotar más despacio. Cuando ya estuvo cerca mio, me habló en inglés:

- How are you? Are you ok? Are you hurt? –me preguntó.
Yo me señalé y dije:
- No gay –y repetí, también haciendo el “no” con la cabeza-. No gay. Sorry. 



Mientras pasaba por el centro de Berlín, prestando toda la atención posible por el peligro de los autos en la noche, pensaba en las cervezas que me iba a comprar en el supermercado antes de llegar a mi apartamento, me mordía el labio y decía “mmm… qué barata la cerveza y que justo que así sea, dentro de una hora y media, si no como nada, capaz que ya estoy medio en pedo, y después voy a ir a ese bar que se llama Hotel”. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

En Octubre, vos y yo en bolas

Algunos escondites de intimidad nos quedan, todavía, en la vida, y es porque no los hemos regalado, pero al parecer ya hemos empezado a hacerlo también. Estar todo el día conectado de alguna manera u otra, sin que nadie nos obligue, hace que sea muy pero muy fácil que todos sepan de qué va nuestra vida, en especial los más entusiastas. Yo soy de los menos entusiastas, pero de todas maneras tengo algún que otro usuario en internet, en Facebook, en toda esa mierda. 

De todas formas, pensé que podía andar en pelotas en mi casa sin que nadie comentara o pusiera “me gusta”. Las ventanas dan todas hacia el oeste y el edificio más cercano que se puede ver desde ellas queda a por lo menos dos cuadras. Entonces me sentí tan libre como para pensar que podía hacer cualquier cosa en mi casa con las ventanas abiertas sin que nadie se enterara. Ni siquiera abiertas: sencillamente no tienen cortinas. Pensé que hasta podía matar a alguien si quería y nadie se iba a enterar. Miré a mi novia durmiendo. No hay conexión entre las dos ideas, simplemente pensé eso y la vi durmiendo.

Cuando viví en Berlín, en uno de los apartamentos en los que estuve, la situación fue incluso peor: las ventanas eran enormes y abarcaban todo el apartamento, que era casi un monoambiente (solo una pared dividía la cocina del cuarto). La ducha estaba en la cocina y el baño en el corredor (una idea macabra, de hacía 30 o 40 años). No había puntos fuera del alcance del ojo de las ventanas, que daban a un enorme patio interno, donde otras ventanas de otros vecinos, con cortinas, nos miraban cuando querían. No me importaba que me vieran en bolas cuando me bañaba, pero me molestaba tener que bajar al baño del corredor cuando quería llorar; por suerte no lloro ni experimento emociones.

Acá en Montevideo, en el apartamento en cuestión que estoy alquilando, sí podía esconderme si lo deseaba, pero la verdad es que no soy de los que se quieren esconder, tampoco. Antes, por ejemplo, cuando miraba dormir a mi novia, hacía de cuenta que estaba buscando algo en el cuarto. Ahora simplemente me paro cerca de la puerta y la miro.

Me empecé a sentir más incómodo, sin embargo, a partir de que el portero me entregó una carta un día. Era un sobre en blanco, y decía “para el apartamento 902”. El portero me explicó:
-           Esto lo dejó una señora ayer. Me preguntó qué apartamento es el noveno que estaba más contra el sur, o sea, más como para allá, y yo le dije, que el novecientos nueve. Digo, el novecientos dos. El de usted, señor.
-           Está bien, Henry. –le dije-. ¿Una señora de qué edad?
-           Andaría por los cuarenta y pico.

Subí con el sobre y lo abrí arriba. Adentro tenía una carta manuscrita, con letra como de maestra, prolija, sin faltas, que decía esto:

“Hola. Mi familia y yo vivimos en el edificio de Bulevar España y Franzini (13**, ap 703). Les escribo de esta manera porque es la única manera que tengo de comunicarme con ustedes, porque no los conozco. Quería pedirle al muchacho que por favor se vista cuando estén con la ventana abierta, porque está todo el día desnudo. Gracias.”

La leí un par de veces, me llamaba la atención haber recibido una carta, creo que nunca había recibido una carta a mi nombre, excepto por alguna factura, información del banco o algo por el estilo. Después, solo cartas de novias o similares, dadas en la mano, nada que ver con un sobre anónimo. De esas cartas que ni se leen.

Cuando bajé otra vez, le pregunté al portero:
-          ¿Quién fue bien que me dejó esta carta?
-           Una señora, Cristina se llamaba.
-           Cristina.
-           Sí.
-           ¿Cómo era?
-           Una señora, normal.
-           Una señora normal.
-           Si, tendría entre 40 y 45 años.
-           ¿Qué más?
-           … nada más, señor.
-           Gracias de nuevo Henry, impecable.

Pasaron como tres o cuatro horas antes de que me pusiera a pensar en la carta. A veces cuando tengo pereza no me dan ganas de pensar en el problema que se presenta. Me gusta dejar pasar unas horas, jugar con la expectativa, con la inacción, con la negligencia.

Me pareció raro que la mujer dijera que me ve desnudo estando tan lejos. A esa distancia no podría haber visto más que una especie de juguete, un lego. Apenas podría decir que yo estaba desnudo. ¿Cómo pudo entonces haberme visto? ¿Con un largavistas? No puedo hacerme responsable por eso, yo no la obligué a dirigir su vista, con un largavistas, hacia mi apartamento.

Lo más justo me pareció pensarlo desnudo. La acusación había sido recibida, y ahora había que pensar si era justa o no. Pero como en todo proceso, yo era inocente hasta que yo mismo determinara mi culpabilidad. Así que me senté desnudo en el sillón del living, algo que en realidad nunca había hecho hasta ese momento, porque no era una sensación muy agradable. Enseguida me levanté para agarrar una hoja de papel y una lapicera, y me puse a escribir la respuesta antes de que me aburriera, porque últimamente me pasa eso de pensar algo y que se pierda antes de llegar a escribirlo, como si llevara una sopa en un colador.

"Estimada señora: cuando el lagarto toma una siesta al sol en invierno, no deja de creer que es invierno".

Satisfecho con mi respuesta, metí la hoja de papel en el sobre en el que ella me había mandado su carta originalmente, tachando lo que había escrito ella, y después de calzarme la llevé hasta su edificio. No tenía portero, pero la dejé por abajo de la puerta y confié en que llegaría a verla.

A partir de ese momento comencé a sentir una presión un poco extraña, creo que sentía la necesidad de estar desnudo en mi apartamento, pero realmente, a decir verdad, no tenía muchas ganas, o prácticamente ninguna gana. Me obligaba, pasaba frío e incomodidad, pasaba horas enteras con todo colgando, incómodo, mi novia pensando que era un hippie de mierda y cuestionando buena parte de lo que creía saber sobre mí. Yo seguía mirandola mientras dormía, pero al estar desnudo también me resultaba incómodo por momentos. Pasaba frío.

Para entregarme la carta de respuesta, el portero no esperó a que yo bajara. Me la subió esa misma noche y me la dejó por debajo de la puerta.

“Estimado Señor: lamentablemente no comprendí su carta, pero de todas maneras le pido disculpas. Conté mal los pisos, me refería a otro vecino suyo, el del número ocho. Nuevamente mis disculpas y disculpe la molestia”.

Esa noche cuando miraba, parado, a mi novia durmiendo, se me cayó una lágrima, y sentí mucha rabia. Me dieron ganas de llamar la atención, pero no hice nada.

La siguiente vez que vi al portero fue a la tarde del otro día.
-           Treinta años debería tener la señora, no creo que mucho más.
-           ¿Qué señora Henry?
-           La de la carta, señor.
-           Ah… mucho menos de lo que me dijiste la primera vez.
-          Perdón señor. Sí, es más Jorge. Más joven, perdón.
-           Bueno, gracias Henry, bueno trabajo.


Cuando me iba, escuché bajito, “ta pa darle”, pero me di vuelta y el portero no me miraba ni parecía haber hablado. De última, pensé, le puedo responder a la carta. Pero no, para qué, me parece una idiotez esto de las cartas.