jueves, 4 de julio de 2013

Filisteos y Filisteismo de Nabokov en el siglo XXI

Desde hace ya muchos años, todo el respeto del mundo para Nabokov. Hace menos años, encontré una traducción al Español de Filisteos y Filisteísmo, y después de recortarle algunas partes queda así (lo escribió hace mucho tiempo, pero el no filisteo no va a tener problemas en hacer los paralelismos que sean necesarios):

Filisteo es la persona adulta de intereses materiales y vulgares, y de mentalidad formada en las ideas corrientes y los ideales convencionales de su grupo y su época. He dicho "persona adulta" porque el niño o adolescente que puede parecer un filisteo en pequeño no es sino un lorito que remeda los usos de filisteos inveterados, y es más fácil ser loro que ser garza blanca. En inglés, vulgarian viene a ser sinónimo de filisteo: lo que se señala en el vulgarian no es tanto en convencionalismo del filisteo cuanto la vulgaridad de algunas de sus ideas adquiridas. También se puede hablar de lo cursi y lo burgués. Cursi implica esa vulgaridad refinada, de visillos de encaje, que es peor que la simple vulgaridad. Eructar en compañía será de mala educación, pero decir "perdón" después de un eructo es cursi, y por lo tanto peor que vulgar. El término "burgués" lo empleo siguiendo a Flaubert, no a Marx. Burgués en el sentido de Flaubert es un estado del ánimo, no un estado del bolsillo. Un burgués es un filisteo satisfecho, un vulgarian con pretensiones.

No es probable que exista el filisteo en una sociedad muy primitiva, aunque también en ella, qué duda cabe, se puedan encontrar rudimentos de filisteísmo. Podemos imaginarnos, por ejemplo, a un caníbal que, para comer, prefiere la cabeza humana pintada artísticamente, lo mismo que el filisteo norteamericano prefiere las naranjas pintadas de anaranjado, el salmón pintado de rosa y el whisky pintado de amarillo. Pero, hablando en términos generales, filisteísmo supone cierto estadio de la civilización, donde a lo largo del tiempo se han ido acumulando ciertas tradiciones en un montón y han empezado a oler mal.

El filisteísmo es internacional. Se encuentra en todas las naciones y en todas las clases. Un duque inglés puede ser tan filisteo como un Shriner estadounidense, un burócrata francés o un ciudadano soviético. La mentalidad de un Lenin, un Stalin o un Hitler con respecto a las artes y las ciencias era totalmente burguesa. Un jornalero o un minero del carbón puede ser tan burgués como un banquero, un ama de casa o una estrella de Hollywood.

El filisteísmo no supone sólo una colección de ideas banales, sino también el uso de frases hechas, clichés, trivialidades expresadas en palabras manidas. El auténtico filisteo no lleva dentro más que esas ideas triviales, que componen todo su ser. Pero hay que reconocer que todos tenemos nuestros clichés; que todos, en la vida, cotidiana, empleamos muchas veces las palabras no como palabras sino como signos, moneda de cambio, fórmulas. Lo cual no quiere decir que todos seamos filisteos, pero sí que debemos estar atentos a no incurrir demasiado en el intercambio automático de perogrulladas. En un día de calor, una persona de cada dos nos pregunta: "No pasará usted frío, ¿verdad?", pero eso no quiere decir necesariamente que el que así habla sea filisteo. Puede ser simplemente un lorito, o un extranjero espabilado. Cuando alguien nos pregunta "¿Cómo está usted?", será quizás un cliché lamentable responder "Bien, gracias"; pero si en lugar de eso diéramos un informe pormenorizado de nuestra situación, pasaríamos por pedantes y pelmazos. A veces se recurre al tópico como forma de disimulo, o como camino más corto para huir de la conversación con necios. Yo he conocido a grandes eruditos, poetas y científicos que en la cafetería descendían al último nivel del tópico.

De modo que el personaje al que me refiero al decir "filisteo satisfecho" no es el filisteo a ratos, sino el tipo total, el burgués cursi, el producto completo y universal de la vulgaridad y la mediocridad. Es el conformista, el que se conforma con los usos de su grupo, y que también se caracteriza por el hecho de ser pseudoidealista, pseudocompasivo, pseudosabio. El engaño es el mejor aliado del filisteo genuino. Todas las palabras elevadas, "Belleza", "Amor", "Naturaleza", "Verdad", etcétera, se convierten en máscaras y falsedades en boca del filisteo satisfecho. Han oído ustedes a Chíchikov en Almas muertas, a Skimpole en Casa desolada, a Homais en Madame Bovary. Al filisteo le gusta impresionar y dejarse impresionar, y consecuencia de ello es que a su alrededor se vaya tejiendo un mundo de falsedad y de mutuo engaño. 

En su intento apasionado de conformarse, de asimilarse y de integrarse, el filisteo se ve desgarrado entre dos anhelos: el deseo de hacer todo lo que hace todo el mundo, de admirar o utilizar tal o cual cosa porque hay millones de personas que lo hacen, y la ambición febril de pertenecer a un círculo distinguido, a una organización, a un club, a una clientela de hotel o comunidad de transatlántico (con el capitán vestido de blanco y comidas maravillosas), y darse el gusto de saber que tiene a su lado al presidente de una gran empresa o a un conde europeo. Le emocionan la riqueza y la categoría social: "¡Querido, he estado hablando con una duquesa!". 

El filisteo ni sabe nada ni se le da nada del arte, incluída la literatura; su naturaleza esencial en antiartística, pero quiere información y está educado en la lectura de revistas (1) (...). 

(...) Por su amor a lo útil, a los bienes materiales de la vida, es víctima fácil de la industria publicitaria. 

(...) Los rusos tienen, o han tenido, un nombre particular para el filisteísmo satisfecho: póshlost. Póshlost no es solo lo que evidentemente no vale nada, sino sobre todo lo falsamente importante, lo falsamente hermoso, lo falsamente inteligente, lo falsamente atractivo. Aplicarle a algo la fatídica etiqueta de póshlost no es solo pronunciar un juicio estético, sino también una condenación moral. Lo auténtico, lo limpio, lo bueno, nunca es póshlost. Se puede sostener que un hombre sencillo, sin civilizar, nunca o muy rara vez será poshlista, porque el póshlost presupone el barniz de la civilización. Un campesino tiene que hacerse hombre de ciudad antes de ser vulgar (...)




(1) Blogs. En particular los que mencionan perros.

Nabokov, Vladimir. Curso de literatura rusa. Barcelona: Ediciones B, 2009 (1981). [Trad. María Luisa Balseiro].